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Ana Iris no quiere estar cómoda

El mercado es desde luego el mejor proveedor de servicios a gusto del consumidor, pero la pregunta pertinente es: ¿y qué hay de malo en estar cómodo?

El mercado es desde luego el mejor proveedor de servicios a gusto del consumidor, pero la pregunta pertinente es: ¿y qué hay de malo en estar cómodo?
Ana Iris Simón, en una entrega de premios. | Gtres

Encuentro un par de días después de publicado un artículo que Ana Iris Simón le ha dedicado a los hoteles adults only, es decir, aquellos en cuyas normas está no admitir menores de 16 años. No sabemos qué le habrá pasado a la conocida escritora en alguno de estos hoteles, pero sí la conclusión que ella, como buena tradicionalista que es, ha sacado: la culpa es del capitalismo.

Lo primero que me llama la atención de estas cosas es la manía que le tienen los retrógrados de todos los partidos a que la gente y las empresas hagan lo que les da la gana. Oye, Ana Iris, que si no te gustan los hoteles sin niños no pasa nada: no vayas, no tienes por qué, no te obligan y, además, hay muchísimos que no lo son: de hecho más del 90% en España, según el dato no demasiado concreto que muy amablemente me da una inteligencia artificial.

Pero lo más sorprendente del artículo es que Ana Iris esté en contra de que la gente se sienta cómoda:

Si algo nos incomoda, el mercado nos ofrece un servicio para evitarlo. Si nos molesta el ruido, vagón silencio. Si no nos apetece mezclarnos con la plebe, reservados. Si no queremos esperar cola como el resto, embarque prioritario. Si nos molesta que un crío nos salpique tirándose a bomba, hoteles adults only.

En esto hay que reconocer que la escritora tiene razón: el mercado es desde luego el mejor proveedor de servicios a gusto del consumidor, pero la pregunta pertinente es: ¿y qué hay de malo en estar cómodo? Personalmente no he estado en muchos hoteles sin niños, pero cosas como el vagón del silencio me hacen muy feliz cuando viajo en tren y les reconozco que lo del embarque prioritario también me gusta: ese rato de esperar para entrar en el avión es un auténtico coñazo.

La buena de Ana Iris argumenta que con esas decisiones "el capitalismo ha convertido la convivencia cotidiana en algo opcional", lo que tampoco me parecería malo per sé, la verdad, pero sobre todo me hace gracia que lo diga así, como si en esos espacios se desarrollase una rica convivencia. La verdad es que en la cola de embarque no suelo hablar de Kant con los otros viajeros y, para tranquilidad de los padres, tampoco tengo muchas conversaciones con menores en los hoteles, lo que en general me parece una forma de actuar muy recomendable.

La escritora acaba el artículo loando a la comunidad y, si la entiendo bien, a los niños que son "los mejores de sus miembros", yo comprendo parte de lo que quiere decir, pero por un lado se equivoca de enemigo: no son el mercado ni el capitalismo los que están en contra de los niños, sino una sociedad que en buena parte considera un estorbo tenerlos, algo demasiado exigente que te impide irte de festivales o pasar las vacaciones en la costa Amalfitana.

Y por el otro olvida el dato clave en todo esto: la principal razón por la que la gente empieza a no soportar a los niños es porque un porcentaje muy elevado de ellos son insoportables y eso tampoco es culpa de los malvados capitalistas, es algo que tenemos que agradecerle a sus padres y a una caterva de pedagogos y teóricos de la educación y la crianza que nos han dicho que todo lo que sea disciplina, normas y autoridad va a traumar a los pobres pequeños, a coartar su creatividad y a impedir que en el futuro se conviertan en un picassín o un einsteincito. Así que en no pocas ocasiones los hoteles que no son adults only, los restaurantes y otros muchos espacios comunes están llenos de fierecillas gritonas a las que sus progenitores A y B dejan campar como pequeños atilas y, para sorpresa de nadie excepto Ana Iris, resulta que en determinadas situaciones a los seres humanos nos gusta la tranquilidad y poder tener una conversación sin gritar. ¿Y saben qué? Pues que encima en el futuro tampoco serán ni Picasso ni Einstein.

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