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PANORÁMICAS

La chica de la ducha de Psicosis

En la encuesta que está llevando a cabo la revista digital Senses of cinema, la película que encabeza la lista de las mejores de la historia del cine no es Ciudadano Kane. Relegada a un segundo lugar, la película de Orson Welles ha dejado la prioridad absoluta que ostentaba casi desde su estreno a Vértigo (De entre los muertos) de Alfred Hitchcock, de la que hace un par de años se cumplió el cincuenta aniversario de su estreno. Este año, sin embargo, la celebración le corresponde a Psicosis, la pesadilla de una noche de verano en un motel perdido de California.

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(Nota: Se advierte que puede haber desvelamientos de la trama)

Norman: Bueno, es algo más que un pasatiempo. Un pasatiempo es matar el tiempo sin llenarlo.

Alfred Hitchcock –como Sócrates, como Shakespeare, como Nietzsche– es un corruptor de menores. Llegará el día en que las películas del cineasta inglés estén prohibidas y se tengan que guardar de contrabando en cajas acorazadas para ser visionadas en conclaves secretos de depravados perseguidos por la Policía de lo Políticamente Correcto. Demasiado perturbador para los conservadores, excesivamente corrosivo para los progresistas, Hitchcock no se deja domesticar y su cine permanece siempre intempestivo. Equilibrista supremo, nunca terminó de convencer a los mercenarios hollywoodenses ni a los filisteos de Cannes. Hábil, astuto y esencialmente humorístico supo construirse una máscara de burgués entretenido y pacífico al lado del cual resultaba inofensivo hacerse una fotografía. Pero cuándo se descubre su carácter de escorpión tras la apariencia de cerdito sonrosado, las almas bellas terminan gritando horrorizadas por haberse mezclado con el monstruo.

"Pero, dígame, ¿pretende hacerme trabajar para las salas de arte y ensayo?" (Hitchcock entrevistado por Truffaut)

Hitchcock llegó a los Estados Unidos de la mano del gran productor David O. Selznick (¡viva Lo que el viento se llevó!). En aquella época era considerado como un fabricante de "peliculitas inglesas de suspense". Rápidamente aumentó su prestigio y su habilidad para moverse en el laberinto minado de un sistema en el que vales lo que ha recaudado tu última película. Hitchcock era consciente de sus limitaciones (lo que no parece ser el caso en la mayor parte de los autoproclamados geniecillos contemporáneos) y el sistema de producción americano era una máquina engrasada para complementar su genuino sentido visual con diálogos ingeniosos, caracterización de personajes y actores de peso.

Tras una serie de películas que pasaron por taquilla con más pena que gloria, Hitchcock estaba obligado a rodar de forma barata para asegurar un beneficio neto. Lo interesante es que con la Paramount utilizó la presión de la taquilla para conseguir una mayor autonomía de producción y sus mejores resultados artísticos.

Por ejemplo, impuso su criterio en una cuestión esencial del guión de Vértigo que todavía hoy es discutida (Amenábar criticó por ello la película durante la presentación en el Festival de Venecia de Abre los ojos): la asimetría de información que tiene el espectador y los protagonistas sobre el asunto clave, la identidad entre Judy y Madeleine. En el libro, y era la apuesta favorita de los guionistas y el resto del equipo, sólo al final el espectador descubre, al mismo tiempo que el protagonista, que se trataba de una misma mujer. Sin embargo, Hitchcock prefirió desvelar la verdad al espectador, no al protagonista. Lo que se perdía de sorpresa se ganaba en riqueza simbólica. El suspense no era superficial sino que afectaba tanto a la trama como al componente psicosexual del desvelamiento de la identidad primordial de las dos mujeres a las que persigue el protagonista.

Las poderosas tramas simbólicas y mitológicas corrían invisibles en el puro fluir argumental de las imágenes. Porque en Hitchcock, como en los grandes maestros del cine americano, de Griffith a Ford pasando por Hawks o Lang, la connotación está subordinada a la denotación, el decir al mostrar. Así en el inicio de Psicosis contemplamos como absolutamente todos los personajes aparentan ser completamente normales y virtuosos cuando están carcomidos por el vicio y el crimen. De forma que cuando aparezca en sus vidas un monstruo sanguinario, éste será contemplado por el público, en cierta medida, como un transformista ejerciendo de ángel exterminador y justiciero.

El síndrome de Pigmalión que sufría Hitchcock, con su fijación enfermiza por mujeres bellas y rubias, frías por fuera pero ardientes por dentro, alcanzó en Vértigo y Psicosis sus máximas expresiones fílmicas. Su relación de amor y odio hacia lo sublime femenino parece decirnos que la única mujer buena es la mujer muerta. Y, mejor aún, momificada.

Norman: "Todos estamos un poco locos a veces". Marion: "A veces, sólo una vez puede ser suficiente"

Si Hitchcock rodaba las escenas de besos como si fuesen asesinatos y las escenas de crímenes como si fuesen de amor, en Psicosis Hitchcock le hace el amor a Janet Leight violándola. La secuencia del asesinato en la bañera es espantosa y maravillosa a la vez, no cesa de horrorizar y fascinar. Combinación suprema de Eros y Thanatos, de compasión y morbo, de pornografía y pudor, constituye el clímax de un relato desdoblado de amor transfigurado por una doble historia de asesinato y resucitación, en la que no está claro cuál resulta ser más cruel y despiadado.

Norman: El mejor amigo para un muchacho es su madre... Además intentar huir de algo es inútil. ¿Sabe lo que pienso? Que todos tenemos algún problema y que muy pocos pueden librarse de ellos. Por más cosas que intentemos no es posible, el problema existe siempre.

A Hitchcock le gustaba jugar a confundir la realidad con la ficción, y en el caso de Psicosis la realidad se filtra de una manera maligna entre los intersticios de la película. Basada en la historia real del asesino en serie Ed Gein, otro perturbado se convertiría en asesino a raíz de la película. Tanto la actriz como el director siempre proclamaron que en cada uno de los planos de los que se componía la secuencia de la bañera el cuerpo de la chica se correspondía a Janet Leigh. Ambos mintieron. En realidad pertenecía a una doble, una stripper que saldría en la portada de Playboy. Años más tarde un asesino obsesionado con la secuencia quiso matar a dicha doble. Pero se equivocó en la identificación y terminó matando a la suplente de Leigh en otras secuencias, Myra Davis. Mientras, la auténtica doble de Leigh en la ducha, Marli Renfro, seguía vivita y coleando aunque ignorante de que el reguero de sangre la seguía persiguiendo.

Psicosis es una de esas películas que acabaron definitivamente con nuestra inocencia (los que aún la tuviéramos, porque se nota que de un tiempo a esta parte bastantes nacen ya sin la misma incorporada por defecto), tocando la cuerda de la fibra del sentimiento puro del miedo, como Tiburón o El silencio de los corderos ante las que nos tapamos los ojos con las manos pero continuamos mirando a través de las rendijas que dejamos entre los dedos.

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