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Carmelo Jordá

¿Tardá o Rufián?

El independentismo está en manos de una pandilla que cuando quiere provocar miedo no causa más que bastante risa… y mucho asco, eso sí.

Carmelo Jordá
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El independentismo está en manos de una pandilla que cuando quiere provocar miedo no causa más que bastante risa… y mucho asco, eso sí.
Joan Tardá y Gabriel Rufián | EFE

¿Tardá o Rufián? ¿Rufián o Tardá? Les confieso que tengo el corazón partido entre los dos portavoces de ERC en el Congreso. Me alegro cuando veo que Tardá sale campanudo a la tribuna, pero rápidamente me surge como una pena, porque me voy a perder otra de Rufián. Del mismo modo, mi corazón brinca de felicidad si es Rufián el que espasmódicamente baja la escalera desde su escaño, pero al mismo tiempo algo me duele en el alma, porque Tardá va a callar.

Me gusta la grandilocuencia de Tardá, esa forma de hablar que parece que todo lo que va a decir es lo más importante de la historia y, por supuesto, ese acento catalán que parece un humorista imitando –y muy exageradamente, por cierto– el acento catalán más cerrado: "Saben aquell que va i diu…".

Tardá escenifica mejor la indignación, es como un abuelo cebolleta con úlcera sangrante que antes de entrar al Congreso se metiese dos cafés y un par de raciones de algo picante, así que sube a la tribuna echando espumarajos por la boca y como si la independencia fuese el Almax capaz de arreglar todos sus males, una República Catalana pura, pacífica y participativa y en la que no habrá ardor de estómago ni flatulencias.

Pero Rufián es el espectáculo puro, sin ninguna vergüenza, sin ningún pudor, a tumba abierta por una catarata de frases inconexas y deslavazadas, mal leídas por supuesto, como una catarata de tuits que aprovechan al máximo el potencial de los que escribe, es decir, que no dan para más de 140 caracteres.

Y Rufián tiene, sobre todo, la fe del converso: capaz de superar en catalanor y nacionalismo al más recio de los nacidos en Girona, de insultar más y mejor, de llamar de "ustedes" a los españoles como si él acabase de llegar de la tundra lapona o del espacio exterior. Hombre, Gabriel, no jodas, que te apellidas Rufián y creo que eso no viene del ruso.

La cosa es divertida, por momentos directamente hilarante, pero como algunas buenas películas cómicas tiene también un toque trágico: antes o después llega un momento en el que el lado grotesco de los protagonistas nos supera y la sonrisa se convierte en una mueca helada en nuestro rostro. Hay un punto, o una burrada, o un insulto, a partir de los cuales nos damos cuenta de que, los hayamos votado o no, estos dos piezas son también nuestros diputados, de que están ensuciando nuestro Congreso, de que rebajan aún más el nivel de nuestra democracia.

He leído por ahí a algunos que dicen que Tardá y Rufián son la muestra de lo mucho que el nacionalismo catalán desprecia a Madrit, a donde es capaz de mandar cualquier cosa –y qué más cualquier cosa que este dúo cómico tabernario–. Yo sin embargo cada vez estoy más seguro de que Rufián y Tardá son la muestra de lo mucho que el independentismo del procés se desprecia a sí mismo, de la hecatombe intelectual de un movimiento político que en su día dirigían políticos infinitamente corruptos, pero de cierta talla intelectual, aunque fuese para el mal, pero que ahora ha caído en manos de una pandilla que cuando quiere provocar miedo no causa más que bastante risa… y mucho asco, eso sí.

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