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Sin niños no habrá pensiones (ni nada)

Una parte creciente de España está en vías de convertirse en un erial demográfico.

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La sostenibilidad de las pensiones es uno de los grandes asuntos de la agenda pública en España. Es lógico. Ya consumen uno de cada nueve euros de nuestro PIB, que se dice pronto. La Seguridad Social está en números rojos de muchos miles de millones de euros, coyunturalmente inflados por la crisis, y estructuralmente tendentes a engordar año a año, por dos razones. La primera es el sistema actual de cálculo de las pensiones, que no tiene en cuenta lo realmente cotizado por cada trabajador en toda su vida laboral, ni lo mucho que, afortunadamente, vivimos ahora de jubilados. Y la segunda es la combinación de baja natalidad y esperanza de vida creciente, cuyo resultado es que cada año hay más españoles en edad de retiro y menos en edad de trabajar.

El INE acaba de publicar los datos provisionales de movimiento natural de población de 2012, y el resultado es estremecedor. Bastan tres titulares:

Un 3,9% menos nacimientos que en 2011 (el descenso real fue del 4,2%, pues 2012 tuvo un día más, por bisiesto), por la caída de la tasa de fecundidad y porque cada año hay menos mujeres en edad fértil que el anterior.

Una tasa de fecundidad de sólo 1,28 hijos por española, 1,32 contando a las mujeres inmigrantes. Por cada ocho españoles que nacen, harían falta cinco más sólo para que el pueblo español no tendiera a menguar.

Ya nacen bastantes más españoles de los que mueren. Y si no fuera por el (decreciente) aporte en bebés de las madres inmigrantes, moriría más gente de la que nace, algo que sucederá en dos o tres años y que ya ocurre en la mitad de las provincias.

Sí, urge reformar el sistema de pensiones, para hacerlo más justo y viable, compatibilizando el bienestar de nuestros mayores con la necesidad de que la factura de las pensiones no ahogue la economía, y otro tanto cabe decir de la sanidad. En este empeño, introducir un esquema de transición a sistemas de pensiones mixtos público-privados, como el sueco, en el que una parte importante de las cotizaciones sociales de los trabajadores queda guardada en una hucha de su propiedad, cuyo contenido disfrutan al retirarse, parece muy conveniente para dar seguridad jurídica, sostenibilidad y transparencia al sistema.

Pero a la larga, sin muchos más nacimientos, tanto las pensiones como la economía en general, y otras cosas menos no menos importantes, estarán lastradas por el mismo mal que sufren esos pueblos en los que sólo van quedando, poco a poco, los ancianos, hasta que se apaga la luz de la vida en el último que quedaba. Ya está pasando en una parte creciente de España, en vías de convertirse en un erial demográfico. Con 1,28 hijos por española, la próxima generación de compatriotas será un 39% menos numerosa que la actual, ya mucho menos poblada que la anterior. La siguiente a la próxima, un 63% menor, y así hasta sucesivamente. Como pueblo, sin más bebés, estamos inmersos en una auténtica espiral de la muerte, lenta pero inexorable.

O nuestra sociedad y sus élites reconocen que nuestro déficit de natalidad con relación a los niveles necesarios para el reemplazo de la población nos lleva a muy mal puerto, entienden bien las causas del problema y se afanan en definir y poner en marcha soluciones, o nuestro problema demográfico se agravará más y más. Por mucho que reformemos el sistema de pensiones, como el recurso económico más valioso es el elemento humano, si éste tiende a menguar y envejecer continuamente, España está abocada a tiempos muy grises y pensiones cada vez más precarias, por más que, temporalmente, la inmigración –si es que la podemos atraer– pueda paliar algo el problema de fondo. La muy envejecida Alemania y otros países europeos serios así lo han entendido, y llevan años tomando medidas para fomentar la natalidad. Parecen haber errado al diagnosticar por qué la gente no quiere tener apenas hijos, probablemente por condicionantes políticos, pues los resultados logrados con las medidas adoptadas no son alentadores. Pero al menos han dado el primer paso para solucionar un problema de envergadura: reconocer que se tiene (¿recuerdan cuando nuestros gobernantes negaban que padeciésemos una grave crisis económica?). En España, ni eso. Así nos va. Sólo discutimos cómo repartir mejor la precariedad presente y futura en materia de pensiones, algo necesario en todo caso, pero no cómo poner coto a nuestro empobrecimiento demográfico por falta de savia joven, garantía de pensiones escasas y otras muchas escaseces. Donde hay poco, poco se puede sacar.

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