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Gerifaltes de germanía

El régimen español se va pareciendo cada vez más al de Venezuela. Gobierna nominalmente el Partido Socialista, pero va del bracete ideológico con los populistas de Podemos.

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EFE

¿A quién se le ocurre montar el tenebroso número de sacar la momia de Franco de su tumba? Al que asó la manteca. La única explicación de tamaño disparate es que, con tal añagaza, se mantiene entretenido al personal para que no se percate de lo que le viene encima. La sectaria decisión del presidente de Gobierno como profanador de tumbas es la del nieto de un general que entró con Franco en marzo de 1939 para "liberar" a Madrid. Es lo que se llama amnesia histórica. Sería del mayor interés que se investigara la progenie ideológica de los abuelos de los actuales mandamases.

Lo de desenterrar (ahora dicen "exhumar") a Franco no es nada si lo comparamos con la coherente decisión de dinamitar la cruz más grandiosa del mundo, la que se alza en el Valle de los Caídos. La hazaña la ha propuesto un tal Aitor, un jelkide del Partido Nacionalista Vasco. Si Sabino Arana levantara la cabeza no se lo creería. Su partido fue siempre el de los meapilas de las Vascongadas.

Todo lo anterior no es más que un indicio para el intento de desamortizar (una vez más) las propiedades de la Iglesia católica. Excelente bocado para hacer olvidar el alza de los impuestos, o mejor, tributos. Podría manejarse como amenaza para evitar que la Iglesia se opusiera a los devaneos autoritarios del régimen. El presidente Sánchez se coloca muy gustoso las ínfulas del atuendo de los dictadores.

Poco a poco, el régimen español se va pareciendo cada vez más al de Venezuela. Gobierna nominalmente el Partido Socialista, pero va del bracete ideológico con los populistas de Podemos, ayudados por los hoplitas de los nacionalistas vascos y catalanes. Resulta indicativo que, ante la hecatombe venezolana, el Gobierno de Sánchez no haya dicho esta boca es mía. Más llamativo aún es el estruendoso silencio de los chicos de Podemos, amamantados en su día por la munificencia de la revolución chavista y luego madurista. Podrían mostrarse un poco más agradecidos con sus mentores.

La comparación del régimen español actual con la tiranía venezolana podría parecer un tanto estrambótica. Pero da mala espina esa querencia de nuestro apolíneo presidente del Gobierno por gobernar a golpe de decreto e intentar suprimir el control del Senado sobre sus decisiones. Peor indicio es haber dejado la Televisión Española en manos de los esbirros de Podemos.

Todos esos males los aguantan los españoles con estólida indiferencia. Bastante tienen con el fútbol. Se han resignado a la teoría de que el poder político es un instrumento maravilloso para que los más aguerridos que llegan a la cumbre se lo pasen por el forro de sus caprichos. Quiero decir que van a utilizar los resortes del poder para enriquecerse y hacer favores a sus amigos. Una definición así la despliega maravillosamente el régimen de Maduro en Venezuela, bajo el asombrado retrato de Bolívar.

La culpa principal de los desmanes descritos reside en la anquilosada organización de los partidos políticos españoles; han dejado de ser instrumentos para seleccionar a los servidores públicos. Da la impresión de que lo único que les interesa es participar de los privilegios del poder. Todo lo cual lleva a la inevitable ley de hierro de la política en España. Consiste en aumentar el gasto público todo lo posible con el consiguiente latrocinio de los crecientes impuestos.

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