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GENTES DEL LIBRO

El señor bajito que puso el humor patas arriba

Mientras se daba la gran vida en el vientre de su madre, Miguel Mihura decidió que quería ser madrileño. El problema es que Madrid todavía no existía. Así que hubo que inventarlo.

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Y se inventó en un periquete, pues a uno ya se le había ocurrido la idea, incluso dónde ponerla en práctica, según se desprende de las fidelísimas memorias de nuestro personaje:
 
"La ocurrencia (...) fue de un pastor, llamado Cecilio, que una tarde, cuando paseaba por el campo llevando en brazos a sus ovejas y meciéndolas maternalmente, como entonces hacían los pastores, vio un gran terreno, todo lleno de hoyos, de agujeros, de escombros y de montoncitos de arena.
 
–Aquí se podría hacer Madrid, para que naciese el señor Mihura y ese otro señor bajito, que nunca me acuerdo cómo se llama y que también quiere nacer en Madrid –pensó Cecilio" (Miguel Mihura, Mis memorias, Temas de Hoy, 1997, página 17).
 
Lo cual que Madrid se terminó (ejem) el 21 de julio de 1905, para que naciera el niño Mihura, hijo de su madre y de su padre, Miguel Mihura Álvarez, cómico famoso en los Madriles que escribió además zarzuelas y sainetes y comedias y andando el tiempo se transformó en gerente, de dos teatros: el Cómico y el del Rey Alfonso.
 
El chico de Miguel Mihura, Miguel Mihura, se crió en un hogar donde sólo se hablaba "de teatro, de aplausos, de contables, de mutis, de situaciones cómicas, de éxitos y de fracasos...", así que a ver quién es el tonto que se extraña de que Miguelito no jugara con soldados de plomo sino "con pelucas de teatro y con barras de maquillaje" [1].
 
Enrique Jardiel Poncela.A Miguelito le dio primero por la música, luego por los idiomas y también por la pintura. Pero, culo de mal asiento, no se estaba quieto en ningún sitio y acabó volviendo a lo que había mamado: el teatro; a la contaduría del Rey Alfonso, y a leerse piezas del París de la Francia o de otros sitios de la Francia, ya que estamos y por si había que incluirlas en el repertorio de la casa para hacer caja, y perdón por la rima tonta, que es más tonta que los que todavía se extrañan de que de chico jugara con peluquitas y no con soldaditos de plomete.
 
Pero los años iban pasando y va Miguelito y se quita el enojoso –ito (si es que alguna vez lo utilizó) y cumple 18 años y se pone a escribir en revistas de risa como Muchas Gracias y Buen Humor y a mandar viñetas a dos o tres periódicos, entre ellos La Voz, El Sol y Ya. En Buen Humor conoció a unos cuantos cachondos mentales como él: un tal Jardiel Poncela, un cual Edgar Neville y un pascual que se firmaba Tono (había más, no os vayáis a creer. Pero no los ponemos, ea). Y todos ellos se pusieron a escribir en la revista Gutiérrez en 1927, que dicen los que se las saben todas que fue la madre, o el padre, o el abuelo, o algo así, de La Codorniz, de la que ya hablaremos, si es que nos dejan o encontramos algo por ahí perdido.
 
En 1930 o en 1931, y hasta puede que fuera en 1932, porque en esto dudan hasta los que se las saben todas, el cómico Alady le contrata como guionista y se patea un poco las Españas. Le pasaron muchas cosas. Y parece que esas cosas que le pasaron se le pasaron después por su cabeza redondota de genio; y claro, se puso de parto; y parió, aprovechando que estaba pachucho y que se pasaba todo el día en un hotelito de Chamartín, Tres sombreros de copa: en, y esta fecha sí que nos la sabemos, 1932 [2].
 
Y ahora, contad hasta veinte sin hacer trampas, tampoco vale de carrerilla sino despacito, muy despacito. Pues veinte fueron los años que se pasó Tres sombreros de copa cosechando noes, nihablares y nanays. Todos la encontraban más rara que un perro verde, disparatada y como turulata, y no era plan mostrársela a las visitas o sacarla por ahí a pasear, le decían sus amigos y gente aún peor al bueno de Miguel, que acabó tomándole tremenda tirria a la criatura, que no tenía culpa de na.
 
Hemos contado hasta veinte y ahora nos descontamos, para ver qué hacía el señor Mihura en los años 30 que no fuera buscarle novio a su obrita surrealista. Pues escribir, qué iba a hacer el pobre, aunque le fastidiase. Escribir para el cine y para las revistas de risa; ahora, para La Trinchera y La Ametralladora, dos que se imprimieron durante la Guerra Civil en la zona nacional para que los soldados también pasaran algún buen rato. Tan pronto el amigo Miguel se echó a las manos La Ametralladora ésta dejó de cultivar, nos dice uno de los que se las saben todas, "el humor propagandístico, bélico, en favor de un humor más gratuito, que es el que Mihura siempre imprimirá a todas sus empresas editoriales, tanto periodísticas como teatrales" (Tordera).
 
Fue acabarse la guerra y soltar La Ametralladora su última ráfaga de humor. Pero Mihura no se quedó ahí, parado como un pasmarote, sino que se dijo: ¿y por qué no estreno yo una obra que se titule ¡Viva lo imposible!, vamos a ver? Y la estrenó, caramba. ¡Vaya si la estrenó! En noviembre del 39, en el Teatro Cómico, en Madrid. Y fue un éxito de crítica y también de público, aunque pronto el señor público y su señora dejaron de ir a verla, una gracia que volvieron a hacer con otras obras de don Miguel y que a éste le ponía de un humor de perros.
 
Pssscht, pssscht, que viene, que viene... ¿Lo qué? La Codorniz, la revista de risa más importante de cuantas se hayan editado por estos andurriales. Con Mihura capitaneando una tropa de cachondos mentales (Álvaro de Laiglesia, Wenceslao Fernández Florez, Tono, Jardiel Poncela y por ahí seguido), comenzó la pájara de papel a buscarse la vida en las calles el 8 de junio de 1941, y no dijo ahí os quedáis hasta diciembre de 1978 (echad vosotros la cuenta, que nosotros somos de Letras). Uno que era muy preguntón le preguntó una pregunta a Mihura: ¿qué será La Codorniz?; y Mihura, que era muy respondón, le respondió con una respuesta; ésta:
 
"La Codorniz no se apoyará nunca en la actualidad, ni en la realidad, será un periódico lleno de fantasía, de imaginación, de grandes mentiras, sin malicia. No nos divertiremos de las desgracias ajenas. No nos burlaremos del caído ni halagaremos al que está en las alturas. La Codorniz será como una pieza musical, como una canción, como un disco de música de baile, que se escucha para pasar el rato y nunca para aprender álgebra o trigonometría. El que quiera aprender matemáticas o ganar unas oposiciones a Hacienda no debe leer La Codorniz, porque no le resultará eficaz" (Mihura, Mis memorias, págs. 305-306).
 
Él éxito de la pájara fue desde el principio alucinante, desbordante, abracadabrante, aunque claro, siempre había alguno que cogía el teléfono, marcaba el número de la redacción, pedía que se pusiera el director, el director, que era Mihura, se ponía, y entonces don Alguno le regalaba los oídos con frases como: "Es usted un mamarracho; es usted un imbécil. Y su periódico, una porquería". Y después colgaba. Y Mihura entonces se echaba a llorar, el pobre, que todavía se acordaba de esos momentos tan tristes cuando redactó sus memorias –que las estamos metiendo un meneo que pa qué, dicho sea de paso–; y a punto estaba de decirle a don Alguno: "Pérdóneme. Lo he hecho sin querer", pero don Alguno ya había colgado.
 
En 1944 Mihura dijo adiós muy buenas a la dirección de La Codorniz –echando pestes de Laiglesia, dicho sea de paso–, pero siguió escribiendo en La Codorniz y estrenando obras de teatro (Ni pobre ni rico sino todo lo contrario, con Tono, o El caso de la mujer asesinadita) y escribiendo guiones de cine. En el teatro no acababa de sentirse a gusto ni de forrarse como Dios manda, y se cogía unos berrinches tremendos cuando le decían que sus obras eran de estilo codornicesco. Total, que pasó del género durante unos cuantos años y se dedicó casi por entero al cine.
 
Vivir es volver, que dice el tango, y hete aquí que Mihura vuelve a verse las caras con el teatro a principios de los 50. ¿Porque se lo pedía su cuerpo serrano? ¡Ca! Porque "en el año 1951 las cosas empezaron a ir mal para el cine español y, en consecuencia, para mí y para mis finanzas". Así que pensó que "lo mejor era volver de nuevo al teatro", pero ya para siempre, de verdad de la buena; "para vivir de él en serio, sin ocuparme de otras cosas. Y para vivir, además, bien" [3]. Lo que se dice un sentimental, el bueno del señor Miguel.
 
La apuesta le salió de rechupete: se lió a estrenar en los 50 y no paró: ¡por fin! Tres sombreros de copa (1952), Sublime decisión (1955), Mi adorado Juan (1956), Melocotón en almíbar (1958) y, ¡tachán!, Maribel y la extraña familia (1959), la niña mimada de don Miguel, según confesión propia. "Creo firmemente que Maribel ha sido mi obra más conseguida", dejó escrito en algún lado.
 
¿Queréis saber cómo se le ocurrió a don Miguel la idea de dar vida a la criatura? Pues nada, mejor que os lo cuente él, sin colorantes ni conservantes:
 
"En cierta ocasión que me llevé una golfita a mi piso de soltero –puesto que yo soy verdaderamente soltero y vivía en un verdadero piso–, la chica me preguntó en el ascensor:
 
–Vivirás solo, ¿no?
 
Porque estas chicas temen que estos pisos sean algo así como picaderos –que los franceses llaman garçonnière– en donde se reúnen amigos, con los que siempre pueden surgir problemas.
 
Y a la pregunta de la golfita le contesté, gastándole una broma:
 
–No. No vivo solo. Vivo con mi tía.
 
Y la chica se echó a reír.
 
Con lo que mi apunte en el cuaderno decía así: 'Un señor cita en su casa a una putita que conoce en un bar. La chica va al piso a cumplir con su obligación y resulta que de repente el señor le presenta a su madre y a su tía'.
 
Y nada más" [4].
 
Acabemos de una vez, que a esto se le está poniendo pinta de historia interminable: Miguel Mihura siguió en el machito, sentando plaza de maestro del humor y arramblando con cuanto premio se le puso por delante (entre ellos el Nacional de Teatro –en dos ocasiones– y el Nacional de Literatura Calderón de la Barca), hasta que le tocó hacer mutis por el foro, en 1977.
 
¡Y a nosotros que nos da en las narizotas éstas que nos han puesto en medio de la cara que el amigo Mihura ha montado en las Alturas una compañía con los ángeles más tarambanas...!
 
 
GENTES DEL LIBRO: George Orwell – Fiódor Dostoievski. 
 

[1] Los entrecomillados son del propio Mihura, y están tomados de la introducción que el profesor Antonio Tordera escribió en 1988 para una edición de Tres sombreros de copa que se publicó en la colección Austral (Espasa Calpe).
[2] O sea, dieciocho años antes de que Eugène Ionesco publicara La cantante calva. El dato lo dejaba caer Mihura cada dos por tres, por si había dudas acerca de quién era el padre del teatro del absurdo.
[3] V. la introducción de Mihura a la edición de Tres sombreros de copa y Maribel y la extraña familia publicada por Castalia en 1989.
[4] Ibíd.
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