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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Se acabó la fiesta: zona cero

Decía ayer el Maestro Esplá –el más leído de todos los toreros, como decía Valle-Inclán de Belmonte– en la Tercera de ABC  que, si los cretinos que tanto abundan en el Parlament de Cataluña se hubiesen abstenido de pronunciarse sobre la tauromaquia, no era imposible que la fiesta en Barcelona llegase a su propio final por sí misma.

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Hace mucho que la razón ha dejado de tener peso en el debate taurino. Los defensores de ese adefesio ideológico que se ha dado en llamar "los derechos de los animales", algo tan inasible y contradictorio como la "memoria histórica" o –Unamuno dixit– el "pensamiento navarro", suelen autodefinirse también como luchadores por los derechos humanos, salvo cuando de los toreros se trata. La cuestión es que tienen tan asumida, a su pesar, la superioridad del hombre sobre la naturaleza que no se les pasa por la cabeza la idea de que ese sujeto más bien escuálido que viste traje de luces se enfrenta una semana sí y otra también a una bestia de seiscientos kilos, con unos cuernos despiadados y genéticamente programada para matar.

¡Ah, pero es el torero el asesino! ¡Porque posee inteligencia, aunque de poco le sirva cuando el ADN del animal de lidia le busca la femoral! No se les ocurriría pensar lo mismo en el circo romano: ¿o dirían también allí que era una injusticia que un ser inteligente como el gladiador se lanzara a la arena a intentar acabar con un tosco e ingenuo león? Conozco la respuesta: en Roma no había picadores ni banderilleros que debilitaran al pobre animal para entregarlo moribundo a la espada asesina del esclavo o el cristiano.

No, las cosas no van por ahí. Y es cierto lo que afirma Esplá: soy testigo de la decadencia de la tauromaquia en Barcelona desde el cierre de Las Arenas en 1977. A mí me encantaba aquella plaza, la prefería a la Monumental. E iba los martes a comer estofado de toro de lidia a dos manzanas de allí, en un restaurante barato de la Gran Vía cuyo nombre no se me alcanza en este momento. Hace años que no voy a los toros. Fui con mi maestro y amigo Horacio Capel a ver a César Rincón después de su arrollador éxito en Las Ventas. Y puedo jurar que la Monumental no estaba llena, como merecía el matador y cabía esperar de tantos aficionados que no habían ido a Madrid. Otra cuestión es que los taurinos prestigiosos se reúnan en torno de José Tomás para reivindicar el derecho a la existencia de toros y toreros en la que fuera hace cien años la más aficionada de las ciudades de España.

Porque la cosa sí va por ahí: no se trata de desmentir la historia taurófila de Barcelona, sino de desmentir su condición de ciudad de España: aquí no matan ETA ni los toreros, ésas son barbaridades de castellanos o, lo que es peor, de andaluces (como el president) y murcianos (hay que decir que al de Iznájar le traicionó la sangre e hizo una declaración in extremis por la que se percibe que le hubiese gustado seguir yendo a la plaza como antaño).

La desaparición de la lidia en Cataluña es, por el momento, el último episodio de una guerra en lo simbólico que comenzó con el intento de retirada de los toros de Osborne de las carreteras con la ridícula excusa inicial de que distraían a los conductores. Mentira infame, como bien sabíamos todos. Al final se llegó a una especie de acuerdo entre los conservacionistas de los cornúpetos de metal y los partidarios de la extinción provocada de la especie, como si del virus de la peste bubónica se tratara: quedaron unos cuantos, menos que linces ibéricos, aunque sin problemas de reproducción. Y lo que no sé es si algunos de esos Osbornes preservados se encuentra en Cataluña.

Se sabía que esto iba a suceder. Lo sabíamos todos, incluidos los dirigentes del PPC, que actuaron como de costumbre: en vez de asumir la propuesta de Esperanza Aguirre –que lo hizo en Madrit– y lanzar en el Parlament la posibilidad de declarar la fiesta patrimonio cultural catalán, con lo que hubiesen puesto en evidencia a los demás y forzado una votación sin darles tiempo a prepararla, esperaron hasta que ya era imposible salvarla. Con los nacionalistas, que, como bien llegó a saber Azaña en carne propia, son insaciables, o se toma la iniciativa o se marcha hacia la derrota desde el principio. Ellos tienen un proyecto al que nadie es capaz de oponerse. Están en ostensible minoría, como lo demuestra el número de votantes y de votos favorables al Estatut, aunque llamen a esa magra cuarta parte del electorado "el pueblo catalán". Los que no fueron a votar ni votaron a favor, que les den, no representan nada (Si algún día se produce la reforma de nuestro sistema electoral, lo que no verán mis ojos, habrá que luchar no sólo por la representación de un voto por ciudadano, sino también por un tipo de régimen que no desprecie la abstención).

Pues bien, así como hay una fatiga electoral o una desgana política que lleva a la gente a quedarse en casa el día de los comicios, hay un abandono moral de idéntico origen: la falta de representación. Mientras los supuestos representantes votan en un sentido, las encuestas revelan que, de haber consultado, el resultado hubiese sido otro. Ahora, por supuesto, nadie va a continuar lo que se inició el día en que todo el mundo arropó a José Tomás en la Monumental. Hemos perdido. Definitivamente. El resto es silencio y soledad de la familia Balañá en los juzgados, con la plaza cerrada y los cines vacíos por el obligado doblaje al catalán, que nadie quiere.

Se acabó la fiesta. La taurina. La otra, la de la jet, continuará. Las próximas autonómicas sólo le interesan al PP y al PSOE por esto de saber con quién hay que negociar los apoyos para que haya "gobernabilidad", término que revela la condición de "ingobernables" de los nacionalistas. Para los demás españoles, el que ocupe la Generalitat CiU o el Tripartit es igual. Todos los partidos catalanes se han visto asociados en los casos de corrupción que han salido a la luz. Todos van a reclamar lo mismo al gobierno central. Todos darán uno o dos o tres o el número que puedan de pasos hacia la independencia. Todos harán lo posible por prohibir lo que se les ocurra que es excesivamente español para ellos, desde el abanico hasta el chocolate con churros, desde el Tío Pepe hasta el orujo, que serán sustituidos a todos los efectos por el estupendo y telúrico licor Aromas de Montserrat, desde la zarzuela hasta las comedias de Arturo Fernández que se representan en el Paralelo, desde las peñas taurinas (que se extinguirán solas por falta de sentido) hasta el cantimpalo. La lista puede ser interminable, porque Cataluña está tan llena de españoladas que los gobernantes podrán seguir prohibiendo sin límite alguno durante largas décadas, si no se les cae encima la Sagrada Familia con todos los japoneses que suelen encontrarse en el interior.

Estaba cerrando esta nota cuando me enteré, por declaraciones de Rosa Gil, mi muy querida propietaria de Casa Leopoldo, el restaurante más antiguo de Barcelona, al diario La Razón, de que existe un proyecto de convertir la Monumental en mezquita. Rosa ha estado en todo el movimiento en favor de la fiesta, viene de una familia de toreros y es más catalana que la barretina. Si ella lo dice, es porque lo sabe.

Españoles no, lo que queremos es ser moros. Tema que viene de lejos, cuando se empezó a suplantar el castellano por el árabe en los carteles de la Mercè, como si los más entusiastas de la santa patrona fuesen los musulmanes. Es un símbolo de la decadencia, tan brutalmente ofensivo como la mezquita de la Iniciativa Córdoba en la zona cero de New York.

Esto no tiene remedio.

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