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PRESIDENCIA DE OBAMA

El fin del mundo tal y como lo conocemos

Según una encuesta realizada con motivo del Día de la Tierra, un tercio de los escolares de entre 6 y 11 años de edad piensa que la Tierra habrá sido destruida para cuando sean mayores. Son grandes noticias, ¿no? No para la Tierra, claro, sino para la "sensibilización ecologista".

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Hay que darle la enhorabuena a Al Gore, al Club Sierra y a los demás eco-propagandistas de la educación pública por tan extraordinaria labor de traumatización de los párvulos de Estados Unidos. Tradicionalmente, la mayor parte de los tipos que se ven vagabundeando por las calles proclamando el fin del mundo tienden a tener ya unos añitos a sus espaldas. Es un hito haber convencido a millones de alumnos de primaria de que los mejores días de su vida ya han pasado.

Puede llamarme loco, pero apuesto a que dentro de 15 o 20 años el planeta seguirá estando en su sitio, junto a la mayoría del "medio ambiente": su flora y su fauna, sus osos polares, sus perezosos de tres dedos y todo eso. Pero a nivel geopolítico vamos de cabeza al desastre, y es improbable que el mundo en el que acabemos vaya a ser tan agradable como aquel al que se han acostumbrado los estadounidenses.

Por ejemplo, Hillary Clinton decía el otro día que Pakistán plantea "una amenaza mortal" para... ¿Afganistán? ¿La India? ¡No, para el mundo entero! Al escucharla, se diría que Pakistán da tanto miedo como el todoterreno de la madre del pequeño Jimmy. Pero tenía motivos para alarmarse: Asif Ali Zardari, el funcionario que gobierna nominalmente el país, no gobierna nada en absoluto. Está cediendo el control de regiones cada vez mayores a la rama local de los talibán. Si el tema aparece en los informativos, normalmente es a través de difusas referencias a un colectivo pro-Osama que controla la mayor parte "del noroeste", que suena como si estos tipos fueran unos paletos del Idaho profundo amenazando al Washington de Zardari. En realidad, se encuentran a menos de 100 kilómetros de la capital, Islamabad –o en términos estadounidenses, a la salida de la autopista I-95 de Baltimore–: es decir, están a un tiro de piedra del centro administrativo de una nación con más de 165 millones de habitantes y su propio arsenal nuclear. Esa es la "amenaza mortal".

Biden, Karzai, Obama y Zardari en Washington. Foto: Casa Blanca / Lawrence Jackson¿Qué va a pararlos? Zardari no. Ni tampoco su "cumbre" en Washington junto al presidente Barack Obama y el afgano Hamid Karzai. La creación de Pakistán fue el peor error de la política imperial británica de posguerra, y todo lo que ha sucedido en las seis últimas décadas desde entonces es que sus patologías se han propagado más allá de sus fronteras y han pasado a ser regionales, globales y dentro de poco hasta nucleares. ¿Dispone la administración Obama por lo menos de algún plan de contingencia para las bombas atómicas en caso de que para cuando el estado paquistaní se desintegre?

Sería tranquilizador pensarlo. Pero lo dudo.

¿Qué es más probable? ¿Que dentro de diez años las cosas en Pakistán vayan mejor? ¿O que estén mucho peor? ¿Que la nuclearización de las dictaduras perpetuamente dependientes de la ayuda exterior, desde Pyongyang hasta Teherán, haya avanzado o que haya sido contenida? ¿Que los tristes datos demográficos del corazón de Europa y los achaques económicos de Japón se hayan acelerado o que inviertan su tendencia? ¿Que los ataques de un islam renaciente contra la libertad de expresión, entre otros derechos (simbolizados en el reciente apoyo de Naciones Unidas a una ley global para castigar la blasfemia contra el islam), hayan echado raíces en el mundo occidental o que se hayan visto obligados a retirarse?

Un apostador profesional elegiría la casilla de "peor". Porque la resistencia a esta completa desidia exige un liderazgo global. Y transcurridos ya los cien primeros días de la nueva presidencia, Barack Obama está dando todo tipo de muestras al mundo de que hemos entrado en lo que Caroline Glick llama en el Jerusalem Post la "era post-americana". Cuando Gordon Brown visitó Washington, Londres se escandalizó ante los comentarios de un subordinado de Obama cerca de un micrófono traidor de un reportero de Fleet Street, en los que decía que "Gran Bretaña no tiene nada especial. Sois simplemente lo mismo que las otras 190 naciones del mundo. No debéis esperar ningún trato especial". Andrew McCarthy, del National Review, realizó entonces la aguda observación de que no era algo reservado a los británicos; la nueva administración también entiende así su propio país: Estados Unidos es simplemente igual a los otros 190 países del mundo. En Europa, preguntado sobre si si creía en el "excepcionalismo americano", el presidente respondió: "Creo en el excepcionalismo americano igual que sospecho que los británicos creen en el excepcionalismo británico y los griegos en el excepcionalismo griego."

Vaya, hombre, pues muchas gracias. Un simple "no" habría bastado. El presidente de los Estados Unidos nos dice que el excepcionalismo americano no es más que chauvinismo nacional, una mera cuestión patriótica sin más significado que el que tienen los eslovenos que animan a la selección eslovena de fútbol o los guineanos que animan a la de Nueva Guinea. Tiene su aquel. El mundo ha tenido dos milenios para aprender a vivir sin el "excepcionalismo griego". Va a tener que darse mucho más prisa para adaptarse a los Estados Unidos post-excepcionales.

ObamaDesde el punto de vista de Obama, todo esto tiene sentido: en el terreno nacional, está decidido a hacer una presidencia transformadora, que va a rehacer la relación del pueblo estadounidense con su Gobierno nacional ("federal" ha dejado de parecer la palabra adecuada) en términos de sanidad, educación, eco-totalitarismo, control del Estado sobre la economía y todo lo demás. Con una agenda nacional tan cargada, el resto del mundo sólo puede ser un estorbo.

Recordará que, en un gesto totalmente emblemático de los Estados Unidos post-excepcionales, Hillary Clinton dió a los rusos un botón de "reinicio" por una mala traducción. Pero el botón ha sido ciertamente "de reinicio", en concreto, al 10 de septiembre, a una visión legalista sobre la "guerra contra el terror" en la que investigar a los subordinados de Bush llevará mucho más tiempo y recursos que desnuclearizar Irán. La ridícula reclasificación del terrorismo como "desastre causado por el hombre" por parte de la secretario de Interior, y sus mentecatos comentarios diciendo que los terroristas del 11-S habían ingresado en suelo estadounidense desde Canadá (lo que presumiblemente convierte a los atentados del 11 de septiembre en "un desastre provocado por el hombre canadiense") ejemplifica la alegre indiferencia de esta administración hacia todo aquel asunto de la era Bush.

Pero el 10 de septiembre ha pasado. En Pakistán, el premio gordo está al alcance de la mano de los bárbaros, el primero de muchos más. En Naciones Unidas, la criminalización de la libertad de expresión por parte del bloque árabe dificultará aún más hablar abiertamente de estos asuntos. La decadencia demográfica en gran parte de Occidente significa que los buenos tiempos no van a volver nunca: la recesión es permanente.

Pero oye, ¿cuál es el problema? Gran Bretaña y Francia recorrieron esa espiral geopolítica descendente durante gran parte del siglo pasado, y la vida todavía parece bastante aceptable. Bueno, sí. Pero eso se debe en parte a que cuando un Imperio Británico en horas bajas traspasó el liderazgo a la nueva superpotencia estadounidense, aquello fue una de las transferencias del liderazgo global menos accidentadas de la historia de la humanidad. ¿A quién pasamos el bastón de mando en la "era post-americana"?

Desde enero, el presidente Obama y su equipo han dado prioridad, sin ningún resultado, a los enemigos de Estados Unidos de todos los rincones del mundo sobre sus aliados. Si usted fuera, por ejemplo, la India, ¿apostaría su futuro a la resolución estadounidense con los talibán acercándose cada vez más a esas bombas nucleares paquistaníes mientras Obama se va de gira para pedir perdón a todo el mundo? En Nueva Delhi, en Tokio, en Praga, en Tel Aviv, en Bogotá, han visto estos cien primeros días y han sacado sus primeras conclusiones.

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