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La imperiosa necesidad de moverse

Para la gran mayoría, el viaje en la clase turística o popular puede significar un cúmulo de incomodidades. Mas no importa, puede más el desatado impulso viajero.

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La gran revolución técnica (ahora se dice "tecnológica") de nuestro tiempo es la fabulosa capacidad de comunicarnos unos con otros a un coste irrisorio. Lo lógico es que esa inmensa facilidad hubiera dado lugar a la tendencia a moverse poco del lugar donde vive uno. Por ese lado volveríamos a una idílica Edad Media, con la diferencia de que ahora nos encontramos abastecidos de casi todo lo necesario. Sin embargo, la realidad discurre de otra forma. Ocurre lo contrario. La especie humana actual multiplica hasta la locura la vieja tendencia al nomadismo. Simbólicamente las maletas de viaje vienen ahora provistas de ruedas. Una innovación técnica tan elemental ha tardado milenios en imponerse. Ya no se venden maletas sin ruedas. Ya no existen los maleteros, los mozos encargados de llevar los bultos de viaje. Ahora se viaja casi con lo puesto. No hay baúles.

Nunca como hoy se ha expandido tanto el turismo hacia lugares lejanos, con algún grado de exotismo. Tanto o más inquietos son los miembros de los distintos gremios profesionales. Necesitan verse personalmente en fechas concertadas para los congresos, simposios, reuniones, jornadas y otras formas de encontrarse físicamente. Lo hacen no solo para intercambiar asuntos de negocios sino personales. Es curioso que los más proclives a ese ímpetu gregario sean los profesionales relacionados con los medios de comunicación y las llamadas "nuevas tecnologías". También viajan mucho los médicos, según especialidades, pero es porque sus congresos los financian generosamente los laboratorios farmacéuticos. La razón es que el fabuloso consumo de medicamentos lo determinan no los millones de pacientes sino las prescripciones de un corto número de médicos.

No se entiende bien la creciente necesidad de verse personalmente que tienen ahora los inquietos humanos, cuando a todas horas se comunican por internet y otros cachivaches. ¿Tanto tienen que decirse?

Dado que el coste de los traslados se ha reducido mucho, es lógico que apetezcan especialmente los viajes largos. En su día llegamos a creer que pronto se saturaría la demanda de viajes por tren o avión. Nada de eso. Otra cosa es que se haya atenuado mucho la diferencia que supuso en su día viajar en primera clase. Hoy se puede llamar clase business o preferente, pero solo subsiste porque los viajeros afortunados esperan que sus billetes los abonen las organizaciones de las que dependen. Para la gran mayoría, el viaje en la clase turística o popular puede significar un cúmulo de incomodidades. Mas no importa, puede más el desatado impulso viajero.

Puede que exista una razón oculta para tantos incesantes traslados de ida y vuelta. No es fácil reconocerlo, pero se ha instalado entre nosotros una cierta aversión al hogar donde estamos empadronados. De poco ha servido, pues, el hecho de que las viviendas ofrezcan cada vez más comodidades.

Nadie parece quejarse mucho de lo desagradable que puede ser la espera en un gran aeropuerto. Se cuenta ya con ello. De ahí que las terminales aéreas sean cada vez más inmensos centros comerciales o de ocio. Algunas grandes estaciones de tres han copiado el modelo.

La gran utilidad de los incesantes traslados de un lugar a otro para cortas estadías es que se convierten en estupendos estímulos para poder contar después las correspondientes incidencias. La vida corriente resulta demasiado monótona. Se impone la necesidad de contar dónde hemos estado y qué experiencias hemos tenido. Digamos que es el síndrome de Marco Polo. En el fondo se trata de provocar una cierta envidia. Desde el mismo lugar lejano donde se encuentra el viajero puede enviar las fotos o los vídeos con la experiencia que está teniendo. Es el mundo feliz que hemos creado. Ya no podemos retroceder.

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