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LA GRAN EXPEDICIÓN

Malaspina, de oficio descubridor

A mediados de diciembre de 1788, a la venerable edad de 72 años, murió el rey Carlos, tercero por partida doble: por su ordinal en la historia de los reyes de España y en la dinastía borbónica. Su reinado había sido aproximadamente tranquilo y, si no el mejor, si el más feliz y prolongado de la España moderna.

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Tres meses antes de su muerte, sin saber, naturalmente, que ésta se encontraba tan cerca, aprobó el último de los grandes viajes de exploración. La misión correría a cargo de dos marinos de gran renombre: Alejandro Malaspina, nacido en Italia pero naturalizado español, y el montañés José de Bustamante. No iban a conquistar nada, sino a darse un paseo por los vastos dominios del rey de España al tiempo que cartografiaban costas lejanas y hacían experimentos científicos.

La idea era que los dos capitanes, a quienes se les había proporcionado sendas corbetas –la Descubierta y la Atrevida– diesen la vuelta al mundo recalando en ensenadas perdidas de la mano de Dios para investigar. Sus hallazgos darían lustre y prestigio a la labor ilustrada que el monarca patrocinaba con entusiasmo dentro de las fronteras de su menguado pero aún poderoso imperio.

El rey murió inesperadamente; la misión, sin embargo, aprobada y financiada, continuó su curso. Por si cambiaban las tornas Malaspina y Bustamante se afanaron en reclutar la marinería y llenar los dos navíos de naturalistas. A finales de julio de 1789, partieron de Cádiz con rumbo a Sudamérica. Por una extraña conjunción astral España estaba en aquel momento en paz con todas las naciones del mundo, incluida Inglaterra. Eso garantizaba la tranquilidad. Las corbetas no serían importunadas por ninguna flota extranjera ni tendrían que refugiarse en una rada durante meses para evitar ser capturadas por el enemigo.

La Descubierta y la Atrevida tardaron mes y medio en cruzar el Atlántico. A finales de septiembre llegaron a Montevideo, puerto principal del Virreinato del Río de la Plata. Desde ahí habrían de partir poco después para reconocer la Patagonia y las Malvinas, aún inexploradas. La flotilla dobló el cabo de Hornos y se dirigió a los remotos puertos de la Capitanía General del Chile, la colonia más austral y apartada del imperio. Atracaron en Valparaíso, en Concepción, en Coquimbo y en Arica para largar velas luego hacia la costa del boyante Virreinato del Perú, joya de la Corona en el continente sudamericano.

En el concurrido puerto de El Callao, Malaspina dio descanso a las tripulaciones. Los científicos, entretanto, se internaron en la colonia para realizar sus experimentos. Había pasado un año desde su partida y el mundo, aunque aún continuaba en paz, no tardaría mucho en volverse loco por culpa de una revolución que había puesto Francia patas arriba. En septiembre, la pequeña armada científica partió hacia Nueva España, centro neurálgico de los dominios reales en América. De camino se detuvieron en Guayaquil, en Panamá y en Nicaragua. Las paradas fueron breves porque en Acapulco esperaba un correo urgente del rey llegado directamente desde Madrid.

Al arribar al puerto mexicano Malaspina abrió las órdenes reales. Debían dirigirse sin demora hacia el polo norte y encontrar el paso entre América y Asia –el llamado paso del noroeste– que andaban todos buscando. No era la única orden. El virrey de Nueva España sabía que los rusos y los ingleses andaban trasteando por el Pacífico norte, de manera que entregó dos goletas a los expedicionarios para que explorasen las costas de lo que hoy es Canadá y diesen cumplida cartografía de ellas. Por falta de hombres no podían conquistarlas ni asentarse en ellas, pero, si se terminaba produciendo un reparto, España reclamaría haber llegado primero.

Uno de los barcos fue encomendado a Dionisio Alcalá Galiano, el otro a Cayetano Valdés. Entre ambos exploraron toda la costa desde Oregón hasta Alaska cala a cala y playa a playa detallando distancias y rutas de navegación. Sin pretenderlo coincidieron con un inglés, George Vancouver, que andaba en lo mismo y con el que terminaron haciendo amistad y compartiendo los descubrimientos. Los frutos de la paz son dulces, los de la guerra amargos. Alcalá Galiano y Valdés tuvieron ocasión de comprobarlo personalmente cuando, pocos años después, se vieron combatiendo contra los ingleses frente al cabo Trafalgar.

Mientras sus oficiales exploraban Canadá, Malaspina se dirigió a Alaska. Recorrió sus costas registrando los accidentes naturales hasta el fiordo del príncipe Guillermo, lugar donde se persuadió de que el paso del noroeste no existía. Además, se acercaba el otoño de 1791 y quedarse en una latitud tan alta equivalía a un largo y doloroso suicidio. El paso de hecho, estaba ahí, estrecho de Bering se llama hoy, pero está tan al norte que es infranqueable por culpa de los hielos del Ártico. Con las noticias regresó a Acapulco para retomar el plan inicial de completar una circunnavegación del globo. Cruzó el Pacífico por la ruta del Galeón de Manila parando en el archipiélago de las Marianas, entonces y hasta 1899 de soberanía española.

En marzo de 1792 llegó a Filipinas. Llevaba casi tres años atracando en puertos españoles repartidos por todo el mundo. En Europa las cosas habían cambiado radicalmente. Los monarcas absolutos del viejo continente habían declarado la guerra a la Francia revolucionaria. Navegar con fines científicos, es decir, sin escolta armada, había dejado de ser seguro. Descartada la idea de volver cruzando el Índico, donde podría encontrarse con una flota francesa, puso sus ojos en Australia y Nueva Zelanda, última frontera de los exploradores europeos.

Visitó Sydney y las costas vírgenes de Nueva Zelanda. Llegado a ese punto, dio la orden de regresar a España, donde las cosas se habían puesto realmente complicadas. El 21 de septiembre de 1794, cuatro años y dos meses después de su partida, la Descubierta y la Atrevida entraron en el puerto de Cádiz. El país estaba en pie de guerra. El panorama era desolador. Muerto el rey Carlos, su heredero había caído en manos del amante de la reina, Manuel Godoy, un palafrenero extremeño tan ambicioso como incapaz.

Malaspina se recluyó en su estudio para elaborar un informe sobre el viaje. El documento que entregó al rey era eminentemente científico, aunque incluía un anejo confidencial en el que el marino hacía una serie de recomendaciones políticas para mejorar la administración de las colonias. Su planteamiento para un nuevo y próspero imperio español que se mantuviese en el tiempo era muy parecido a lo que más tarde haría Inglaterra con la Commonwealth.

Malaspina creía que, aparte de la Corona, lo que debía unir a los españoles de ambos hemisferios era el comercio libre entre las colonias. Gran aficionado a la economía, había ido durante el viaje recopilando estadísticas comerciales y de producción hasta concluir que unos sólidos pilares económicos asegurarían la pervivencia del sorprendentemente grande y cohesionado imperio español. Si se quería evitar la experiencia de las colonias británicas en Norteamérica, el mundo hispano no podía cometer los mismos errores. Buenos Aires, Cádiz, Veracruz, Manila, Valparaíso, La Habana o Puerto Rico seguirían manteniéndose leales al rey de España si podían comerciar entre ellas y enriquecerse. De lo contrario las querellas entre unas y otras no tardarían en aflorar. El tiempo –no mucho, la verdad– terminaría dándole la razón.

El rey, que era semianalfabeto y no pensaba más que en su colección de relojes, probablemente no lo leyó nunca. El que sí lo hizo fue Godoy, que montó en cólera y acusó a Malaspina de conspirador. Fue encerrado en el castillo de San Antón de La Coruña. Años después, y por petición expresa de Napoleón, fue liberado con la condición de que volviese a su Italia natal. Allí moriría en 1809 mientras el fastuoso imperio ultramarino que él había retratado en su esplendor se venía abajo. En España, sin embargo, nadie se acordaba de él ni de su fabuloso periplo oceánico, el último de los grandes viajes de exploración.

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