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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La trampa alemana en Osetia

Pensaba pasar un mes de agosto sereno, escribiendo algunos artículos sobre asuntos atemporales, sin meterme en grandes berenjenales. Pero hete aquí que Georgia se ha metido en un berenjenal, porque no podía hacer otra cosa. Y resulta que todos mis amigos, a los que he leído y en los que pensaba descansar, han escrito sobre el tema sin nombrar a Alemania más que para recordar que se opuso al ingreso de esa república en la OTAN.

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He explicado muchas veces, no pocas en este periódico y, desde luego por extenso en mi libro La izquierda reaccionaria, que existe un pacto de Estado histórico entre Alemania y Rusia, roto por Hitler por delirio étnico en una guerra lanzada contra los eslavos, pero recuperado perfectamente después de la carnicería de la Segunda Guerra Mundial. Hasta el punto de que en 1989 el grueso de la deuda externa de la no tan extinta URSS (¿o acaso Putin se formó en los Estados Unidos?) era con Alemania. Prácticamente la única deuda externa, porque casi todo el resto lo tenía con sus países satélites y ahora la estamos pagando nosotros, o lo pagaremos próximamente con los fondos europeos de compensación para las naciones de detrás del telón de acero que ahora son miembros de la UE.

La relación germano-soviética sirvió, entre otras muchas cosas, en los años de entreguerras para formar oficiales alemanes al margen de los acuerdos alcanzados en 1918 y 1919 en la Academia Frünze de Moscú. Y sirve hoy para que nada menos que todo un ex primer ministro alemán, el señor Schröeder, que tanto trabajo dio a los lectores de telediarios con ese apellido, sea hoy el presidente de la primera empresa de energía de Rusia. Véase al respecto mi artículo La clave alemana publicado aquí en 2006.

Entendido esto, no es posible decir que la jugada osetia sea únicamente una jugada de Putin, que puso entre la espada y la pared a Saakashvili, quien, todo hay que decirlo, no es precisamente un gran estadista: aunque hubiese sido Winston Churchill, no habría podido eludir la trampa. Por un lado, los rusos alentaron el levantamiento separatista de Osetia. Por otro, a Saakashvili sólo le quedaban dos salidas ante los hechos: reprimir o no reprimir. Si no reprimía, Osetia se "independizaba", es decir, caía en manos de los rusos. Si reprimía, los rusos intervenían en nombre de los "derechos" osetios a la "autodeterminación" y conseguían el mismo objetivo.

Y con ello se obtenía el control del nudo del transporte de energía hacia el oeste. Como bien explicó José María Marco, Rusia consigue "el monopolio del suministro de energía a Europa desde el continente".

Todo ello porque Georgia fue rechazada como candidata a la integración en la OTAN en la conferencia de Bucarest el pasado mes de abril. ¿Por quién? Por Alemania y Francia. Por ese ahora intermitente –antes firme y constante– eje francoalemán del que yo empecé a hablar hace veinte años, logrando que un redactor jefe me preguntara "¿qué es esto del eje francoalemán?", mucho antes de que la noción llegara a los titulares de los periódicos.

Nicolas Sarzoky durante una rueda de prensaA Sarkozy no le quedaba otro remedio político que secundar a Merkel en este caso, aunque estoy convencido de que vio perfectamente lo que iba a ocurrir. En el debate en el seno de la OTAN, Merkel, es decir, Schröeder, es decir, Gazprom, se llevó el gato al agua: Georgia quedó fuera de la Alianza, lo que puede traducirse, y así lo entendía hasta Saakashvili, en que quedó en manos de la buena voluntad de Rusia. Putin sabe lo que hace. Por eso es zar. Por eso la prensa lo trata como "el" gobernante y pocos recuerdan la existencia de Medvedev fuera del ámbito protocolario en el que funge de jefe.

La inevitable jugada osetia era, pues, evitable con el concurso de Alemania. Pero en este asunto, Alemania no está del lado de Occidente en el sentido extenso del término. Lo demás lo hace el espíritu de Munich, la política de apaciguamiento de la que tan amigos son los dirigentes de la UE (a los que ni usted ni yo elegimos, sino que fueron cooptados en una misteriosa instancia superior por los delegados de aquello en que delegamos con una participación electoral lamentable). En un sentido más limitado del término Occidente, Putin está más cerca de nosotros que los alemanes: él ha comprendido el problema islámico, entre otras razones porque lo tiene dentro de sus fronteras, y procede en consecuencia: de ahí la cuestión chechena y otras de parecido carácter, y eso teniendo en cuenta que la musulmana es la segunda religión en Rusia. Alemania, en cambio, con Merkel o sin ella, tiene detrás, desde los años treinta, es decir, desde el nazismo, un sólido vínculo con varios países islámicos que llegaron a aportar tropas de élite a las SS (Mein Kampf es el segundo libro más leído en el mundo islámico, después del Corán).

Creo que en derecho se llama "colaboración necesaria" al papel desempeñado por el eje francoalemán en la OTAN respecto de Georgia: sin su concurso, el crimen no habría sido posible. Y es importante señalarlo, porque la historia está llena de "colaboradores necesarios", a veces por omisión, como en el caso de Chamberlain, pero en buena parte de las ocasiones por acción, como en ésta.

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