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Morir lo más pronto posible

Diríase que domina una especie de auge del espíritu romántico, por el que se cultivan muchas acciones y actividades tendentes a acelerar la muerte.

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La gran revolución contemporánea no ha sido la industrial o la tecnológica. Ha consistido más bien en alargar el número de años de vida que nos esperan al nacer (la esperanza de vida). Durante siglos y milenios apenas ha sobrepasado la edad de los 40 años, y eso en los momentos óptimos. Ahora mismo supera los 80. En España la esperanza de vida es una de las más altas del mundo. Sin embargo, fuera ya de las estadísticas, destaca un rasgo cualitativo de sumo interés: los esfuerzos de los humanos actuales para morir lo más pronto posible. No se traduce en fallecimientos de modo inmediato o automático, pero interesa por ser el reflejo de una mentalidad característica de nuestro tiempo.

En efecto, no otra cosa es el desaforado y reciente consumo de alcohol destilado y todo tipo de drogas alucinantes. Se incluye una gran variedad de fármacos, con o sin receta, cuyo exceso mina la salud. Incluso el tabaco, prohibido en los locales públicos cerrados, no acaba de desaparecer. Es un estímulo para que los adolescentes superen el rito de paso de hacerse adultos. Lo peor es que facilita la costumbre de fumar otros productos más tóxicos.

No es ocasión de referirse al terrorismo como método de segar vidas humanas de modo indiscriminado y que muchas personas lo justifican en la práctica. Hay otras formas más sutiles de matar, que gozan de general aceptación. No es necesario llegar al aborto, hoy considerado como una forma más de anticonceptivo. Menos dramática es la proliferación de esforzados deportistas aficionados que se someten a la ordalía de continuos ejercicios agobiantes, al final desastrosos para la salud. Nunca como hoy han tenido tanta aceptación popular las mil formas de deportes de riesgo, incluidos los maratones más o menos benéficos.

Las escenas de exaltación de la violencia aparecen de modo continuo en las películas y en los juegos de ordenador. Aunque pueda parecer imposible, constituyen un modelo para los jóvenes y para los que no quieren dejar de serlo, que son los más.

A pesar de lo que se diga sobre "el hambre en el mundo", la verdad es que la humanidad nunca ha estado mejor alimentada que ahora. En los países desarrollados el verdadero peligro reside en la sobrealimentación. Comer y beber en exceso pudo ser una tacha de los emperadores romanos y luego de los aristócratas europeos, pero hoy es un rasgo común a las clases medias, esto es, a la mayor parte de la población. Los habitantes de los países desarrollados gastamos mucha energía en reducir la masa corporal, pero con escaso éxito. La obesidad es el mal de nuestro siglo; empieza a ser hereditaria. En las películas y en la vida real se hace difícil una conversación placentera sin recurrir al acto de compartir algún tipo de comida o bebida.

Diríase que domina una especie de auge del espíritu romántico, por el que se cultivan muchas acciones y actividades tendentes a acelerar la muerte. Cierto es que ya no hay servicio militar obligatorio y las guerras las hacen los militares profesionales. Ahora se llaman "misiones de paz" y son más bien una secularización de las misiones religiosas. Pero todo ello es compatible con una crueldad grande en otros muchos aspectos de la vida colectiva. Los movimientos migratorios, hoy en auge, acusan una desproporcionada cantidad de víctimas mortales.

Más llamativo es en nuestro mundo la aceptación de la eutanasia (literalmente "buena muerte"). Bien está cuando se trata de limitar los sufrimientos en los supuestos de agonía irreversible; es la llamada "muerte digna". Pero resulta muy difícil deslindar los otros casos en los que los familiares tratan de facilitar el óbito de los abuelos sometidos a los inconvenientes de las enfermedades crónicas. Es claro que así se tramita mejor la herencia de bienes materiales. Existen muchos organismos encargados de reducir los uxoricidios, pero ninguno se especializa en hacer que disminuya la villanía de dejar morir a los viejos. No es que se les mate, pero sí se puede hacer que su vida sea imposible.

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