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Amando de Miguel

La simpleza de los cien días de gracia

En una democracia sana no debe concederse ni un solo día de tregua o de gracia al nuevo Gobierno. Todas sus iniciativas deben ser fiscalizadas por la crítica.

Amando de Miguel
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He visto pasar por delante como una docena de Gobiernos de España. Siempre surge un comentarista que pretende ser ingenioso con esta simpleza: "Hay que dar al Gobierno cien días de gracia o de tregua". Aduce que es una tradición inveterada. En la realidad, se trata de un cómodo expediente de los analistas para no pensar mucho. Vamos a cuentas.

En 1933 llega al Gobierno de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt en medio de una pavorosa crisis económica, la famosa Depresión por antonomasia. El genio de FDR se apropió del famoso discurso del prefecto de París en 1815. Aludía a los cien días que transcurrieron entre la huida de Luis XVIII y el desembarco de Napoleón. También se dijo que eran pocos más de cien días los que transcurrieron entre el desembarco de Napoleón y su definitiva derrota en Waterloo (aciago nombre desde entonces). La idea de FDR era que los críticos de su Gobierno deberían estar atentos, durante los siguientes cien días, a las reformas que iba a implementar la Administración demócrata de acuerdo con el programa del New Deal. En efecto, durante los primeros tres meses de su mandato FDR puso en práctica muchas iniciativas novedosas de carácter socialdemócrata, casi una por día. Recuerdo una muy gráfica: los albergues para los braceros de California, tal como aparecen en Las uvas de la ira, la película de John Ford según la novela de Steinbeck. Una generación más tarde, el colaborador de John F. Kennedy, su profesor Arthur Schlesinger, Jr., se apropió de la frase y la convirtió en "los mil días", que fue lo que duró otro creativo mandato presidencial. Sobresalió la lucha contra la pobreza y contra el racismo.

La muletilla de los "cien días de gracia o de tregua" para un nuevo Gobierno ha sido importada en España de modo asaz fraudulento. Nadie dijo que tuviera que ser un periodo de tregua en la incruenta lucha de los periodistas o analistas respecto a un nuevo Gobierno. Es más, en los Estados Unidos se ha conservado la tradición de las conferencias de prensa en las que los reporteros acuchillan a preguntas mordaces a los gobernantes. En España las conferencias de prensa son solo un simulacro de tales batallas dialécticas. Por ejemplo, no admiten las repreguntas de los periodistas. Si en los Estados Unidos se implantara esa modalidad, los periodistas se saldrían de la sala. En España las conferencias de prensa son más bien altavoces para los respectivos Gobiernos o sus representantes. La televisión se ha convertido en el gran aliado del poder.

Así pues, en una democracia sana no debe concederse ni un solo día de tregua o de gracia al nuevo Gobierno. Todas sus iniciativas deben ser fiscalizadas por la crítica, con independencia de la labor de oposición política en las Cortes. Lo extraño de la situación actual es que, si un partido de la derecha organiza una manifestación de protesta contra el nuevo Gobierno, los otros partidos de la oposición se quedan en casa. Mal empezamos. El nuevo Gobierno se encuentra feliz con una oposición fragmentada. Por cierto, en la protesta del día 12, convocada por Vox, este cometió un error estratégico: no convencer a los otros partidos de la derecha para que se incorporaran a la manifestación. Todavía peor fue un error logístico. Se confundió a los simpatizantes con el difuso mensaje de que la manifestación era en cada municipio o solo en los capitalinos. De mi pueblo madrileño puedo reseñar que se reunieron un par de docenas de fieles abanderados en la plaza del Ayuntamiento, pero la mayor parte se había trasladado al acto de la Cibeles. Así que el acto resultó deslucido, con la moral de los asistentes por los suelos. Un guardia civil que estaba de servicio en la plaza me confesó que, en efecto, se había convocado "una manifestación no autorizada". Era la "orden que le había llegado desde arriba". Penosa impresión.

Los Gobiernos actuales pueden dispensar un sinnúmero de mercedes (prebendas, sinecuras, cargos, contratos, distinciones, premios, etc.) con el oscuro propósito de acallar las posibles críticas que puedan recibir por parte de la oposición o de los medios escritos o digitales. Precisamente por eso la crítica debe ser implacable. No es por sadismo o por lucimiento, sino porque se trata de una función esencial para definir una democracia auténtica. Por ejemplo, los críticos deben ser insobornables respecto a la irremediable tendencia a aumentar el volumen de los gastos del Estado. No se puede aceptar el capricho de las cuatro vicepresidencias del Gobierno, con sus respectivos despachos, vehículos, gabinetes, escoltas y demás. Más grave es que la provisión de los altos cargos contemple una mediocridad tan patente. ¿En qué cabeza cabe que, a estas alturas, tenga que haber un ministerio de Educación, otro de Universidades y un tercero de Investigación Científica? A no ser que se cree una oficina de coordinación entre los tres departamentos. Todo se andará. No me extrañaría que en el complejo (nunca mejor dicho) de la Moncloa fueran a levantar un rascacielos.

En España experimentamos una situación política asaz peculiar. Dado que la mayor parte de los medios de comunicación se hallan escorados hacia la izquierda, menudean las críticas dirigidas hacia los partidos de la derecha. Como remate, se halaga a un Gobierno que presume de "progresista", aunque nadie puede asegurar lo que significa tal calificativo. En la práctica viene a ser hoy la alianza entre los socialistas de salón, las organizaciones sindicales amaestradas, los comunistas con aires latinoamericanos y los separatistas burgueses o radicales. Resulta difícil averiguar dónde está el progreso en tal heteróclita mezcolanza. A no ser que se trate del incremento en la situación económica doméstica de los altos cargos.

No es de extrañar que los conmilitones del progresismo imperante pidan a los posibles críticos del Gobierno cien días de tregua o de gracia. Es el tiempo aproximado que se tarda en aposentar los nuevos cargos de asesores o similares en sus nuevos despachos. Cuidado con desvelar la exaltación de tales mediocridades. En ese mismo periodo se terminarán de instalar las oficinas de prensa correspondientes a los altos cargos. Después de tales avituallamientos ya se podrá ejercer el sano oficio de la crítica.

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