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PROHIBIDO FUMAR

La Ley Seca en el tabaco

La Unión Europea se halla en plena cruzada contra el tabaco. Varios países han subido los impuestos sobre estas labores y prohibido su consumo en locales públicos. España estudia medidas en esta misma dirección que, en Europa, han derivado en un resurgimiento del contrabando y han puesto contra las cuerdas a las pequeñas compañías productoras. Irónicamente, las grandes venden más y ganan más dinero gracias a estas políticas

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Leipzig, abril de 2005. La ciudad, una de las más hermosas de toda Alemania, cuna del compositor Wagner y el escritor Goethe, lugar donde Bach desarrolló casi toda su carrera musical, ha recuperado su encanto y su pulso. El impresionante casco histórico vuelve a lucir con todo su esplendor y, pese a las dificultades que vive Alemania del este para equipararse en lo económico y laboral a su hermana del oeste, los signos de una actividad productiva que va a más resultan más que patentes. Del medio siglo de comunismo solo quedan la horrible arquitectura de la época y el recuerdo que sus habitantes ponen de manifiesto, con orgullo, de que fueron ellos la espoleta que desencadenó la caída del régimen opresor y permitió la reunificación del país. Todo ha vuelto a la normalidad. ¿Todo?
 
Para llegar desde el casco antiguo al bello edificio decimonónico que alberga la estación de ferrocarril hay que atravesar un paso subterráneo de unos veinte metros de longitud que, como todo lo que se oculta a la luz, esconde de las miradas indiscretas a quienes viven de actividades ilícitas. Allí surge una escena más propia de la dolorosa segunda mitad del siglo XX germano-oriental que de la Alemania reunificada que busca estar en la vanguardia del siglo XXI: dos varones de mediana edad ofrecen a los transeúntes cajetillas de tabaco a bajo precio, sensiblemente más baratas que en los puntos autorizados de venta. La imagen de un pasado de mercado negro, de un submundo de tráfico de mercancías prohibidas por el régimen comunista, se revela ante los viandantes como un fantasma del pasado que aún no ha sido exorcizado. Pero no se trata de una reminiscencia de tiempos que deben quedar definitivamente atrás, sino de una nueva realidad, la del contrabando de tabaco, que ha resurgido con fuerza en algunos países de la Unión Europea, en concreto, en naciones como Alemania, Francia y el Reino Unido, cuyos Gobiernos han apostado en los primeros años de este siglo por fuertes subidas de los impuestos sobre el tabaco, unas veces, las más, por la necesidad o el deseo de sumar ingresos a sus arcas públicas y otras, las menos y más como excusa, por la cruzada contra el tabaquismo desencadenada a lo largo y ancho de la UE. Un problema que también padeció España en la década de los noventa, que ahora podría volver a resurgir si la política del Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero se apunta también al incremento de la presión fiscal que soportan los cigarrillos.
 
Campaña realizada por Phillp Morris para denunciar la legislación antitabaco de la Unión europeaLa Unión Europea, institucionalmente, ampara y estimula estas iniciativas bajo la forma de una armonización de los impuestos sobre el tabaco que siempre es al alza. Los organismos comunitarios, además, no hacen más que publicar iniciativas y directivas contra el tabaco. La última de ellas entró en vigor el pasado 1 de agosto y prohíbe en todo el territorio de la UE la publicidad del tabaco, sea de la forma que sea. Las cosas llegan hasta tal punto que algunos observadores apuntan a que las medidas que Europa está poniendo en marcha son mucho más duras y restrictivas que las aprobadas en Estados Unidos, donde la campaña antitabaco se tiñe desde hace tiempo con los colores de la obsesión, lo cual no deja de resultar cuando menos irónico al observar que esa misma Unión Europea sigue subvencionando el cultivo de tabaco a través de la política agraria común (PAC).
 
Los distintos Estados miembros de la UE, por su parte, han tomado iniciativas propias, en muchos casos con fines recaudatorios disfrazados, si bien revestidos de ese mismo espíritu de cruzada. Pero los resultados dejan bastante que desear y han desencadenado toda una serie de efectos colaterales bastante problemáticos.
 
Alemania es uno de los países que se apuntó con entusiasmo al incremento de la presión fiscal sobre el tabaco, con la esperanza de obtener para su Erario unos ingresos adicionales de los que se encuentra muy necesitado para tratar de reducir un déficit público que supera los límites establecidos por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Monetaria Europea. De esta forma, en marzo de 2004 aprobó una fuerte subida de la fiscalidad sobre el tabaco, a la que siguió otra en diciembre. Pero el resultado ha sido justo el contrario al que se esperaba: la recaudación cayó en 470 millones de euros y, lo que es peor aún, ha provocado la reaparición del contrabando de tabaco. Actualmente, las autoridades estiman que el mercado negro equivale al 7% de las ventas totales de cigarrillos, un porcentaje que en las ciudades fronterizas con Polonia puede llegar hasta el 30%.
 
Algo parecido ha ocurrido en el Reino Unido. El Gobierno laborista de Tony Blair dio luz verde en 2000 a una drástica subida de impuestos, de manera que los precios de venta al público de los cigarrillos se convirtieron en los más altos de toda la UE. Pero la Hacienda británica no obtuvo beneficio alguno de ello, sino todo lo contrario: esta política le ha costado a sus arcas dejar de ingresar 2.400 millones de euros, hasta ahora. Y mientras apenas desciende el consumo, a pesar de los elevados precios, los contrabandistas hacen su agosto a costa del Estado, de las tabaqueras y de los canales legales de venta: el mercado negro llegó a suponer el 24% de las ventas totales en 2000 y, tras muchos esfuerzos y una ardua lucha, las autoridades han conseguido reducirlo hasta el 15% en 2004. Además, los británicos, muy amigos de los viajes, han encontrado una forma de eludir la presión antitabaco del Gobierno: comprar los cigarrillos fuera del país porque las autoridades les permiten traerse de vuelta hasta dieciséis cartones (3.600 cigarrillos) si son para consumo propio. Eso lo han notado los Estados de la UE en los que el tabaco es más barato, por ejemplo, España, uno de los principales destinos del turismo británico, en donde las tres marcas más vendidas en el Reino Unido –Lambert & Butler, Superkings y Benson & Hedges– registraron en 2003 un incremento de ventas del 53,7%, el 64,4% y el 23% respectivamente.
 
En cierto modo, la historia se repite en nuestra vecina Francia. Al otro lado de los Pirineos, los impuestos sobre el tabaco registraron un incremento del 39% entre diciembre de 2002 y enero de 2004. Las cosas parecía que iban bien ya que, aunque las ventas cayeron el 25%, la recaudación se mantuvo estable en 2003 y aumentó el 6% en 2004. A la luz de estos datos, el Gobierno, también muy necesitado de ingresos fiscales para cerrar otro déficit público que también sobrepasa los límites establecidos en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, decidió aprobar una nueva subida de la tributación en octubre del pasado ejercicio. El resultado no se hizo esperar: los ingresos de Hacienda empezaron a reducirse y el contrabando, inexistente en junio de 2003, apareció hasta alcanzar cotas del 10% de las ventas totales. Al igual que los británicos, los franceses también empezaron a cruzar la frontera para adquirir tabaco, en beneficio de los vendedores de Navarra, Guipúzcoa, Lérida y Gerona. Mientras, en la propia Francia, donde los ciudadanos no necesitan mucho para echarse a la calle en contra del Gobierno, las protestas de los estanqueros alcanzaron tal nivel que, después de celebrar una huelga, el Ejecutivo se vio obligado a establecer para ellos un sistema de subvenciones y recompra de licencias cuyo coste supera con creces el incremento de ingresos impositivos registrado en 2003 y 2004.
 
Cierre de una cervecería tras la entrada en vigor de la National Prohibition ActLo sorprendente en estos casos es que los Gobiernos no tuvieran en cuenta las enseñanzas de la Ley Seca estadounidense de 1920. Fruto de la presión de la Liga Anticantinas, que empleó argumentos morales, médicos, religiosos, sociales y hasta patrióticos, y del hecho de que las fábricas de cerveza y las destilerías fueran casi un monopolio de los germano-estadounidenses –un hecho que, en los tiempos de la Primera Guerra Mundial suscitó muchos prejuicios contra ellas-, el Congreso prohibió en 1918la venta o fabricación de bebidas alcohólicas mientras durase el conflicto bélico. Luego llegó la Emienda Decimoctava, que prohibió la venta, fabricación y transporte de bebidas alcohólicas, aprobada por el Congreso en 1917, ratificada por todos los Estados de la Unión en 1919 y que entró en vigor en 1920. Pero la gente siguió consumiendo alcohol mientras los gansters se enriquecían con el contrabando, la producción fuera de Estados Unidos y la destilación y venta clandestina de bebidas espirituosas. El negocio era tan boyante que las mafias del alcohol eran cada vez más numerosas y poderosas. Ante esta realidad, el Congreso abolió la prohibición diez años después.
 
Quien desconoce la historia está condenado a repetirla, y los actuales Gobiernos europeos han suspendido esta asignatura. La realidad es muy clara al respecto. Según las autoridades británicas de aduanas, los traficantes de drogas están pasándose al negocio del contrabando de tabaco, que ha alcanzado niveles de rentabilidad atractivos y, además, es un delito con una pena sensiblemente inferior que la que castiga la fabricación, importación y venta ilegal de estupefacientes. Por su parte, las autoridades alemanas señalan la facilidad de los contrabandistas para establecer las redes debido a su experiencia con el tráfico ilegal en tiempos del comunismo. También destacan que algunos de los nuevos países miembros de la UE son productores de tabaco y en ellos se venden las labores mucho más baratas, entre otras razones porque todavía no han iniciado la armonización de la fiscalidad, con lo cual resulta muy rentable para los contrabandistas adquirir las cajetillas en los países del Este e introducirlas en Alemania para su venta ilegal. Un transporte, además, que resulta menos arriesgado ahora que se ha producido la adhesión a la UE de dichas naciones, dado que uno de los principios fundamentales de la Unión es la libertad de movimiento de las mercancías.
 
Dice un conocido refrán español que cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar. Hoy, el contrabando en nuestro país es muy bajo. Según la Dirección General de Aduanas, tan sólo supone el 1,4% de las ventas totales, frente al 15,3% en 1995. La Guardia Civil, a su vez, estima el contrabando entre el 1% y el 2% y considera que hace diez años representaba la cuarta parte del total de ventas. Cifras tan reducidas no suponen un problema y esta actividad está muy limitada, según fuentes policiales, ya que el precio del tabaco en el mercado español es bajo porque no soporta muchos impuestos, lo cual resulta poco atractivo para los contrabandistas y vendedores ilegales frente a la rentabilidad que ofrecen otros negocios, como la venta de copias ilegales de CDs y DVDs, por no hablar de la droga.
 
No obstante, las cosas pueden dar un giro de ciento ochenta grados si España se apunta también a la subida de impuestos sobre el tabaco. El peligro de la reaparición del contrabando entonces sería muy real. Fuentes policiales, que recuerdan que, en un pasado no muy lejano ya teníamos este problema, advierten de la facilidad con que pueden volver a montarse las redes de contrabando, ya que una parte de la mafia de la droga de hoy eran los contrabandistas de tabaco de ayer.
 
¿Pueden subir los impuestos en España y volver a generar este problema? Pueden hacerlo. Altadis y Philip Morris están presionando al Gobierno para que establezca una fiscalidad sobre las labores de tabaco que haga que no sea rentable la venta de una cajetilla por debajo de 2 euros y el Ejecutivo no ve con malos ojos esta perspectiva, embarcado como está en la cruzada contra el tabaquismo. Pero las tabaqueras no son tan altruistas como parece.
 
Un informe de Citigroup sobre el sector del tabaco, elaborado en abril de este año, pone de manifiesto las ventajas que obtienen las grandes compañías de una subida de impuestos. Estas empresas venden sus labores a un precio superior a los 2,20 euros por cajetilla, frente a las marcas baratas, que están en torno a los 1,5 euros. Una subida del precio mínimo hasta los 2 euros resultaría favorable para las marcas de las grandes tabaqueras porque reduciría la ventaja competitiva de las marcas baratas, provocando un incremento de las ventas de las marcas caras a costa de las demás. De hecho, la cuota de mercado de las cajetillas con precio inferior a 2,20 euros se ha reducido, por razones fiscales, desde el 29,8% en 2001 hasta el 26,1%, una caída que resultaría mucho más drástica si se descontara de estas cifras la parte correspondiente a Ducados rubio, la marca barata lanzada al mercado por Altadis para competir en ese segmento del mercado. En cambio, la cuota de las de precio superior a 2,20 euros se ha incrementado del 40% en 2001 al 50,3% este ejercicio. En este sentido, el informe de Citigroup destaca como las medidas fiscales, al final, protegen a las grandes compañías de la competencia de las pequeñas, al restringirla, provocando un desplazamiento de ventas de un ámbito a otro, a raíz de lo cual decidió revisar al alza su recomendación para las acciones del sector.
 
Las grandes tabaqueras se defienden argumentando que la existencia de marcas baratas favorece el consumo de tabaco entre los jóvenes. Sin embargo, un informe del NHSDA (Nacional Household Survey on Drugs Abuse) estadounidense desmiente este punto. Según el documento, el 80% de los estadounidenses de entre 12 y 17 años adquiere las tres marcas más caras del mercado (Marlboro y Camel los blancos, Newport los afroamericanos) y sólo un 2% de ellos compra marcas desconocidas. Los motivos que aduce el documento son dos: a los jóvenes les preocupa la imagen de marca y sus compras suelen tener lugar en locales nocturnos, en máquinas expendedoras donde la oferta es restringida y no hay lugar para las marcas baratas. Los hechos hablan por sí solos.
 
Gobiernos y grandes tabaqueras, de esta forma, tienen una comunidad de intereses por lo que se refiere a la tributación del tabaco. Los primeros creen que van a ver entrar más dinero en las arcas públicas, cosa que luego no es verdad por lo que se pierde como consecuencia del contrabando, mientras que las segundas, efectivamente, ven crecer sus ingresos a costa de las marcas baratas, las más perjudicadas porque no pueden competir con las grandes y son quienes sufren con verdadera dureza los embates de la venta ilegal de tabaco.
 
A pesar de ello, el Gobierno quiere seguir adelante con su lucha. El siguiente paso es el proyecto de ley sobre el tabaco, elaborado por el Ministerio de Sanidad, cuyo contenido pone todavía más contra las cuerdas a las empresas fabricantes de marcas baratas de tabaco. Entre sus disposiciones, el proyecto contempla la prohibición de las ventas manuales, para limitarla a la red de 16.000 estancos y a las máquinas expendedoras autorizadas. De esta forma favorecen a las grandes compañías porque las ventas manuales, que benefician en especial a las marcas baratas, no llegan al 50% del total y porque estas marcas no tienen cabida en las máquinas expendedoras de tabaco, dada su capacidad limitada y el interés de quien las instala de comercializar en ellas las labores de mayor aceptación para vender más.
 
A pesar de toda esta presión contra el consumidor de tabaco, lo cierto es que, al menos en nuestro país, los españoles parece que seguimos consumiendo tantos cigarrillos como antes. Las cifras que maneja el Gobierno hablan de una caída del consumo de tabaco del 6,2% en el primer trimestre del ejercicio, pero el sector dice que la reducción se debe a las menores ventas transfronterizas y a turistas mientras que el consumo interno permanece estable. En definitiva, que a la gente le sigue gustando fumar. A esto los economistas lo llaman demanda rígida, esto es, que las ventas no varían aunque suba el precio. Los sociólogos, por su parte, hablan del tabaco como símbolo de virilidad, como signo del paso de la adolescencia a la edad adulta y como emblema de la rebelión juvenil frente a las normas establecidas. De esta manera explican el éxito del tabaco y el aumento del número de fumadores jóvenes en los países escandinavos, pese a todas las limitaciones impuestas a su consumo y a que los cigarrillos soportan allí tanta carga fiscal que hacen que el precio de la cajetilla sea el más alto de Europa después del Reino Unido.
 
Los factores sociológicos suponen un importante elemento a tener en cuenta a la hora de implantar medidas y limitaciones al consumo de tabaco, porque anulan buena parte de su eficacia. Irlanda prohibió fumar en pubs y restaurantes y se encontró con que los irlandeses, pese a amar una buena Guinness de barril bien tirada, dejaron de acudir a los pubs y prefirieron tomar su cerveza donde pudieran fumar. Noruega cuenta con una prohibición similar y, sin embargo, muchas personas agradecen más una propina en forma de cajetilla de tabaco que en dinero. Desde enero, en Italia tampoco se puede consumir tabaco en este tipo de locales y los primeros datos disponibles señalan que se han resentido por ello. El Reino Unido y España preparan medidas similares y habrá que ver cuáles son los efectos que surten, porque el sector español de restauración y hostelería ya se quejó en su momento porque los horarios de transmisión de los partidos de fútbol les restaban muchos clientes.
 
En resumen, la Unión Europea se halla en una cruzada casi total contra el tabaco, en parte por razones de salud pero, sobre todo, por motivos fiscales. Pero las medidas que se ponen en marcha están estimulando el contrabando y tienen víctimas colaterales, como los propietarios de los locales públicos donde se prohíbe fumar o las pequeñas empresas fabricantes de tabaco. Irónicamente, las grandes tabaqueras salen muy beneficiadas, a pesar, incluso, de las ventas que les resta el contrabando.
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