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EL LADO AMABLE DE LA CIENCIA

Descubierto sin querer

¿Sabría decir qué tienen en común los átomos, la penicilina, el oxígeno, la homínido Lucy, el teflón, las vacunas, el tinte sintético y las leyes de la gravitación universal? ¿No? ¿Y qué cosa une a Arquímedes, Demócrito, Newton, el doctor Jenner, Nobel y Fleming? ¿Tampoco? La respuesta a la primera pregunta es que esta lista de cosas fueron descubiertas por casualidad. Y la contestación a la segunda, que todos ellos fueron tocados por la varita de la fortuna y realizaron algún descubrimiento por pura chiripa.

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En la historia de la ciencia han existido muchos hallazgos que sorprendente vieron la luz de casualidad. Un sueño, una pesadilla, una distracción, un accidente de laboratorio, un comentario inoportuno, una observación sin trascendencia, un accidente banal…Hechos que encendieron una luz en cabezas prodigiosas. Los anglosajones hablan de serendipity al referirse a este tipo de descubrimientos. La palabra fue acuñada por el novelista inglés Horace Walpole en una carta a su amigo Horace Mann, en 1754. En la epístola hacía referencia a un cuento de hadas oriental titulado “Los tres príncipes de Serendip”, los cuales “realizaban continuos descubrimientos en sus viajes, hallazgos por accidente y sagacidad de cosas que en principio no buscaban: por ejemplo, uno de ellos descubría que una mula ciega del ojo derecho recorría últimamente el mismo camino porque la hierba estaba más raída por el lado izquierdo”.
 
El vocablo se ha traducido al castellano como serendipia, aunque la RAE aún no lo ha incluido en su diccionario. Sólo consta bajo la forma de serendipidad en el Español Actual de Manuel Seco, que lo define como la “facultad de hacer un descubrimiento o un hallazgo afortunado de manera accidental. A continuación, se citan algunos científicos que tuvieron la inmensa suerte de ser iluminados por la serendipidad:
 
Demócrito (470-400 a. de C.)
Si este filósofo griego no se hubiera detenido a oler un pan recién horneado quizás habría tenido serios problema para desarrollar su Teoría Atómica. Al preguntarse de qué modo el pan dejaba notar su presencia en el interior de la nariz, Demócrito llegó a la conclusión de que en el aire flotaban diminutas partículas que transportaban las propiedades de este alimento. Dedujo que las partículas eran invisibles para el ojo humano, pero perceptibles por el olfato. También llegó a la conclusión de que era posible fraccionar un trozo de pan en migas cada vez más pequeñas, pero no de forma indefinida. A estas partículas indivisibles las llamó átomos, que en griego significa precisamente indivisibles.
 
Arquímedes de Siracusa (285-212 a. de C)
Hierón, rey de Siracusa, pidió a su pariente Arquímedes que averiguara si la corona que acababa de hacerle un orfebre era realmente de oro puro o tenía mezcla con plata, cobre u otro metal menos preciado. El matemático pensó que la duda real podría resolverse si lograba calcular el volumen de la corona. Mientras pensaba en cómo hacerlo, Arquímedes fue a darse un baño. Absorto en la corona, no se fijó en que había llenado la bañera más de la cuenta y, al meterse en ella, parte del agua se salió. El griego no tardó en percatarse de que el volumen del agua sobrante era exactamente igual al ocupado por la parte de su cuerpo que estaba en el agua. Entonces vio una forma sencilla de calcular el volumen de la corona: sumergirla en un recipiente lleno de agua hasta el borde y medir el volumen de agua que desalojaba. Éste sería igual al volumen de la corona. Eufórico por el descubrimiento, Arquímedes corrió a la calle desnudo y gritando ¡Eureka!, que en griego significa ¡lo he encontrado! Arquímedes aplicó a la corona su principio, que dice que todo cuerpo sumergido en un líquido es empujado hacia arriba con una fuerza igual al peso del líquido que desaloja. El rey, tras saber que el volumen era considerablemente mayor que el que habría tenido la corona de oro puro, mandó ejecutar al orfebre deshonesto.
 
Isaac Newton (1642-1727)
Protagonizó, sin duda alguna, el caso más popular de serendipia. Cuentan diversos autores de manera más o menos imaginativa que un día, estando tumbado a la sombra de un árbol, el joven científico vio caer una manzana. Fue entonces cuando le vino a la mente la noción de la gravitación, después de hacerse una serie de preguntas sobre el accidente frutícola: ¿por qué la manzana debe siempre descender perpendicularmente a la tierra?, ¿por qué no va hacia un lado o hacia arriba, sino constantemente hacia el centro de la tierra?… La manzana caída le llevó a pensar que la misma fuerza que atraía a los objetos hacia el suelo era la que mantenía la Luna ligada a nuestro planeta. De este modo, Newton formuló la ley de la gravitación universal, que viene a decir que todos los cuerpos se atraen con una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de su distancia.
 
Luigi Galvani (1737-1798)
En 1786, este fisiólogo de la Universidad de Bolonia observó que un anca de rana amputada se contraía como si estuviera viva cuando se la colocaba sobre una mesa cerca de un generador electrostático. Así lo describió: “Había diseccionado y preparado una rana del modo habitual y mientras atendía otro asunto la dejé extendida en una mesa sobre la que había una máquina eléctrica pero a una considerable distancia de la misma. Cuando una de las personas presentes tocó ligeramente por accidente los nervios de la rana con la punta de un escalpelo, todos los músculos de sus patas se contrajeron una y otra vez, como afectados por intensos calambres” Para completar el experimento, Galvani colgó la pata de otro batracio en una barandilla de hierro por un gancho de latón y notó que la parte inferior de la extremidad se contraía cuando tocaba la parte inferior de la barandilla. El italiano pensó que las contracciones eran debidas a algún tipo de electricidad animal. Pero su compatriota Alessandro Volta corrigió el error, al demostrar que eran los dos trozos de metal los que generaban la pequeña corriente eléctrica , y no el músculo de la rana. Gracias a esta observación, Volta construyó la primera batería, la cual describe en una carta remitida a la Royal Society de Londres, en 1800. La batería de Volta utilizaba células compuestas por dos metales diferentes –por ejemplo, cobre y cinc–, separados por discos de carbón impregnados en una solución salina y conectados en serie.
 
Edward Jenner vacunando a un niñoEdward Jenner (1749-1823)
En 1796, este médico rural británico vacunó a un niño de ocho años, James Phipps, con la viruela de la vaca y, seis semanas después, con la viruela humana: el niño quedó inmune. El médico inglés no descubrió la vacuna como resultado de un largo trabajo de laboratorio, sino que fue fruto de un hecho casual y, cómo no, de sus dotes de observación. Cuando tenía 19 años, una ordeñadora le comentó que jamás podría padecer la viruela porque había tenido la vaccinia o viruela de la vaca (cowpox, en inglés). También llegó a sus oídos que en 1744 un granjero inoculó a su esposa e hijos con el pus de una pústula de la enfermedad bobina, utilizando una aguja. Tras graduarse como médico, Jenner se dedicó a observar a los granjeros y ordeñadoras, lo que le permitió dar con la vacuna contra la viruela, la peste del siglo XVIII.
 
Henning Brand (1630-1710)
El químico alemán dedicó parte de su vida a la búsqueda de la piedra filosofal, el elixir mágico capaz de convertir en oro metales menos nobles. No sabemos por qué, el alquimista tuvo la extraña idea de que la clave estaba en la orina humana y, ni corto ni perezoso, se encerró en el laboratorio para reunir gran cantidad de orina y dejarla reposar durante dos semanas. Pasado este tiempo, calentó el concentrado hasta el punto de ebullición y retiró el agua para obtener un residuo sólido. Mezcló un poco de este sólido con arena, calentó la combinación a alta temperatura y recogió el vapor que emanaba. Éste, al enfriarse, formó un sólido blanco y cerúleo que brillaba en la oscuridad. Brand no había dado con la piedra filosofal, sino con el modesto fósforo que nunca le hizo rico.
 
Antonio de Herrera y Tordesillas (1559–1625)
En la historia del caucho empleado en los neumáticos se juntan dos hechos serendípicos. La primera persona que documentó la existencia de este material fue el español Herrera Tordesillas, tras contemplar en 1615 a unos indios de Haití que jugaban con unas pelotas hechas con la savia de un árbol. Pero el material lúdico no despertó en Europa un gran interés industrial: se volvía blando y pegajoso en los días de calor y se desmenuzaba con el frío. En un intento de mejorar su calidad, el industrial de New Haven Charles Goodyear (1800-1860), que no era químico, lo mezcló con azufre, pero no obtuvo nada interesante. En enero de 1839, su torpeza le fue de gran ayuda, al volcar sobre la estufa un recipiente en el que había mezclado látex, azufre y blanco de cerusa. Cuando la mezcla se enfrió, Goodyear se dio cuenta de que había adquirido la solidez buscada sin perder la estabilidad. En 1844, patentó el caucho vulcanizado.
 
Friedrich August Kekulé (1829–1896)
Después del baño de Arquímedes, la historia serendípica de este químico alemán se lleva la palma de oro, pues su inspiración es de origen onírica. Kekulé (1829-1896), que primero iba para arquitecto pero luego se decantó por la química, invirtió varios años de su vida en determinar la estructura atómica del benceno. Ninguna disposición propuesta por sus colegas parecía explicar las propiedades del también llamado bicarburato de hidrógeno. En 1865, Kekulé viajaba en un carruaje y comenzó a dormitar. En sus sueños, vio una fila de átomos de carbono que se contoneaban como una serpiente; de pronto, el extremo final de una cadena se abrazó con el extremo inicial y formó un anillo giratorio. De este modo, el alemán se despertó con el anillo bencénico completamente dibujado en su mente. Gracias a esta “cabezadita” de Kekulé comenzó la química de los compuestos aromáticos.
 
Bernard Courtois (1777–1838)
Siguiendo los pasos de su padre, el químico francés Bernard Courtois abrió una fábrica de salitre –o sea, de nitrato potásico– cerca de París. El componente potásico del salitre se producía a partir de la ceniza de la madera y el nitrato se obtenía de la materia vegetal en descomposición. Para abaratar la producción, Courtois empezó a utilizar algas marinas como fuente de potasio, pero su combustión producía un molesto residuo fangoso que había que retirar periódicamente de los depósitos. Para ello se usaba un ácido. Un día de 1811, al utilizar un ácido más potente de lo normal, aparecieron unos vapores de color violeta. Al entrar en contacto con la superficie fría y oscura del depósito se formaban unos depósitos de cristales de aspecto metálico. El galo se había topado con un nuevo elemento, el yodo.
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