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Amando de Miguel

Quisicosas del lenguaje

Parece mentira que algo tan sencillo como el uso de las palabras dé lugar a tantos enigmas, polémicas y dificultades.

Amando de Miguel
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Parece mentira que algo tan sencillo como el uso de las palabras dé lugar a tantos enigmas, polémicas y dificultades. La explicación está en el carácter expresivo del habla. Las voces de nuestras conversaciones o discursos no son solo para comunicarnos; pueden incluso servir para no comunicarnos, para aparentar, presumir y, desde luego, para manipular al auditorio.

La cuestión no es solo si está bien o está mal tal palabra o expresión. Puede ser correcta, pero su reiteración o su abuso llevan a la pérdida de significado. Fidelio Herrera me llama la atención sobre el abuso de la palabra centro: centro comercial, centro deportivo, centro de salud, etc. "No tardaremos mucho en ver que a los evacuatorios públicos se les llame centros de cagado". Entiéndase la humorada. De momento, el nombre más común de esos evacuatorios es servicios, un eufemismo. No lo es menos lo del baño, pues ahí nadie se baña.

Roberto Tojo señala la contradicción de una noticia. Se refiere a que el Centro de Investigación Príncipe Felipe, de Valencia, ha despedido a cerca de la mitad de la plantilla (casi todos científicos) y al resto les ha reducido el salario. El Centro se dedica a investigar sobre el cáncer, el párkinson o el alzhéimer. Son empeños bien nobles, aunque se comprendan los aires de austeridad. La extravagante noticia es que, al mismo tiempo, el Centro se ha gastado tres millones de euros para organizar un campeonato de golf en un fin de semana. Se añade el presupuesto de 15 millones de euros para una obra de Calatrava, que al final no se va a construir. Por si fuera poco, el mentado Centro ha comprado por un precio simbólico la empresa Valmor Sports (organizadora de las carreras de Fórmula 1). No obstante, se hace cargo de los 30 millones de euros que tenía de deuda esa empresa. Es una buena ilustración de que las palabras no significan siempre lo que intentan decir. En ese caso, ¿a qué llamamos investigación científica? ¿Cómo se justifica la política de despidos del personal científico?

Carlos Gordo Blanco me llama la atención sobre mi crítica a los manidos gráficos de tarta, en los que se trata de representar el peso de los distintos sectores. Mi razonamiento era que el número pi no es muy de sentido común. Por tanto no es fácil calibrar a simple vista qué representa el área de un sector u otro. Mi idea es que resulta mucho más fácil comparar el área de un cuadrado o un rectángulo. Don Carlos asegura enfático: "Quisiera aclarar que los diagramas de sectores no se basan para nada en el número pi... La división del círculo en quesitos es mucho más rápida, intuitiva y fácil de interpretar" (que la de cuadrados o rectángulos). No estoy de acuerdo. Mi experiencia después de haber hecho miles de gráficos me confirma la impresión de que resulta difícil apreciar a simple vista el tamaño de los sectores de un círculo. Eso de que no interviene el número pi me resulta chocante Como es sabido, la fórmula del área del círculo es "pi erre al cuadrado, por el número de grados del sector, partido por 360". La r es el radio del círculo y el número pi es 3,1416. Me da cierta vergüenza aducir los recuerdos de los primeros años del bachillerato para demostrar mi intuición de que el área de un sector no es fácilmente interpretable a simple vista. En cambio, sí lo es el área de un cuadrado (el lado al cuadrado). Apelo a la autoridad de los libertarios de Ciencias. Puede que los de Letras andemos un poco despistados.

Jorge González y Argüelles de Miranda critica esa expresión, tan común como horrísona, de "el día después". Tiene razón. Sería mejor decir "el día siguiente". Su opinión es que "incorporamos demasiados anglicismos" en el habla corriente. Pone como ejemplo la palabra bloc, a la que supone procedente del inglés. Tengo mis dudas. Habría que distinguir entre bloc, blog y block. Cada una tiene un origen, pero cuenta mucho la influencia germánica. Las voces monosilábicas presentan un indudable atractivo para nuestra lengua y son un magnífico contraste para la tendencia opuesta a lo que aquí llamo (con ironía) sesquipedalismo. 

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