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Amando de Miguel

El sanchismo prevalente

Cunde la impresión de que es Iglesias el verdadero gerifalte del progresismo en marcha. Cuidado, es más inteligente y ambicioso que el doctor Sánchez

Amando de Miguel
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Cunde la impresión de que es Iglesias el verdadero gerifalte del progresismo en marcha. Cuidado, es más inteligente y ambicioso que el doctor Sánchez
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es aplaudido por el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias (d) y sus compañeros de partido tras su intervención en la moción de censura de VOX al gobierno de coalición, en el Congreso de los Diputados este miércoles. | EFE

¿Para qué nos vamos a engañar? La llamada “transición democrática” ha cumplido, silenciosamente, su larga singladura. Nunca se nos dijo cuál era el objetivo final hacia el que íbamos a transitar, transar o transir los españoles disciplinados. Si acaso fuera la democracia al modo occidental, cavilo que todavía faltaría un buen trecho. Pero el tránsito, que ha sido transitorio o transitivo, no ha dado más de sí. Los españoles nos hemos quedado transidos de lo caro que ha resultado el prolongado experimento.

Con una mirada histórica más generosa, a lo largo de la España contemporánea (el último siglo y medio, o sea, cinco generaciones) se percibe una trayectoria sinuosa, o al tresbolillo, de los regímenes. A un primer episodio con impulso democrático (D) le sucede otro con una querencia autoritaria (A). Todo comienza con la Restauración y el invento canovista del “turno pacífico” de los partidos (D). Sigue la efímera Dictadura de Miguel Primo de Rivera (A). Irrumpe la II República (D), dominada por la violencia, que desemboca en el inevitable fracaso de la miserable guerra civil. Le sucede el Franquismo (A), con varias fases internas, que desemboca, pacíficamente (con la excepción del terrorismo vasco), en la Transición (D). Es el periodo que ahora concluye con cierta desgana.

Cada uno de esos regímenes, más que afirmarse con un sentido positivo y original, se muestra como la negación del episodio anterior. Es una extraña dialéctica. Otra coincidencia es que el inicio de un nuevo régimen suele venir acompañado de una coyuntura económica adversa. Encima, en este final de ciclo, que ahora nos conturba, a la desazón económica se une la pandemia del virus corona (que ya no es solo de 2019; será también de los dos años siguientes). La lucha contra el virus chino ha sido una prueba negativa para demostrar la general ineficiencia del actual Gobierno y su vergonzosa política de comunicación.

Todos los regímenes de la España contemporánea han soportado una constante autoritaria, solo que, de forma más expresa y descarada, en los periodos que suceden a las etapas democráticas. El autoritarismo, propiamente dicho, se caracteriza por la divinización del poder personal de los caudillos (cabecillas) y por el intento de imponer la ideología de los que mandan a toda costa. Es el rasgo político más típico de la España contemporánea, aunque revista diversas variantes. Poco o nada tiene que ver con el desarrollo económico, la industrialización, procesos que han seguido adelante, mal que bien, en todos los regímenes.

La ideología prevalente es, hoy, lo que podríamos llamar “progresismo”, una etiqueta de raigambre histórica, que, como tal, significa poco. Podría ser tachada, también, como populismo o socialcomunismo. Se manifiesta por la exaltación del poder personal y por una mímesis de lo que se estila en algunos países del continente hispanoamericano de corte dictatorial. Puestos a identificarla con un nombre propio, bien podríamos hablar de “sanchismo”, aunque nos lleve al recuerdo de Sancho Panza. La verdad es que todavía no ha cristalizado quién pueda ser el epónimo para la posteridad: Sánchez o Iglesias. De momento, es el altivo y sinsorgo presidente del Gobierno quien ostenta el mando. Sin embargo, cunde la impresión de que es Iglesias el verdadero gerifalte del progresismo en marcha. Cuidado con él, porque es más inteligente y ambicioso que el doctor Sánchez. Lo asombroso es que la población española, escamada de tantos vaivenes políticos, acepte, más bien resignada, la hegemonía del progresismo. Que poco tiene que ver con el progreso y sí con el desprecio de ciertos valores tradicionales de la nación española.
 

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