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Ciudadanos y la política

Habría algo peor que votar a Rajoy: apoyar a la supuesta sucesora del actual presidente del Gobierno: Soraya Sáenz de Santamaría.

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Ciudadanos puede hacer lo que le dé la gana el día 21 de diciembre. Todo será legítimo. Abierto. Las urnas le otorgarán una legitimación democrática que será la gran esperanza de millones de españoles. Sólo una opción le estará prohibida a Ciudadanos. Si traspasa esa línea de peligro, desaparecerá la ilusión que ellos mismos han instalado en la sociedad española. El mensaje de regeneración de la vida política, principal seña de identidad de Ciudadanos, podría fácilmente ponerse en cuestión si pactase con una fuerza política que no sólo desprecia la palabra regeneración, sino que se niega a cambiar las reglas del juego político para hallar grandes consensos en las formas de gobierno. Ciudadanos ha conseguido que cale en el alma de millones de españoles un sentimiento, casi una idea, de regeneración de la entera vida política surgida de la Constitución de 1978.

Eso es algo inédito en un país sedicentemente estoico, casi cínico, acostumbrado a arrastrarse cuando lo maltratan. La rebelión ciudadana en España siempre ha sido algo extraño ante quienes han hecho de las instituciones su principal feudo. Ciudadadanos, sin embargo, ha creado un patrimonio grandioso de ilusión política que, por desgracia, podría fácilmente volatilizarse, desaparecer, en caso de que lo pusiese a disposición de quien ha reducido la política a mera gestión de las instituciones. Ciudadanos ha logrado que la gente vuelva a tomarse en serio la democracia, o sea, a que la administración de las cosas nunca debiera sustituir al gobierno de los hombres. El partido de Rivera ha conseguido que millones de seres humanos cambien su voto, después de un largo proceso de reflexión, porque han instalado en la sociedad española una sencilla lección, extraída por otro lado de lo mejor del pueblo español, a saber: podemos ser genuinos ciudadanos a través de la política. La política es aún la gran vía de emancipación de todos los españoles. La política es sobre todo educación.

Ésa es la fuerza de Ciudadanos: la educación política. Política y educación vendrían a coincidir en lo fundamental. Es su gran contribución a la regeneración de la democracia española. Tendrá que administrar este tesoro, a todos luces evanescente, con grandeza, es decir, podrá pactar con el resto de partidos políticos, salvo con quien niegue la política como emancipación de la humanidad en general, y de los españoles en particular. Todo, pues, le estará permitido, desde el punto de vista político, a Albert Rivera: podría gobernar en minoría; podría pactar puntualmente con unos y otros; podrá, en efecto, hacer lo que le dé la real gana, salvo una cosita: apoyar a quien niega la política, la verdadera política, como espacio real o imaginario para resolver conflictos. Ciudadanos deberá examinar concienzudamente, o mejor, descubrir quién niega la política y quién la protege. Ciudadanos tendrá que evaluar con absoluto rigor de dónde le vienen los votos, o mejor, por qué millones de votantes del PP, del PSOE o de IU han abandonado el voto a esos partidos para apoyar la nueva opción. Ciudadanos tiene que estar a la altura de los millones de votantes que han cambiado de opción electoral, sencillamente, porque su anterior partido, por ejemplo, el PP los ha decepcionado. Ciudadanos nunca deberá olvidar que muchos de esos ciudadanos lo han hecho antes por educación política que por liviano y frívolo impulso.

En resolución, si Ciudadanos apoyara al partido que ha despreciado la política, sería su propia ruina y, sobre todo, supondría la decepción de millones de seres humanos que han cambiado su voto, porque han vuelto a creer en la política, en la regeneración política de una sociedad amaestrada por el poder del gobierno y del dinero de sus socios en los mercados. Apoyar a quien ha negado la plausibilidad de la vía política para resolver los problemas de la sociedad española, en mi opinión, sería como escupir contra el viento. El mejor suicidio que pudiera elegir Rivera para su partido, y para los millones de seres humanos que han elegido su opción, sería votar a Rajoy para que siga manteniendo un sistema político corrupto por todas partes, sin división de poderes, con unos medios de comunicación comprados por el Ejecutivo, permanentemente al borde de la ruptura nacional, sometido a los vaivenes del terrorismo yihadista, sin plantarle cara a los asesinos con determinación, como hacen los grandes países como Inglaterra, Francia o Alemania, y, sobre todo, sin ánimo para llevar a cabo una política, solo una, que consiga transformar un sistema político agotado. Muerto.

Sin embargo, habría algo peor que votar a Rajoy. Peor, muchísimo peor, que votar a Rajoy sería apoyar a la supuesta sucesora del actual presidente del Gobierno: Soraya Sáenz de Santamaría (SSS). Esta persona desprecia tanto la política como Rajoy. No se considera responsable de las críticas que recibe el propio presidente de su Gobierno. La última prueba de su absoluta frivolidad con la democracia queda reflejada en estas palabras: "Yo no me juego nada el 20-D". Quizá, por eso, ha asistido a un debate de candidatos a la Presidencia del Gobierno sin ser ella candidata. Esto en cualquier democracia normal no tendría nombre. Aquí pasa por ser algo normal. El estado de atonía, la falta de pulso, de profunda inconsciencia, de desmoralización y desesperanza de este Gobierno y, seguramente, de una buena parte de la sociedad, es de tal envergadura que su vicepresidenta puede decir cualquier cosa y nadie del Gobierno y la sociedad se da por aludido. Incluso la aplauden desde la mayoría de los medios de comunicación que, dicho sea de paso, ella misma controla. Es de vergüenza ajena. La primera condición para el éxito de la democracia, como nos enseñara el viejo y sabio Schumpeter, "consiste en que el material humano de la política debe ser de una calidad suficientemente elevada". No creo, sinceramente, que se cumpla en España esa condición. No todo vale en política. Ni en la vida. Todo tiene su límite. Ciudadanos en este punto puede aportar más de lo que esperábamos.

Puede que SSS no se juegue nada el día 20-D, pero sí millones de seres humanos que creen en la democracia. Puede que SSS tenga razón y a ella le dé igual personalmente qué pase el 20-D. Ella no es ni sucesora de Rajoy. Ella está empotrada –como los periodistas que cubren las guerras se empotran en los ejércitos– absolutamente en el devenir del presidente del Gobierno. Ella no es nada sin Rajoy. Ella no es candidata a la Presidencia del Gobierno. Más aún, aunque le cueste reconocerlo, ella tiene tanta culpa de lo que pasa en España como Rajoy. Es terrible tener que demostrar lo obvio, pero así de penoso es el trabajo del cronista político ante la política de tierra quemada que ha hecho Rajoy antes y después de su Presidencia del Gobierno. No ha hecho absolutamente nada por el bien de su partido ni de su pueblo. Su única política es fácil de retener para las próximas generaciones: cuanto peor le vaya a su partido, a la sociedad española y al sistema político, mejor le irá a él. Su criterio político es desconocido. Nadie sabe qué quiere hacer con España en ningún terreno. Su única preocupación, como la de Franco, es mantenerse en el poder. Pero, a diferencia del dictador, Rajoy ha conseguido algo también inédito en la historia de España: no dejar sucesor. Esa es su más triste herencia: ni siquiera SSS se siente heredera de Rajoy: "Yo no tengo nada que perder", reitera por todas partes la vicepresidenta del Gobierno.

He ahí la peor de las fechorías que ha cometido Rajoy en toda su carrera política. Ni Franco hizo tanto daño a España. Todos los gobernantes españoles, durante el XIX y el XX, intentaron dejar sucesores, herederos, incluso en sus testamentos primaron a unos frente a otros. Pocos son los políticos que no han dejado sucesores. Ya digo, incluso Franco, dejó a un rey y, antes, a Carrero y, después del asesinato del militar, dio paso a un hombre de segunda fila como Arias Navarro. Lo mismo se podría decir de Suárez y de Felipe González: ellos señalaron quién o quiénes podían seguir su estela. Zapatero dejó a un montón de seguidores, incluso Sánchez se considera uno de sus grandes discípulos. Pero Rajoy ni siquiera deja herencia. Se lo ha gastado todo. No tiene sucesor. Los jovencitos que tiene en su entorno son poca cosa. Nada. Ni siquiera su vicepresidenta se juega nada el 20-D. No ha habido, en efecto, en la historia reciente de España un gobernante que haya hecho tantos destrozos en el tejido político como Rajoy. Ha sido letal para la política.

¿Cómo podría Ciudadanos, el partido que nos ha vuelto a ilusionar con la política, apoyar una opción partidista absolutamente anti política? Si lo hiciera, nos habría condenado a todos los españoles a histórica esterilidad por no haber tenido el coraje suficiente de ser fiel a sí mismo, a su destino de regeneración política, para que la sociedad entera vuelva a creer en la democracia. En la política.

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