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Confidencias mediterráneas

España es abrileña y primaveral, de risotada y chascarrillo, de galante y piropo a la más morena, de pascua florida y fiesta del percebe,

España es abrileña y primaveral, de risotada y chascarrillo, de galante y piropo a la más morena, de pascua florida y fiesta del percebe,
Cordon Press

Cuando sale el sol me siento muy español y mucho español. En invierno, desde que paso tanto tiempo en la ciudad del mar y la lluvia, fantaseo con la posibilidad de ser nórdico, de perdidos al río; este año me enamoré del extraño Libro de madera, de Lars Mytting, y en los temblores de noviembre soñaba con tener una cabaña en la nieve, y pasarme el día dando hachazos a todo. Pero hay una tristeza en todo eso, una tristeza profundamente noruega, inaccesible al modo mediterráneo de disfrutar la vida. Está bien leer un rato a Cioran al calor de la chimenea, pero soy hijo de la luz, no de una borrasca asesina.

En cambio, cuando estalla la primavera me brillan los genes legados por mi abuelo andaluz, busco el bronceado como los girasoles, y todo vuelve a su lugar. La nieve se me derrite de la cabeza y, a falta de materia gris, se me llena lentamente de arena y salitre. Entonces comprendo que soy de la playa, que a fin de cuentas nací en un hospital que está a doscientos metros de la orilla, una maternidad que olía más a protector solar y sardinas asadas que a Nenuco. La España de los barcos repletos de peces.

Estos días, en pleno Veranillo del otro San Miguel, el mar recupera su azul vivo, brotan aromas de jazmines y limones en toda España, y la belleza de las españolas se vuelve espléndida e invencible. A media tarde, en todas las esquinas suena El aire de la calle de Los Delinqüentes y en las terrazas brotan como setas esos tipos que solo se hidratan con Estrella Galicia.

Para diferenciarla de la felicidad, Susana Tamaro escribió que la alegría "te posee sin ningún motivo aparente, en su esencia se parece al sol: arde gracias a la combustión de su propio corazón". Tengo para mí que la felicidad es española, pero la alegría es mediterránea, por más que el Mar Mediterráneo, como a Luis Alberto de Cuenca, me horroriza.

Hay una alegría que creía genuinamente española hasta que pasé algo más de un mes en Italia, entonces comprendí que en realidad es mediterránea. Los italianos ni siquiera necesitan estar cerca del mar para desenterrar esa alegría. Es casi imposible no ser feliz en la Toscana, quizá porque cada verano se vuelve un mar de oro. Supongo que hay alguna manera de caer en la melancolía cruzando la Volterrana hasta San Gimignano pero no se me ocurre cómo.

Sin estúpidas comparaciones, hace ya un montón de años aproveché una cita con Loquillo en Granada para cruzar España en coche desde el noroeste, improvisando la ruta y las paradas al regreso. Como llevo dentro un romántico amordazado, me detuve en el camino mil veces, porque soy ese tipo de gente que cuando ve un indicador en la autopista que pone algo como "Dehesas Viejas" es incapaz de no poner el intermitente y verlo con mis propios ojos. No me escondo: hago turismo de toponimia y rara es la vez que termino decepcionado.

En el mismo viaje, algo más tarde, paré a comer en Guarromán, aconsejado por José Damián, colchonero guarromanense y sin embargo amigo, y paseando a media tarde por La Carolina sentí algo muy parecido a la alegría toscana. Después pasé hasta la noche escribiendo hazañas bélicas en Las Navas de Tolosa, y me quedé como Paco Martínez Soria pero al revés, contemplando toros en una dehesa que sería incapaz de situar en el mapa. No desperté del arrobo místico primaveral hasta que paré a poner gasolina en Tembleque, que es un lugar que siempre me pone triste, y ahí no hay primavera que valga.

España es abrileña y primaveral, de risotada y chascarrillo, de galante y piropo a la más morena, de pascua florida y fiesta del percebe, de terracita al aperitivo, rebequita y vino en el puerto al norte, y guitarras españolas colgando de la pared encalada de una tasca al sur. Volverá el frío en unos días y será espejismo, porque ya vamos como locos hacia el florecer de los campos, y ya nada en nuestro carácter puede explicarse sin los días de feria, la temporada de bodas y comuniones, y las tardes pacientes que enterramos en la arena, viendo al horizonte comerse el mismo sol inmenso y enrojecido que dio luz a todas horas al Imperio de la belleza que fuimos.

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