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Amando de Miguel

El oscuro sentimiento de culpa

En la vida corriente actual, los españoles se encuentran poco dispuestos a pedir perdón por las faltas o errores que pudieran haber cometido.

Amando de Miguel
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En la vida corriente actual, los españoles se encuentran poco dispuestos a pedir perdón por las faltas o errores que pudieran haber cometido.
Pedro Sánchez. | EFE

Es fácil concluir que se han proscrito las tradiciones cristianas en una sociedad que alardea de secularización. Pero el cristianismo es una cultura consolidada de dos mil años; sus efectos son asaz duraderos.

Una de las señales imperecederas de la cultura cristiana es el sentimiento de culpa, que se manifiesta de mil maneras. Antes del cristianismo, y fuera de ese círculo, funcionan sentimientos alternativos, como la vergüenza, el deshonor, el malestar que produce el incumplimiento de las normas escritas o consuetudinarias. Incluso, en la época contemporánea, como producto del sistema competitivo, se introduce un nuevo sentimiento: el del fracaso por no haber logrado realizar los propósitos previstos. Sigue funcionando la idea de vergüenza. En español, un insulto muy sonoro es “sinvergüenza”.

El sentimiento de culpa es algo interior, íntimo. Consiste en el pesar, que queda en la conciencia, por haber obrado mal o no muy bien. Cuando se extrema, se puede llegar al escrúpulo, con la consiguiente pesadumbre o la melancolía obsesivas. Es la situación típica, que se deriva de la pertenencia fanática a ciertas sectas religiosas, tenidas por fundamentalistas. Por otro lado, la ausencia del sentimiento de culpa puede llevar al narcisismo. El sujeto se considera, entonces, el centro del mundo que le rodea; puede cometer todo género de tropelías y arbitrariedades; no digamos si, además, lo hace desde una posición de poder. El narciso se contempla en el espejo mental y se ve satisfecho con sus logros. En España tenemos un modelo perfecto del narciso: el doctor Sánchez, el inquilino de la Moncloa.

Así pues, una módica provisión del sentimiento de culpa resulta provechosa para el equilibrio moral del sujeto. Los dos extremos (una culpa desmedida o su virtual ausencia) acarrean malas consecuencias. No es solo que sean indeseables, es que pueden resultar dañinas, no ya para el sujeto sino para los que le rodean.

Si observamos la conducta y la retórica (ahora se dice “relato”) de los que mandan hoy en España, la conclusión es clara y preocupante. Predomina el tipo del narciso, esto es, del insensible a la posibilidad de que puede hacer un daño generalizado. Se trata de un arquetipo humano, que se cultiva con naturalidad en toda clase de relaciones sociales. Sobresale en las personas que han recibido unos años de instrucción. Resiste mal el paso del tiempo, como puede verse en El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde.

Se observará que, en la vida corriente actual, los españoles se encuentran poco dispuestos a pedir perdón por las faltas o errores que pudieran haber cometido. De ahí la sorpresa de ver cómo los anglófonos de las películas están siempre pidiendo perdón o excusas por naderías. Incluso la manera de iniciar una conversación cualquiera se ve precedida del “excuse me”. Es más, cuando algo que dice el interlocutor no se entiende bien, el sujeto bien educado dirá “I beg your pardon”, algo así como “le ruego que me perdone”. También puede servir como sorpresa ante una declaración fuera de tono. Para los españoles, se trata de expresiones relamidas, que dificultan el doblaje de las películas de habla inglesa.

El equilibrado sentimiento de culpa se cultiva en la familia, en la escuela y en las relaciones afectivas. Son tres campos que, en España, necesitan muchas mejoras, tan dominados como estamos por la brusquedad en las relaciones sociales. Ya la misma forma de hablar (a veces, gritando) parece agresiva a los oídos de los extranjeros, incluidos nuestros parientes hispanoamericanos

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