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Carlos Rodríguez Braun

González y Saramago dan pistas

Aquí ha estallado una burbuja financiera. Seguir este razonamiento resultará muy divertido para ver qué cara pone Saramago cuando compruebe que el dinero no tiene que ver con el mercado libre, porque está organizado por autoridades públicas y monopólicas.

Carlos Rodríguez Braun
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Siempre es de agradecer que nos den pistas, y especialmente en tiempos de tribulación. El fiscal Joaquín González, jefe de la Unidad del Consejo Judicial de la Oficina Europea de Lucha Anti fraude, OLAF, escribió en El País contra "un mundo globalizado a merced del capital", y añadió: "la mística económica imagina un mundo autorregulado (...) este sagrado principio no ha podido evitar las hambrunas que con rigor bíblico han azotado a la humanidad". José Saramago, por su parte, también se puso estupendo en Público, plantó cara al "crimen (financiero) contra la humanidad", "el imperio absoluto del Mercado" y acabó preguntando, dramático: "¿Será implacablemente investigado el origen de gigantescos depósitos bancarios?".

Dada la diáfana presencia del poder político en el mundo, alegar que está "a merced del capital" es una exageración, un topicazo que quizá podemos dejar pasar. Pero el hambre no, el hambre es una cosa muy seria y grave y además constatable objetivamente. Dos cosas de esa constatación parecen habérsele escapado al diestro fiscal González. Una es que las hambrunas han dejado de azotar a "la humanidad". El rigor bíblico se ha atenuado considerablemente en los últimos dos siglos, durante los cuales el hambre ha sido cada vez más localizada y contenida. Don Joaquín da pistas interesantes porque evidentemente no piensa en por qué ha sido así. Y tampoco piensa en por qué y en dónde ha sucedido lo contrario. Si estudiase los lugares donde los pueblos han padecido efectivamente hambre, comprobaría que el mercado libre y autorregulado no existe hoy en Corea del Norte ni en Etiopía, Sudán o Zimbabue. Y que el pérfido mercado tampoco existía cuando millones de chinos murieron de hambre, y murieron no porque estuvieran a merced del capital sino de Mao.

También afirmó don Joaquín que la cita de Adam Smith sobre la mano invisible es algo que el lector "podrá encontrar, no sin cierto trabajo, en La riqueza de las naciones". La cita en varias ediciones (como, con perdón, la mía de Alianza), es localizable sin ningún trabajo: basta con mirar "mano invisible" en el índice onomástico.

Y basta con la pregunta de Saramago para analizar lúcidamente la crisis. Es verdad que el pesado escritor portugués, veterano enemigo de la libertad, pretendía con su diatriba demonizar las instituciones de la sociedad abierta y disfrazar los crímenes de la izquierda, que jamás se ha destacado por denunciar, utilizando de modo ruin esa expresión para referirse a las finanzas. Ahora bien, esto dicho, y aunque don José pretendía demagógicamente centrar la denuncia en ejecutivos que "se trasladan en limusinas cuando van a jugar al golf", da inadvertidamente una pista interesante sobre la crisis: el dinero. En efecto, aquí ha estallado una burbuja financiera. Seguir este razonamiento resultará muy divertido para ver qué cara pone el señor Saramago cuando compruebe que el dinero no tiene que ver con el mercado libre, porque está organizado por autoridades públicas y monopólicas.

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