
Como prácticamente no veo nada de televisión, casi no sé quién es Samantha Vallejo-Nágera y hasta este miércoles no conocía a su hijo Roscón. También a esta polémica llego tarde: hace ya varios días que Samantha y Roscón aparecieron en televisión y, desde entonces, han sido víctimas de una de esas reprimendas morales a las que tan acostumbrados nos tienen las redes sociales.
Por si acaso están tan despistados como yo, les pondré en antecedentes: la popular chef y presentadora apareció en un programa de televisión y se llevó a su hijo, que tiene síndrome de Down. Al parecer, al chaval le gusta mucho bailar y se puso a hacerlo en directo y, supongo que al ver que ya se había pegado una toña considerable, su madre le llamó para que se sentase a su lado.
Qué ataques de risa con el crack de Roscón #DeViernes pic.twitter.com/cgpkv6GWGl
— Rafael García López (@rafaglaf99) June 12, 2026
Para sorpresa de nadie, la escena ha generado una viva controversia, que es una forma sutil de decir que han salido unos cuantos listos de los de siempre a explicarle a Samantha cómo tiene que educar y tratar a su hijo y la forma correcta de visibilizar a los niños con síndrome de Down, dos asuntos en los que parece ser que cualquier mamarracho de X tiene más experiencia que la madre de Roscón.
Ya sé que este tipo de cosas y este tipo de reacciones son el pan nuestro de cada día en las redes sociales, pero me indigna especialmente en el caso de Roscón. Porque aquí todo el mundo parece saber cómo hay que educar a una persona con síndrome de Down, pero la cruda verdad es que a la inmensa mayoría no se les da oportunidad alguna de ser educados porque se les mata antes de nacer.
Eso sí, luego todo son palabras bonitas sobre el asunto, solidaridad fingida y mensajes de emoción… siempre que el síndrome de Down no se nos muestre de forma muy cruda. Porque a todos nos encantan las escenas tiernas y los vídeos sensibleros, mira tú qué bonico el chavalín ese y qué simpático, pero la realidad nos parece humillante o degradante y mira tú qué mala la madre que le deja hacer eso en la tele.
Y la realidad, como en tantas otras cosas, no es un vídeo de Instagram perfecto a la altura de nuestras exigencias sentimentales y estéticas; la realidad es que a Roscón le gusta bailar pero no lo hace como Ricky Martin, sino como un niño con síndrome de Down. Vaya, qué disgusto.
Mira que vivimos en una sociedad hipócrita, pero creo que en ningún tema lo es tanto como en este: por un lado las palabras bonitas, por el otro la necesidad de que el síndrome de Down se adapte a nuestros prejuicios y no sea desagradable de ver, y de fondo el exterminio prenatal de personas como Roscón, perfectamente capacitadas para llevar una vida plena, ser amados, amar y, en suma, ser felices.
Samantha, yo creo que lo haces muy bien y lo has hecho muy bien. Gracias.
