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Carmelo Jordá

España y las tragedias

Lo cierto es que pronto volvemos por donde solemos: al camino que nos ha llevado a esta crisis que también es en buena parte culpa nuestra.

Carmelo Jordá
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Lo cierto es que pronto volvemos por donde solemos: al camino que nos ha llevado a esta crisis que  también es en buena parte culpa nuestra.

Vivimos en un país en el que sólo hay dos motivos de orgullo nacional: el deporte y el comportamiento presuntamente heroico que desarrollamos cuando nos sobreviene una tragedia, véase el terrible accidente de tren en Galicia.

Respecto al primero ya he comentado alguna vez que damos por comunes triunfos que son de individuos, como el grandísimo Rafa Nadal, o todo lo más de una reducidísima élite de superprofesionales, como la selección de fútbol.

De lo segundo es de lo que quería hablarles hoy: de lo bien que nos sentimos cuando algo trágico nos sobreviene y tenemos una respuesta ejemplar como sociedad. Pero, ¿es realmente ejemplar esa respuesta?

En mi opinión no, por mucho que hagamos cola para donar sangre, por mucho que en las primeras horas de conmoción sí pueda sentirse un sentimiento de solidaridad y de dolor común. Pero se nos pasa rápido: en cuanto los bancos de sangre están llenos, al poco de terminar el recuento de fallecidos, ya empieza a aparecer esa España que yo creo más cierta, más verdadera que la de las autosatisfechas colas de ciudadanos dispuestos a donar algo, la sangre, que paradójicamente es al mismo tiempo muy valioso y gratuito.

En 24 horas suele salir de sus covachuelas la España del periodismo feroz, la que busca culpables en los otros partidos, la España que quiere sacar tajada política de la muerte... aquella España, en suma, que conocimos un 13 de marzo.

En este caso, además, hemos visto también, he visto yo al menos, la España paleta y localista que con tal de acaparar hasta se queda para sí la tragedia, incluso una en la que han muerto españoles de los cuatro rincones de la piel de toro, y quiere hacerla gallega, malagueña o de Burgos, todo de aquí, de mi pueblo, no sea que vayamos a reconocer que esto nos afecta a todos y todos somos algo más de lo que se puede ver desde la cima política de cualquier consejería.

Podemos sentirnos muy satisfechos cada vez que una catástrofe horrorosa cargada de dolor y muerte nos lleva a donar sangre, incluso podemos creernos un gran país, pero lo cierto es que pronto, muy pronto, volvemos por donde solemos: al camino que nos ha llevado a esta crisis que, aunque no queramos, también es en buena parte culpa nuestra.

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