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Amando de Miguel

El estado de crisis permanente

El objetivo real de los partidos con posibilidad de decidir el nuevo Gobierno no es tanto ganar como seguir jugando, un placer en sí mismo.

Amando de Miguel
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Parece contradictorio decir que la crisis política, referida a la España actual, sea permanente, pero así es. Lo primero que llama la atención es que se va a tardar un año en formar un Gobierno estable. Esto es, el Gobierno en funciones lo ha sido sin que tuviera lugar el adecuado control parlamentario, por lo que poco ha debido de funcionar. Aunque los funcionarios reales hayan seguido trabajando, son innúmeras las decisiones públicas que se han pospuesto, lo que ocasiona un gran malestar para la sufrida población.

Para el caso da más o menos lo mismo que tenga lugar la investidura del Gobierno o se posponga, como tantas otras cosas, para después del verano. Pero la provisionalidad del Gobierno no es tal. Resulta indiferente la combinación de apoyos que pueda conseguir el Ejecutivo. La política para los viejos partidos españoles se ha reducido a algo semejante a un inveterado juego de envite. Cada partido juega con las cartas que le ha proporcionado el azar de las elecciones. El objetivo real de los partidos con posibilidad de decidir el nuevo Gobierno no es tanto ganar como seguir jugando, un placer en sí mismo.

Haría falta una nueva política para que los gobernantes dejaran de preocuparse por lo que ahora de verdad les interesa: aposentarse en suculentos cargos y nombrar a ciertos conmilitones para otros puestos. Para ello tendrían que contar más con partidos de nuevo cuño (como Vox), más cercanos a la vieja idea del servicio público. Pero la verdad es que los políticos establecidos ni siquiera mencionan a Vox para formar Gobierno en los distintos escalones del poder. No es que lo desprecien por minoritario o por nuevo, sino porque lo tachan de antidemocrático. ¡Como si los partidos establecidos fueran dechados de democracia!

La democracia no es una certificación que otorguen los partidos. Es más bien el resultado de un principio de otorgar poder a la mayoría, pero respetando a las minorías y con ello favoreciendo el interés general. El cual solo se consigue si los partidos intentan representar a todos los españoles (naturalmente según una particular ideología), y no solo a una fracción geográfica de ellos. Con una definición así, es evidente que el sistema político español no es propiamente democrático; solo lo es con un criterio formal. Tampoco cumple las esencias democráticas el funcionamiento de algunos partidos que han gobernado con una tasa de corrupción tan escandalosa como la que se ha dado en España. La corrupción no es solo llevarse una comisión del dinero público, sino abusar de la capacidad de hacer favores a los amigos, deudos y compañeros de partido. Esa es la gloria y la miseria del poder político. Se entiende, por tanto, la sensación de movimientos espasmódicos que asaltan a los intentos de formar Gobierno en España, de mantenerse en él con suficiente legitimidad. ¿En qué cabeza cabe que pueda haber un Gobierno socialista en España, aupado al poder (aunque solo sea indirectamente) por partidos que pretenden acabar con la nación española?

Con la estructura de más de una docena de partidos en las Cortes Españolas no hay forma de conseguir una democracia estable. Solo cinco de ellos intentan representar al conjunto de los españoles. Los demás son más bien grupos de presión con un limitado alcance territorial. Además, los dos partidos nacionales de la izquierda no pueden compartir la misma mesa del Consejo de Ministros, pues uno de ellos, el minoritario, no sabría guardar el secreto de las deliberaciones. Por si fuera poco, los tres partidos de la derecha, tan parejos en su origen, no se pueden ver ni en pintura. Es imposible que puedan establecerse alianzas duraderas con esa heteróclita panoplia de partidos. Así nos va.

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