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UNA CIVILIZACIÓN CON TENDENCIAS SUICIDAS

Salvar a Occidente de sí mismo

Allá por 1920, en Hugh Selwyn Mauberley, 'E. P. Ode pour l’election de son sepulcre', Ezra Pound se lamenta por la Primera Guerra Mundial, cuando aún era sólo la Gran Guerra: Murieron a millares, /los mejores murieron, /por una vieja ramera desdentada, /por una civilización llena de remiendos. //El encanto de la bella boca sonriente, /los vivaces ojos, yertos bajo el párpado de la tierra, //por dos gruesas de estatuas destrozadas, /por unos pocos miles de estropeados libros.

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Huelga decir que la ramera desdentada es Occidente, una civilización llena de remiendos, cuyas estatuas y cuyos libros no valen la muerte de nadie. Mucha gente, empezando por Hitler y Himler y terminando por Husseini, el gran muftí, amigo de los nazis, compartía en aquel entonces semejante desprecio por nuestro mundo. Era más comprensible en Husseini, que representaba mil cuatrocientos años de odio musulmán a los judíos y a los cristianos. Los demás eran tan producto de la Europa judeocristiana y de las europas americanas judeocristianas como usted o como yo.
 
A pesar de Pound, que era un loco que se creía el maestro de Mussolini y uno de los mayores poetas de todos los tiempos, Occidente superó la Gran Guerra, y la Segunda Gran Guerra, y el nazismo, y el fascismo, y el comunismo. Hace poco, Ayaan Hirsi Ali, Salman Rushdie y varios intelectuales más firmaron un manifiesto, publicado en Jyllands Posten y en Charlie Hebdo, los de las viñetas de Mahoma. Decían allí que, "después de haber vencido al fascismo, al nazismo, al estalinismo, el mundo se enfrenta a una nueva amenaza totalitaria mundial: el islamismo". La pregunta es si Occidente está hoy en condiciones de dar una respuesta parecida a la que dio en el siglo XX.
 
En 1920, cuando Pound abogaba por la deserción porque, decía, no valía la pena dar la vida por el arte y la literatura del pasado, en Europa y América, a la vez que se desarrollaban en paralelo el comunismo y el nazismo (el primero, alentado por las necesidades de guerra de los hombres que poco después exaltarían al segundo), había hombres e instituciones capaces de reaccionar frente a esas y otras amenazas. Pero, ¿acaso hay hoy un Woodrow Wilson, un Winston Churchill, un F. D. Roosevelt? ¿En qué situación se encuentra la Iglesia católica? ¿Y el judaísmo?
 
No hay líderes notorios, eso es evidente, salvo cuando su ineptitud, su torpeza, su corrupción o su radicalismo los hacen notorios. Cuando alguno destaca realmente, los medios de comunicación se ocupan de borrarlo: véase el caso de presidente de Colombia, Álvaro Uribe. Lo he dicho y escrito más veces: los congresos y los senados de Occidente, con la honrosa excepción anglosajona, están llenos de desconocidos, sin responsabilidad alguna frente a sus electores. ¿Por qué no iba la gente a quedarse en casa cuando hay elecciones? ¿Por qué iba a ratificar la gente una constitución europea o un estatuto autonómico elaborados a sus espaldas por señores de los que jamás ha oído hablar? La presunta mayor organización planetaria, Naciones Unidas, está al mando de un tipo al menos cuestionable: si Alfonso Guerra tuvo que dejar la vicepresidencia por suenmano, éste tendría que hacer algo respecto del hijo.
 
La ONU tiene 192 estados miembros, y no llegan a ser un tercio de esa cifra aquellos en los que se respetan los derechos humanos; siendo muy generosos. No es posible hablar en nombre de la humanidad cuando los que hablan son los gobernantes de miles de millones de chinos, iraníes, saudíes, africanos en general, sin representarlos democráticamente. China y Rusia se sientan en el Consejo de Seguridad junto al Reino Unido, Francia y los Estados Unidos. Pero ésos son sólo los miembros permanentes. A día de hoy, los diez miembros no permanentes son Argentina, Grecia, Qatar, República del Congo, Japón, Eslovaquia, Dinamarca, Perú, Tanzania y Ghana. Durante largo tiempo, Libia presidió la Comisión de Derechos Humanos, lo que indica la volubilidad de los representantes de la naciones a la hora de interpretar la carta fundacional.
 
Si esta institución no se reforma con urgencia, sólo servirá para ser desobedecida por los países realmente soberanos. Es un producto de Occidente, pero ha sido estructurada de un modo tal que ahora sólo puede servir a sus enemigos. Es otro congreso de desconocidos, sin autoridad política ni, sobre todo, moral.
 
Ni que decir tiene que la UE padece idénticas taras. Aunque en muchos casos opere como factor limitador de apetencias sectoriales (véanse las opas sobre Endesa), cuando actúa políticamente como unidad es incapaz de hacer nada más limpio que el desastre de Yugoslavia. Su rechazo a reconocerse judeocristiana, o al menos cristiana, va de la mano con sus posiciones en Medio Oriente: no en vano Moratinos representó a la UE en esa parte del mundo durante mucho tiempo, la época en que se hizo tan amigo de Arafat.
 
Oriana Fallaci.No es ninguna tontería hablar, como lo hace Oriana Fallaci, de Eurabia, a la vista de la islamofilia manifiesta de esta gente, desde Javier Solana (sí, el de los bombardeos de Kosovo, el vindicador de Croacia y Eslovenia independientes, con lo que empezó todo) hasta Mortadela Prodi (Fallaci dixit, y que rabie la Calvo).
 
Como instituciones, ni las Naciones Unidas ni la Unión Europea son defendibles. Su representatividad es escasa y su tarea, diría Borges, secreta. No se las puede identificar con Occidente.
 
El judaísmo se organiza de manera laxa, sin jerarquía, aunque ahora todos los esfuerzos confluyan en la defensa del Estado de Israel. La Iglesia católica esta en un proceso de autoafirmación, iniciado con Juan Pablo II, después del desastre de la mal llamada "teología de la liberación", una mística política de mal encaje en el universo de la fe. Tengo para mí que el catolicismo tiene aún un camino por recorrer, con un Papa que está decidido a una reforma en profundidad. Su pronunciamiento de estos días respecto de la guerra del Líbano ha sido ejemplar: Occidente, la razón y la fe en un equilibrio exquisito e imprescindible.
 
Lo que llamamos Occidente, en todo caso, no es una fórmula institucional, ni global ni Estado por Estado. En el caso particular de cada nación, el funcionamiento democrático está sólo relativamente garantizado y depende más, en la mayoría de los casos, de los partidos que ocupen el poder y de la legislación que generen que del sistema mismo. España es un ejemplo flagrante de violación del sistema por el partido gobernante, que decide por todos previa consulta con un Parlamento en el que la oposición ha sido marginada por las minorías que votan con el PSOE.
 
Occidente es una suma de individuos que, como los de Bilbao, nacen donde les da la gana y aprenden y enseñan en todo el mundo. Científicos, artistas, misioneros a su pesar por imperativo ético. Cristianos o judíos, sin necesidad de que cada uno lo sea de modo militante. Conscientes de estar viviendo en sociedades abiertas y del valor de ese hecho. Pero aún sin las herramientas necesarias para impedir que el destino de los estados caiga en manos de los sonrientes Zapateros de turno.
 
Leonardo da Vinci: EL HOMBRE DE VITRUVIO.También es una tradición religiosa que está más allá de la fe individual, que se perpetúa en cosas tan aparentemente laicas como la comida, el orden de los días y las noches, el trabajo y el descanso, y tan trascendentes como la ética y la estética. La supresión de la enseñanza de religión en las escuelas (con la excepción de la islámica, por aquello del multiculturalismo subvencionador) es un atentado contra Occidente.
 
También es una tradición secular de Estado nacional que actúa como garante de los derechos individuales. La introducción en la ley, por vía política, de derechos colectivos, sean corporativos, regionales, sexuales o de cualquier otra especie, es un atentado contra Occidente. Los derechos son del individuo o no son.
 
También es una tradición de libertad que se ha ido extendiendo durante siglos: de enseñanza, de expresión, de circulación y de intercambio.
 
Todo esto está vivo y es real. En lo simbólico está representado por una gruesa de estatuas destrozadas y unos cientos de viejos libros. A veces, las estatuas son de Buda, como las de Bamiyán, o de Krishna o de Atenea, pero han sido conservadas, en casa o en tierra ajena, por la vocación occidental. ¡Dios guarde al ladrón del museo de Bagdad! A veces los libros tienen origen lejano, pero aquí se ha escrito buena parte de los más grandes, aunque tengan tantos y tan fieros enemigos: eran enemigos de Occidente los que quemaban libros en Berlín; la biblioteca de Alejandría es Occidente, su arrasamiento es la contribución bárbara. ¿Cuántas Alejandrías más tenemos por delante? No importa. Es nuestra historia: resistir y reconstruir. La de la gente que no ratifica constituciones ni estatutos elaborados a sus espaldas.
 
También generamos aquí, en nuestras universidades, el odio a Occidente. ¿No era Pound un producto de la más alta educación americana? ¿No se criaron en Oxford y Cambridge numerosos espías soviéticos? ¿No fue la misma universidad alemana de la que salió Einstein la que puso en el mundo a Heisenberg? ¿Y no se educaron en Gran Bretaña los asesinos del metro de Londres? ¿No han salido de las aulas de los Estados Unidos la corrección política, la discriminación positiva y el multiculturalismo? ¿No es materia académica la culpa colonial? Occidente no ha creado el mar de injusticia universal con el que el presidente de la sonrisa y aliados intentan justificar el 11-S, el 11-M, el 7-J y la intifada de la banlieu parisina, pero ha creado los virus ideológicos necesarios para acusarse de todos los males del mundo.
 
Sólo esta civilización se ha dado armas para suicidarse. Hay que salvar a Occidente de Occidente, pedir ayuda a las estatuas y a los viejos libros en los que siempre empieza todo.
 
 
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