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Antonio de la Torre

Derecho a decidir

Durante los treinta y seis años de vida que tiene nuestra Constitución se ha ido preparando un 'cocktail' explosivo.

Se ha hablado mucho en los últimos meses, pero sobre todo en estos últimos días, del supuesto "derecho a decidir". Claro que decidir, como verbo transitivo que es, implica hacerlo sobre algo y ahí nuestro derecho puede encontrarse limitado por la cosa sobre lo que se decide y su licitud.

Hace años que vengo escribiendo y diciendo que "la permisividad y falta de actuaciones claras por parte de los diversos gobiernos (de los últimos treinta y cinco años, si no más) se ha traducido en la triste realidad del vale todo y nunca pasa nada. Sin ir más lejos, esta manifestación de hechos consumados que hemos vivido el pasado domingo no es sino una consecuencia más de la misma. Como ya dijo en su día José María Aznar, aunque creo que lo decía justamente en el sentido contrario, se ha producido el efecto de la "lluvia fina", que, al final, acaba calando tanto o más que un chaparrón.

Dicho esto, basta repasar a grandes rasgos las principales causas, a mi juicio, de esta situación, que nos aboca a un final, cuando menos, incierto, si no definitivamente catastrófico:

1. Un marco constitucional, abierto en el Título VIII, que reconoce la organización del Estado en comunidades autónomas, que muy pronto evolucionaron a nacionalidades, realidades nacionales y demás eufemismos para no llamar a las cosas por su nombre, que, como se ha visto, no tenían otro objetivo que atentar contra lo que consagraba el artículo 2 de la Constitución: "La indisoluble unidad de la Nación española". Claro que si recordamos aquello de "La palabra nación es un concepto discutido y discutible", que dijo el anterior presidente del Gobierno, adiós al citado artículo.

No viene mal recordar el pronóstico que, tan acertadamente, adelantó Fernando Vizcaíno Casas en su profético libro titulado Las Autonosuyas, publicado en 1981, nada menos.

2. Entre los despropósitos conocidos y repetidos continuamente, el que para mí constituye la clave de todo el desastre no es otro que la transferencia de las competencias en educación. Ni más ni menos que dar las armas al enemigo y, además, pagarle las municiones que las alimentan. Algo así como introducir en el ADN de las generaciones que nacieron a partir del 75 y siguientes una célula cancerígena con los caminos para la metástasis ya garantizados, porque no otra cosa significaba dar a los reyezuelos separatistas la capacidad de influir desde la edad preescolar en el sentimiento nacionalista, que, con toda seguridad, acabaría por prender desde el adoctrinamiento y la inmersión lingüística, forzada a partir de entonces, ante la pasividad del Estado. Es decir, se le dio la capacidad de pastorear conciencias.

3. La utilización insensata, y por desgracia creciente, por la mayoría de políticos y medios de comunicación nacionales (públicos y privados), de numerosos términos en las lenguas regionales. Se empezó, si no recuerdo mal, por aquel inocente cambio de La Coruña por A Coruña (hasta ese momento reservado a indicadores, "A La Coruña…", en los que seguían los kilómetros que faltaban para llegar) en la entonces N-6. Siguieron Lérida, Gerona, Orense, ciudades vascas, etc. En los telediarios nacionales se habla siempre de "Girona" o de “Lleida” pero dicen “Londres” y no “London”, por ejemplo, y estamos cansados de oír “la Generalitat” en lugar de “la Generalidad”, como correspondería decir hablando en español.

Y esta es, precisamente, otra de las aberraciones permitidas que se han ido normalizando: España es la única nación de habla hispana del mundo en la que no se habla español sino castellano, algo que puedo afirmar por mis vivencias en diferentes países de Hispanoamérica, en los que siempre se oye "Hablamos en español" y nadie dice "en castellano". En este sentido, recuerdo una anécdota de hace un par de años, cuando pregunté al ponente de un seminario que repetía una y otra vez lo de “castellano”, en referencia a nuestro idioma, por qué no decía “español” si estábamos en Madrid, y su respuesta fue que “era mejor así para no herir sensibilidades y evitar un choque de trenes con posibles asistentes de otras comunidades [sic]”. La pregunta surge sola: ¿qué hemos hecho tan mal para que decir que en España se habla español pueda producir un “cheque de trenes”? Ahí la dejo.

A renglón seguido, cómo no, se cambió la identificación de las placas de matrícula de los vehículos de las provincias de estas regiones, autodenominadas como de "identidad propia". Como si el resto de las regiones no la tuviéramos.

Y, lo más sorprendente, a esta cesión continua no ha estado ajeno ninguno de los dos grandes partidos que se consideran de "ámbito nacional". Incluso algún prócer con responsabilidades nacionales en etapas anteriores de nuestra historia más reciente, padre de la Constitución y sin antecedentes nacionalistas conocidos, también ha sido más que protagonista en el resurgir de ese sentimiento, casi ausente hace treinta y cinco años, concretamente en nuestra querida Galicia.

4. Los numerosos incumplimientos de la sentencias del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional en relación con la libertad de elección de enseñanza -¿no cabría aquí también el "derecho a decidir"?- y, recientemente, con la celebración de esa consulta en Cataluña, también prohibida por el TC. Tampoco ha pasado nada por no cumplirla. Al menos hasta ahora.

5. En esa misma línea de reconocimiento permisivo de esas supuestas nacionalidades, hemos visto la aparición de organismos supuestamente nacionales: agencias de meteorología, consejos consultivos, consejos económico-sociales, etc., acuñando, para los que hasta entonces venían siendo nacionales, de verdad, el término Estatal.

6. No hay que dejar de lado alguna intervención de nuestros políticos, alimentando, cuando no impulsando, el sentimiento separatista. La más destacable, sin duda, la del anterior presidente Rodríguez Z. cuando, en un mitin, anterior a las elecciones de 2004, creo que fue en Zaragoza, le dijo a Maragall: "Pascual, aprobaremos en Madrid lo que apruebe el Parlamento de Cataluña", que acabó con la llamada a Arturo Mas, en el verano de 2010, para acelerar lo que los propios secesionistas dudaban.

En definitiva, durante los treinta y seis años de vida que tiene nuestra Constitución se ha ido preparando un cocktail explosivo, con algunos ingredientes ya precocinados que no estuvieron presentes cuando se concibió, ¿o sí por parte de algunos?, y con un barman, para rematarlo, aparentemente débil, como nos demuestra este Gobierno del PP y su "diálogo sin fecha de caducidad" y conversaciones ocultas, que no puede presagiar un final feliz, si no se toman de inmediato las medidas necesarias y, desde mi punto de vista, ya urgentes.

Seguiremos atentos a las próximos días y las anunciadas actuaciones de la Fiscalía, que, me temo, quedarán en un tirón de orejas, si acaso.

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