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Alicia Delibes

El virus del totalitarismo

Padecemos un Gobierno despótico que ya casi no se ocupa de disimular su intención de hacer de España la república bolivariana de Europa.

Alicia Delibes
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Padecemos un Gobierno despótico que ya casi no se ocupa de disimular su intención de hacer de España la república bolivariana de Europa.
El comunista Pablo Iglesias y, a la derecha, el socialista Pedro Sánchez. | EFE

Hace un año el presidente de la República Francesa decretó que el 11 de marzo se celebraría el Día Nacional en Homenaje a las Víctimas del Terrorismo. Macron hacía así coincidir la conmemoración nacional con el Día Europeo en Memoria de las Víctimas del Terrorismo, instaurado por el Consejo de Europa en 2004, a raíz de los atentados de los trenes de Atocha en Madrid.

En cumplimiento de su palabra, el pasado 11 de marzo, el mismo día en que la OMS declaraba el estado de pandemia por el covid-19, en la emblemática explanada del Palacio del Trocadero de París tenía lugar la primera celebración del homenaje a las víctimas del terrorismo en territorio francés. El acto fue presidido conjuntamente por el presidente de la República Francesa y los reyes de España. En cumplimiento de las disposiciones especiales de lucha contra el virus, la asistencia estuvo limitada a un millar de personas. En su discurso, el presidente Macron hizo especial mención a los dos grandes atentados que los islamistas cometieron en el año 2015 en París. En el primero de ellos, que tuvo lugar el 7 de enero, dos hombres enmascarados dispararon sus fusiles de asalto contra los trabajadores del semanario Charlie Hebdo por haber publicado una caricatura de Mahoma; el balance fue de 12 muertos y varios heridos. Meses después, en la noche del 13 de noviembre, un puñado de asesinos frieron a tiros a los clientes de varias terrazas de la capital francesa, otros terroristas se introdujeron en la discoteca Bataclan tiroteando indiscriminadamente a los asistentes y otros más hicieron estallar sendas bombas en el Estadio de Francia y en un restaurante parisino; el balance final de esa nueva matanza fue de 131 muertos y más de 400 heridos. Aquel día, el mensaje de los asesinos hacia Occidente estaba bien claro: condenamos vuestro modo de vida y vuestra forma de divertiros, sois infieles y merecéis la muerte.

En referencia a estos crímenes terminó el presidente Macron con estas palabras:

No renunciaremos a nada, sobre todo a reír, a cantar, a pensar, a amar, no renunciaremos a las terrazas ni a las salas de conciertos ni a las fiestas de verano, no renunciaremos a la libertad de creer o de no creer, a la libertad de pensar, de decir, de dibujar o de blasfemar (...) no renunciaremos a nada, porque nuestros hijos, nuestros amigos, nuestros conciudadanos han caído por ello.

Cuatro días después, en condiciones excepcionales de seguridad sanitaria, Francia celebraba sus elecciones municipales. Ese mismo día se decretaba el estado de alarma en España. Todos los españoles, salvo aquellos cuyo trabajo fuera imprescindible para la supervivencia de la población, debían permanecer encerrados en casa; una medida extrema que aceptamos sin rechistar por comprender que era la única forma de aliviar la avalancha de enfermos graves que estaba llegando a nuestros hospitales.

Las palabras del discurso de Macron volvían una y otra vez a mi cabeza durante los largos días del confinamiento. Cómo será de inmenso el miedo que nos produce este desconocido virus que lo que pensábamos que era irrenunciable, la libertad para vivir a nuestro aire, para entrar o salir, para cantar o bailar, lo hemos entregado voluntariamente.

Nuestros gobernantes, y al parecer también el virus, nos han permitido disfrutar de un verano más o menos agradable, pero ahora, cuando de nuevo aparece la amenaza vírica, se percibe una gran desconfianza de la población hacia sus líderes políticos. Algo que está ocurriendo en Francia pero, en un mucho mayor grado, también en España.

Y es que a Emmanuel Macron le han llovido las críticas por su gestión en una pandemia que ha sembrado el terror por todo el mundo, pero a nadie se le ha ocurrido pensar que su presidente esté obrando de mala fe y quiera aprovecharse de la situación para cambiar el régimen de su país, proclamarse emperador e instaurar en Francia un Tercer Imperio.

En España, por el contrario, tenemos sospechas fundadas de que nuestro Gobierno quiere dar un golpe de Estado y cambiar el régimen constitucional. Todos los días nos despertamos con nuevo susto, un paso más hacia un Gobierno despótico que ya casi no se ocupa de disimular su intención de hacer de España la república bolivariana de Europa.

Sin embargo, todavía son muchos los españoles de buena voluntad que siguen creyendo que España no es Venezuela, que Iglesias no es Chávez y que el nuevo comunismo bolivariano, llamado socialismo del siglo XXI para no alarmar a las mentes burguesas, no tiene ningún futuro en España.

Decía Burke que para que triunfe el mal basta con que los buenos no hagan nada. Sospecho que todos esos españoles de buena fe que niegan la posibilidad de que nuestra democracia esté en peligro prefieren seguir pensando que el virus chino es mucho más dañino que el virus totalitario, y así no se sentirán obligados a hacer nada.

En España

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