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Amando de Miguel

La violencia de las palabras

Los insultos se emplean, más bien, de forma indirecta, cuando se dedican a la persona rechazada.

Amando de Miguel
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He aquí una palabra de moda: “contundente”. Literalmente, se refiere a algo que golpea; por ejemplo, una maza, un martillo, un garrote. Por extensión, se considera que esa es la cualidad de una declaración firme, rotunda, indiscutible. Por alguna misteriosa razón, es un adjetivo muy utilizado por los españoles del momento. Se aplica, sobre todo, a la política. Un político verdadero (el que irrita a sus adversarios) es el que se expresa de modo contundente. Estamos ante una forma de violencia encubierta, latente, sublimada. Es muy característica de las costumbres españolas.

Como es sabido, hay palabras (nombres y, sobre todo, adjetivos), que se someten a una escala de lo bueno o elogiable y, en el otro polo, lo malo o rechazable. Por ejemplo, en España, la voz “violencia” es, rematadamente, mala. Pero, en compensación, se plantean muchas formas de violencia vicaria o simbólica, que se aceptan con naturalidad, y aun se reciben con beneplácito. Es el caso de adjetivar algo o a alguien con lo de “contundente”.

Este juego de palabras conduce a una inteligente sustitución de la violencia, propiamente, dicha (física, destructiva, vergonzante) por las varias formas de violencia simbólica o sustitutiva. Una de ellas podría ser el insulto o la expresión soez, que, en la cultura española, adquiere una espectacular riqueza. Por ejemplo, en el repertorio de insultos, está la comparación con un animal agresivo grosero o violento: animal, animal de bellota, bestia, mulo, burro, acémila, alacrán, macaco, rapaz, rata, víbora, buitre, cernícalo, cuervo, lagarto, sanguijuela, etc.

El improperio se puede basar en asignar al adversario una conducta impropia o delictiva: bandido, barrabás, ladrón, corrupto, borracho, chorizo, facineroso, maleante, patibulario, asesino, etc.

La injuria se agudiza con la operación de asimilar, a la persona despreciada, con un origen o una situación vergonzante: hijo de puta, bastardo, borde, engendro, feto, malnacido, etc.
Otras veces, el dicterio busca la identificación con una conducta salvaje, inculta, no civilizada: cafre, paleto, cateto, donnadie, mindundi, gitano, vándalo, analfabeto, etc.

Hago gracia de la inacabable lista de insultos, relacionados con una conducta sexual inapropiada. Es clara la gran riqueza verbal del lenguaje cotidiano para hacer un daño psicológico a la persona adversaria, sin tener que recurrir a la violencia física. Los insultos se emplean, más bien, de forma indirecta, cuando se dedican a la persona rechazada. Aunque parezca poco presentable, dos personas amigas se sienten más a gusto frente al estímulo de una tercera, que consideran alejada y que tachan con alguna palabra despreciativa. Puede que el insulto verbal funcione como una maniobra para desplazar o evitar la violencia física, aunque, otras veces sea su antesala.

La violencia simbólica, no solo, es verbal; se manifiesta en el dominio de la compostura hacia el prójimo rechazable. Son infinitos los gestos y ademanes hostiles, que el sujeto se halla dispuesto a desplegar. Por ejemplo, hablar con una entonación fuerte, un rasgo tan característico de la mayoría de los españoles, muy diferentes, en esto, a los hispanoamericanos. No hace falta golpear al enemigo, foráneo, adversario o rival; basta con causarle un daño moral a través del lenguaje, los gestos. Una técnica muy sutil consiste en “retirarle la palabra” o “el saludo”, que es algo afrentoso. Es el caso, por ejemplo, cuando tiene por objeto a una persona del círculo íntimo (pariente, amigos, compañeros).

Un sentido de “violento”, que posee el idioma español (a diferencia del inglés, por ejemplo) es que un individuo puede “sentirse violento” o en una situación comprometida. En tales casos, el sujeto no se siente a gusto, seguro, cómodo. Eso equivale a que perciba que es víctima de una cierta violencia simbólica a su alrededor.

Aunque exista, hoy, en España, un “delito de odio”, la expresión es una copia o imitación de países lejanos. Los españoles corrientes no suelen conjugar el verbo “odiar” (como hacen los anglófonos) para los mínimos inconvenientes de la vida cotidiana. Es decir, en España, los odios suelen ser verdaderos.
 

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