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Amando de Miguel

Un Gobierno fijo discontinuo

Para unos será un pesar y para otros una esperanza. El hecho es que los españoles nos encontramos en los amenes de un ciclo político.

Para unos será un pesar y para otros una esperanza. El hecho es que los españoles nos encontramos en los amenes de un ciclo político.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | EFE

En lo que atañe a la gobernación del país, los españoles padecemos una verdadera extravagancia. Se puede decir, literalmente, con la maravillosa voz aguardentosa de Louis Armstrong: I got plenty o´nothing, o sea, "tengo demasiado de nada". Es la perfecta combinación de la vida colectiva actual.

Habría que empezar distinguiendo, como suelen hacer los buenos escolásticos. No es lo mismo gobernar que mandar. Tómese el ejemplo sublime de la Organización de las Naciones Unidas. Gobierna el secretario general, presidiendo la Asamblea General con todas las banderas de los Estados miembros. Pero, lo que se dice mandar, eso corresponde a algunos de los Estados con derecho de veto en el Consejo de Seguridad: Estados Unidos de América, Rusia y China.

Dentro de cada Estado y cada Gobierno, los que mandan son los que más benefician a sus respectivos intereses. De forma paladina, en la España actual, los que verdaderamente mandan son los separatistas vascos y catalanes. Ya es paradoja. Están mejor que quieren.

Se dirá que, después de todo, el Gobierno trata de beneficiar por igual al conjunto de los ciudadanos; aunque mejor sería llamarlos contribuyentes. Claro que la realidad es más amarga. Obsérvese la comparación con un suceso cotidiano. Todos los días laborables, muy de mañana, se registran las mismas retenciones en las carreteras de las grandes ciudades. Tales atascos suponen una ingente pérdida de tiempo y productividad. A la vez, es claro que no existe ningún plan de obras públicas de envergadura para ir resolviendo tal derroche. Ni siquiera contamos con un Ministerio de Obras Públicas como tal. Es una buena analogía del marasmo de la política española actual. Tampoco es un consuelo el hecho de que se reproduzca en otras sociedades.

El gran dilema moral es si los españoles se encuentran satisfechos o no con las acciones de los políticos que nos gobiernan. (Ellos dicen "actuaciones"). La respuesta habría que darla cada uno según su posición social y política, su biografía, sus intereses. Vista así la cuestión, cabe concluir que el vecindario se encuentra, más bien, despolitizado. El grueso de la mal llamada "ciudadanía" bastante tiene con sobrevivir y disfrutar todo lo que puede.

El Gobierno y sus terminales propagandísticas se encargan de suavizar los problemas colectivos. Cuando no puede o no sabe hacer otra cosa, acude a una solución léxica; es baratísima. Los parados no son tales, sino los inmersos en la regularización del empleo. Los trabajadores interinos mejoran mucho sus expectativas cuando se etiquetan como fijos discontinuos. La incesante subida de los impuestos se tolera si es parte de la armonización fiscal. La inflación no es tan gravosa cuando nos convencemos de que es solo puntual. El esfuerzo que supone el sistema de enseñanza (en la edad) obligatoria se mitiga mucho si se interpreta como una especie de guardería para los niños y adolescentes. Los padecimientos colectivos se toleran bastante bien con la combinación de alcohol, fútbol y lotería.

Para unos será un pesar y para otros una esperanza. El hecho es que los españoles nos encontramos en los amenes de un ciclo político. En el cual sucede que el poder lo ha disfrutado la alianza entre la izquierda progresista y los separatistas vascos y catalanes. (Por cierto, la historia se repite: es la misma asociación que se produjo en 1936 con el Frente Popular; aciaga precedencia). Probablemente yo no veré otra cosa, pero los españoles posteriores (que son casi todos) tendrán la oportunidad de experimentar otra cultura política. Es algo que se huele en el ambiente, a menos que uno ande resfriado.

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