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La desmesura de la vida pública

La nación entera se halla en deuda permanente y creciente. No parece que tamaño disparate preocupe a los gobernantes.

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Ya se sabe que los españoles somos grandes gesticuladores, actores aficionados en el drama de la vida. Hablamos con un tono de voz muy alto, quizá porque casi todos los urbanícolas (ahora se dice "urbanitas") actuales en la época de nuestros bisabuelos éramos campesinos. Los del campo suelen hablar alto ante la inmensidad de los espacios naturales. En fin, lo nuestro es la desmesura en todo, más todavía en los asuntos colectivos, donde la menor cosa se convierte en espectáculo.

No es cierto que en la vida pública (la que sale en los medios) funcione una especie de economía de recursos escasos. Para empezar, se ha borrado del habla coloquial el sentido de la economía como el arte de moderar los gastos, recurriendo al crédito lo menos posible. Antes bien, lo que luce ahora es fundir los dineros antes de cobrarlos.

El principio del derroche funciona para los usos domésticos y sobre todo para los presupuestos del Estado, que no son de nadie. La nación entera se halla en deuda permanente y creciente. No parece que tamaño disparate preocupe a los gobernantes.

La idea del despilfarro está a la orden del día, y no solo como una partida contable. Véase el caso extremo de las catástrofes, los desastres naturales, los accidentes aparatosos. Se dedican muchos esfuerzos colectivos para tratar de paliar los efectos adversos de tales desgracias. Tanto es así que uno se pregunta a qué santo viene tal despliegue de medios extraordinarios y puede incluso que en parte inútiles. Una explicación es que se trata de la mejor forma de aprender, puesto que los profesionales concernidos no suelen disponer de las necesarias oportunidades para practicar su función bienhechora (ahora se dice "solidaria"). Es el caso de la víctima mortal de un accidente a la que se le siguen practicando masajes y otras maniobras a pesar de que sea evidente su muerte. Es una desmesura que tranquiliza. Por lo menos compensa un poco la angustia de los testigos y familiares de la víctima.

Especial mención merecen los actos públicos de los partidos políticos, en los que sus dirigentes se desvelan por convencer a los ya convencidos, que son los asistentes a la ceremonia en cuestión.

La exageración calculada se muestra con frecuencia en algo tan prosaico y falto de emoción como los partes meteorológicos. Está bien dicho lo de "partes", pues más parece que sean a veces verdaderas proclamas de guerra. No es casual que la meteorología haya sido tradicionalmente un servicio militar. Una consuetudinaria nevada en invierno provoca automáticamente la "alerta amarilla" o incluso de colores más vivos (naranja o roja). No digamos si el meteoro que se avecina es una "ola fría" o "polar". Nada más natural que un chaparrón en cualquier época del año, pero en el secarral madrileño la lluvia (oficialmente "precipitaciones") provoca inconmensurables atascos de tráfico. Da la impresión de que alguien se halla interesado en alarmar a la población, en ponerla en estado de alerta, ante posibles borrascas u otras inclemencias del cielo.

Se puede documentar el hecho de que los uxoricidios (se dicen "violencia de género") son mucho menos frecuentes en España que en otros países occidentales. Sin embargo, tales sucesos se presentan a la opinión pública como si fueran una excepcional tragedia. Nada menos que hay una ley especial para tales delitos, por cierto, de dudosa juridicidad. En cambio, nadie hace caso de la violencia contra los niños o los ancianos.

Un simple episodio de defensa de intereses empresariales, la mal llamada "huelga de taxis", se presenta como un drama nacional. Lo curioso es que las dos partes del conflicto, empresarios de los taxis y de los vehículos de alquiler con conductor, tienen perdida la batalla. Es una tendencia silenciosa pero firme. Se impondrá poco a poco el transporte urbano de personas sin necesidad de licencia, con conductor o sin conductor. El taxi como tal pasará pronto a la historia, como ocurrió con el simón. En cuyo caso, ¿a qué viene tanto alboroto? Puede que nos acomode bien a los periodistas y comentaristas, pues, si la población no se sintiera amenazada por algo, no habría noticias. Hay que provocar un sentimiento de drama permanente. No otra cosa es la vida política toda. Lo malo es cuando acaba en tragedia. Por si la política no fuera de gran interés, hemos inventado el fútbol y eventualmente otros deportes. Ahí está asegurada la pasión, el sentido dramático, la desmesura. Al comentarista deportivo, al espectador del lance, se les permite gritar hasta el delirio.

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