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Amando de Miguel

Salud y sanidad como preocupaciones

Son innúmeras las creencias erróneas sobre el funcionamiento de nuestro cuerpo, a pesar de encontrarnos sumidos en una sociedad donde tanto cuenta la ciencia.

Amando de Miguel
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No prosperó lo de "salud" como despedida amable, pero en su lugar se reintrodujo el "cuídate", que proviene del inglés ubicuo. Con todo, hay que advertir que ya era una fórmula de despedida cariñosa par los antiguos romanos ("vale"). Curiosamente, en el español actual volvemos a utilizar el "vale" para despedirnos, pero ignorando su origen.

Nadie discute esta afirmación mostrenca: "La salud es lo primero". Pero la realidad contradice ese estribillo, que se repite a lo tonto. Son innúmeros los actos cotidianos de la generalidad de la población que contradicen ese deseo o principio: ingerir un exceso de sal, grasas o alcohol, fumar, consumir alcohol antes de conducir un vehículo a motor, exponerse al Sol sin medida, etc.

Son innúmeras las creencias erróneas sobre el funcionamiento de nuestro cuerpo, a pesar de encontrarnos sumidos en una sociedad donde tanto cuenta la ciencia. Una creencia establecida es que "solo utilizamos un 20% de las células de nuestros cerebros [las neuronas]". Sería estúpido un derroche de tal calibre. Otra falsedad repetida del mismo estilo es: "Las neuronas no se reproducen, son siempre las mismas". Sería un lujo contrario a la evolución que nuestro cerebro funcionara con ese derroche.

La ciencia consiste no tanto en averiguar la verdad como en descartar errores. Por ejemplo, la astronomía fue la ciencia que se adelantó a muchas otras. Sin embargo, hasta hace un siglo persistió la creencia errónea de que el universo se componía de las estrellas (fijas) que se pueden ver por la noche. De golpe se averiguó que ese conjunto innumerable de estrellas era solo el de una galaxia del universo (la Vía Láctea), cuando hay muchos millones de galaxias separadas por distancias enormes. Todos esos cuasi infinitos puntos de luz se mueven a velocidades siderales; no son, pues, estrellas fijas, como se había supuesto hasta hace un siglo. Todavía hoy es general la creencia de que el universo de los millones de galaxias es uno solo, como su propio nombre indica. Es de suponer que se trata de otra suposición etnocéntrica y falsa. Aunque es difícil que podamos llegar a verlos, es lógico suponer que habrá muchos universos.

Regresemos a la escala del cuerpo humano, objeto de las preocupaciones por su salud, esto es, el equilibrio de sus funciones y la prolongación de su capacidad de sobrevivencia. Se debe a factores genéticos poco conocidos, a los hábitos de alimentación e higiene y al tratamiento médico de las enfermedades. Solo a ese último se le puede llamar sanidad, que tantas veces se hace equivalente a salud. La equivalencia es un nuevo error, en este caso cada vez más extendido. Los centros o las consejerías de salud deberían renombrarse como centros o consejerías de sanidad.

Otra creencia errónea es la de que hay fármacos o medicamentos tan eficaces que carecen de efectos secundarios de carácter negativo o nocivo. Pero, si así fuera, no merecerían ser etiquetados como medicamentos o fármacos. No olvidemos que phármakon en griego quiere decir tanto medicamento como veneno. Ciertas plantas tóxicas, como la digitalia, son la materia básica para producir benéficas medicinas.

La ciencia médica ha avanzado mucho, pero de forma espectacular el diagnóstico y la cirugía. El desarrollo ha sido mucho menor por lo que respecta al conocimiento de las causas por las que aparecen y se mantienen las enfermedades. Por cierto, otro error es suponer que "no hay enfermedades sino enfermos". Lo elemental es que hay personas enfermas, pero, gracias al avance de la ciencia, se pueden abstraer las enfermedades. Ese conocimiento genérico resulta esencial para tratar con éxito a los pacientes.

Es impresionante el avance en el arte de prevenir y curar las enfermedades, pero deja mucho que desear la relación médico-enfermo, deteriorada hoy por la maraña de la burocracia sanitaria. Da igual que sea pública o privada; el enfermo encuentra pocas diferencias entre una y otra. Teóricamente, sería hoy muy sencillo que el enfermo no hospitalizado se relacionara directa e inmediatamente con el médico mediante los artilugios informáticos generalizados. Pero no se aplican para tal menester. Lo cual redobla la angustia del enfermo, que es parte principal de su dolencia.

La figura del médico (y de sus colaboradores) sigue estando muy lejana para el enfermo. El uniforme de la bata blanca no se mantiene tanto por razones de asepsia como para servir como un símbolo de distanciamiento. La misma función se logra con el tratamiento de doctor que se apropia el médico, de forma que no siempre se justifica por el título académico.

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