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LOS DOS GRANDES RESPONSABLES DE LA GUERRA CIVIL

Largo Caballero y Alcalá Zamora

Refiriéndose a la defenestración de Niceto Alcalá-Zamora por Prieto y Azaña en abril de 1936, Largo Caballero hace en sus memorias este comentario: “Era obligado. Había sido doblemente traidor: a la Monarquía y a la República”. Don Niceto había sido ministro de la monarquía, y si a alguien podía atribuirse el advenimiento de la república es a él. Él y el también ex monárquico Miguel Maura habían organizado el decisivo Pacto de San Sebastián, habían aceptado –por lo menos– el golpe militar para derribar a la monarquía.

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Pero no sólo eso, habían tranquilizado a las derechas ante el cambio de régimen y habían empujado a las izquierdas a tomar el poder aprovechando la desmoralización monárquica ante las elecciones municipales del 12 de abril de 1930.  Por ello fue nombrado jefe del gobierno provisional primero, y presidente de la república después. Cabría, pues, llamarle traidor a la monarquía, pero, ¿y a la república? Largo revela la más oscura ingratitud al tratarlo de ese modo: si en 1936 la izquierda había vuelto al poder se debía absolutamente a la decisión de Don Niceto de liquidar las Cortes de centro derecha cuando aún les quedaban dos años de vida, y convocar las “elecciones del Frente Popular”.
 
Largo habla casi siempre de Don Niceto con desprecio, y éste, en cambio, expresa en sus memorias una notable estima por el Lenin español. Encarcelados los dos tras la intentona golpista de diciembre de 1930, el ex monárquico cuenta que en febrero del 31 sufrió una asechanza para asesinarle con el pretexto de una llamada telefónica nocturna, y Largo le habría salvado al salir de su celda y acompañarle como testigo. Ello respondió probablemente a una falsísima alarma de Don Niceto, porque el gobierno trataba a cuerpo de rey a los golpistas presos, como ha testimoniado convincentemente Miguel Maura en su famoso libro sobre la caída de Alfonso XIII. Don Niceto había sido detenido después de dársele todas las facilidades para la fuga, y el caso de Largo aún resultó más chusco: él mismo había acudido a comisaría, donde los guardias no tuvieron más remedio que arrestarle, sin el menor entusiasmo. También se empeñó en sufrir detención Sánchez Román, pero el juez consiguió impedirlo.
 
Niceto Alcalá Zamora en la cárcel en 1930En general, Alcalá-Zamora habla de los republicanos de izquierda como gente dominada por un ilícito y corrupto afán de poder. Azaña, en particular, era su bestia negra, y los dos líderes trazan en sus memorias retratos recíprocos cargados de desprecio. En cambio, el presidente republicano elogia a los jefes socialistas como hombres sobrios y honrados. No cambió su estima por Largo y los demás líderes del PSOE ni siquiera la evidencia de la insurrección de octubre de 1934, planeada para destruir la república e imponer un régimen de corte soviético. Don Niceto siguió mirándolos con simpatía o indulgencia, doliéndose sólo de su ingratitud por los favores que les hacía. Ansiaba pasar por líder progresista, deseo acogido con escarnio por las izquierdas, que le obsequiaban con motes hirientes. Esa benevolencia no correspondida, pero incesante, se trocaba en frialdad e intromisión, al borde de la ilegalidad, con respecto al partido centrista de Lerroux y con Lerroux mismo; y en hostilidad indisimulada hacia la moderada y legalista CEDA y su líder Gil-Robles. Esos talantes iban a acarrear las consecuencias más trágicas.
 
En un sentido, Largo fue el principal responsable de la guerra civil, pues la deseó, la planeó y la llevó a cabo en 1934 junto con los demás líderes del PSOE, salvo Besteiro y otros pocos. Sin embargo fracasó, quedando imposibilitado de volver a intentarla por una larga temporada, a pesar de que haber variado en lo más mínimo sus intenciones. Por eso no fue él, sino Don Niceto, quien creó las condiciones para una reanudación del proceso revolucionario, impidiendo primero el normal funcionamiento de los gobiernos de centro-derecha, colaborando después a la destrucción del partido de Lerroux en la maniobra del estraperlo, y finalmente expulsando del poder a la derecha en diciembre de 1935, con vulneración del espíritu, si no de la letra, del parlamentarismo liberal.
 
Las maniobras del presidente sólo podían abocar a nuevas elecciones, en pleno apogeo de los odios creados por las izquierdas con una campaña mendaz sobre la represión de Asturias. Obviamente, Don Niceto no entendió el alcance de la insurrección del 34 y del insuficiente o nulo cambio de actitud posterior en la izquierda, pues no se contentó con disolver las Cortes, sino que procuró el triunfo de las izquierdas, como recuerda su hombre de mano, Portela Valladares. Perturbó, pues, cuanto pudo a las derechas moderadas y favoreció a las izquierdas, casi todas ellas extremistas por entonces. Pero no iba a hallar la menor comprensión en sus favoritos, que pagarían sus servicios arrojándole de la presidencia en circunstancias harto ignominiosas.
 
El anómalo triunfo de las izquierdas en febrero de 1936 reabrió, por un lado, el proceso revolucionario vencido en octubre del 34, y por otro, y en combinación con él, precipitó la descomposición del régimen fomentada por Azaña y Prieto. Ambos aspiraban, en efecto, a transformar la república de modo que la derecha no pudiera volver a gobernar. Azaña lo proclamó el 1 de marzo: “El poder no saldrá más de nuestras manos”. La combinación de ambos procesos, desde el gobierno y desde la calle, hundió en poco tiempo el sistema más o menos democrático de la república, hasta hacer inevitable la reanudación de la guerra civil. Nada de ello habría ocurrido de no ser por la ciega aversión del “progresista” ex monárquico a la derecha, y su no menos ciega colaboración con las fuerzas revolucionarias. No puede decirse que nadie le advirtiera de los peligros de sus maniobras, porque Gil-Robles le profetizó –cosa no demasiado difícil a la sazón– el futuro casi inevitable.
 
Azaña trata a Don Niceto, como queda dicho, peor todavía que Largo Caballero. Cambó, uno de los políticos más lúcidos del momento, lo describe así: “Él tuvo gran parte de la culpa de que viniera la República, él tuvo la culpa principal de que viniera la Revolución y ni una vez ni otra actuó impulsado por una ilusión, por un entusiasmo que, equivocados incluso, son una excusa: las dos veces obró por resentimiento”.
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