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Carmelo Jordá

Prietas las filas… hasta el precipicio

Esa satisfacción impostada y esos aplausos búlgaros ante un discurso que nadie cree no transmiten la sensación de un partido unido sino borreguil.

Carmelo Jordá
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Todos en pie, sonrientes y aplaudiendo hasta romperse las manos, así han hecho no sé cuántos centenares de altos cargos del PP la autocrítica que la sociedad les pedía y las circunstancias –catástrofe andaluza y encuestas que pronostican una auténtica hecatombe en mayo– les demandaban.

Cierto es que, tal y como ha contado Pablo Montesinos en esRadio y Libertad Digital, no ha habido turno de palabra para expresar ya no una crítica, siquiera una duda, un pero, una mínima vacilación.

También lo es que el discurso de Mariano Rajoy ha sido el propio de un presidente que viniese de arrasar en Andalucía y tuviese una proyección de 200 escaños en los sondeos; tan triunfalista ha estado, tan irreales eran sus explicaciones, que algunos se habrán quedado con la boca más abierta que el pobre Mendrugo escuchando las maravillas de Jauja… y en esa pose es muy difícil decir nada convincente.

Todo eso es cierto, sí, pero a pesar de ello uno cree que alguien debería haber levantado la voz o, al menos, haberse mostrado menos entusiasmado que los delegados de un congreso del Partido Comunista Búlgaro, que es lo que han parecido todos.

Muchos de los que estaban en esa reunión saben positivamente que una parte de lo que ha dicho Rajoy es falso y la otra es irrelevante; saben que el presidente es hoy por hoy un lastre electoral prácticamente imposible de superar y que, si las elecciones autonómicas seguramente serán un desastre, de seguir igual en las generales puede estar en juego la propia supervivencia del PP.

Aunque cualquiera puede entender que los populares quieran dar una imagen de unidad, es comprensible. Pero deberían ser conscientes de que esa satisfacción impostada y esos aplausos búlgaros ante un discurso que nadie cree no transmiten la sensación de un partido unido sino la de un partido borreguil.

Sí, a la sociedad española siempre le han gustado los partidos unidos, pero ahora ya no está dispuesta a creerse esa unidad de teatrillo, esa farsa que no se expresa en órganos democráticos que merezcan ese nombre y funcionen como tales. La sociedad española sabe distinguir entre la verdadera unidad y la de los que, prietas las filas, se mueven como un rebaño sin decirle nada al pastor… pese a que éste los lleva directos al precipicio.

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