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El progreso es desigualdad

Hay que tener mucho cuidado con los que predican la igualdad por delante de otros valores, como la libertad o la propiedad.

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Es casi un dogma político discurrir que el progreso de las sociedades consiste en reducir las desigualdades. Se aduce como ejemplo el sistema fiscal, que teóricamente obtiene más dinero de los ricos para conducirlo hacia los pobres o la clase media a través de los servicios públicos gratuitos o subvencionados. Pero en la práctica las cosas son muy distintas. Resulta que los ricos cuentan con mil formas de pagar legalmente menos impuestos; no digamos las otras vías poco o nada legales.

No es solo que los métodos redistributivos de los ingresos funcionen mal. La cuestión verdadera es de principio. La sociedad se organiza de tal modo que al final todo el mundo se esfuerza por conseguir parcelas de desigualdad. Dejo aparte el dato obvio de que la naturaleza y la herencia hacen desiguales a los individuos al nacer por el hecho de sus distintas capacidades físicas, intelectuales y económicas. Normalmente, las personas se alojan en las respectivas familias de origen, las cuales tratan de que sus vástagos tengan más oportunidades que los menos favorecidos. Nadie se atreve a tachar de "nepotismo" tal decisión. Los dos métodos para superar esa desigualdad básica son a través del trabajo y de la educación. Con los mismos recursos que pueden proporcionar las familias, unos individuos se esmeran o trabajan más que otros. La consecuencia es que la carrera que sigue cada uno consiste en tratar de aventajar a los demás en conocimiento, posición y recursos de todo tipo. Sin ese ímpetu acumulado no habría sido posible que las sociedades prosperaran. El progreso consiste así en premiar a los que disponen de más recursos para otorgarles puestos directivos o de mayor responsabilidad.

Bien es verdad que las sociedades contemporáneas son conscientes de que hay que arbitrar ciertos mecanismos compensatorios para que las desigualdades no lleguen a ser insufribles. Las becas, subsidios y ayudas públicas de todas clases cumplen esa función equilibradora. Pero nunca se proponen hacer desaparecer la desigualdad básica, salvo que nos movamos en el resbaladizo terreno de la utopía revolucionaria. Otra cosa es que sea de buen tono que los gobernantes (y los que aspiran a serlo, que son legión) insistan en que por encima de todo hay que promover la igualdad. Esa es la marca de la ideología de izquierdas. Pero ha llegado un momento en el que los más destacados políticos de izquierdas pertenecen al estrato de las familias acomodadas.

Hay mecanismos igualitarios que puede que se acepten por razones de principio, pero que a la larga resultan contraproducentes si se desea el progreso de verdad. Es el caso del impuesto sobre la herencia o sobre el disfrute de la propiedad(el IBI o impuesto sobre bienes inmuebles). Son tributos que gravan dos veces a la misma familia: a la hora de adquirir los bienes y en el momento de disfrutarlos por parte del interesado o de sus herederos (normalmente sus hijos). Se trata de una flagrante injusticia.

La utopía de una sociedad perfectamente igualitaria solo se ha dado en la imaginación de ciertos escritores más o menos idealistas. Puede que algunas tribus primitivas se hayan acercado a tal situación, pero seguramente no sin violencia y porque se encontraban en una extrema pobreza. Ni siquiera en un campo de concentración se puede encontrar un estado de igualdad entre los prisioneros.

Naturalmente, hay que corregir los excesos de desigualdad que se observan en nuestra sociedad, pero las que son manifiestamente injustas, producto de la explotación, la miseria o la desgracia. Pero esa es otra historia.

Hay que tener mucho cuidado con los que predican la igualdad por delante de otros valores, como la libertad o la propiedad. Tales predicadores suelen ser individuos que viven mejor que la media de la población y andan escasos de conocimiento. No echan de menos lo que les falta y ocultan lo que les sobra.

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