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Del caos a Theresa May

Quién nos diera un caos como el británico. Fue una serpiente de verano particularmente efímera. La nuestra nos puede durar, al paso que va, hasta el otoño.

Cristina Losada
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Theresa May, primera ministra del Reino Unido | EFE

Hace dos semanas de nada, el caos se había enseñoreado del Reino Unido. Lo proclamaban los titulares. “Inglaterra es el caos”, aseguraba uno de nuestros periódicos más antiguos. “Brexit hunde a Reino Unido en un profundo caos político”, “Reino Unido y Brexit: caos y desastre”, coincidían otros. Hubo más anuncios del caos, y no sólo en la prensa española. La norma fue predecir desastres, parálisis institucional y escenarios dantescos. A fin de cuentas, todo presagiaba cataclismo: el resultado del referéndum, las dimisiones en cascada de dirigentes políticos, empezando por el primer ministro, las traiciones y cuchilladas, y los partidos al borde del ataque de nervios, cuando no de la implosión pura y dura.

Bien, quizá convenga desterrar el caos de los titulares. En todo caso, hay que pensárselo dos veces antes de sentenciar al caos a una democracia con la veteranía de la británica. De entrada, el caos del partido tory, que afectaba al Gobierno, se ha ordenado con una rapidez asombrosa, después de una breve y cruenta batalla. Los tories iban a hacer un largo proceso de elección de nuevo líder, de aquí a septiembre, pero la primera escaramuza dejó a una sola superviviente. Con el voto de los diputados conservadores como aval, Theresa May se ha instalado en el número 10 de Downing Street.

Visto por los puristas de la democracia interna, de los que hay muchos y notables en España, resultará sorprendente que no haya aparecido ninguna facción rebelde cuando no ha sido elegida en primarias, un militante, un voto, después de innúmeros debates televisados. La votación de los diputados y la retirada de su rival bastaron para proceder al relevo. Cierto que no todo el mundo está de acuerdo. Los partidos de la oposición, tanto laboristas como liberal-demócratas, rechazan la coronación de May y reclaman elecciones generales anticipadas alegando que carece de un auténtico mandato democrático. El laborismo hizo un relevo similar cuando Blair dimitió y fue sustituido por Gordon Brown. Entonces no convocó  elecciones y, mira tú por dónde, una de las que las pidió fue May. Ahora cree, sin embargo, que no es hora de ir a las urnas porque hace falta estabilidad para negociar la salida de la UE.

Veremos si esas elecciones finalmente se convocan, pero de momento el Reino Unido dispone ya de una nueva primera ministra y un nuevo Gabinete con los que entrar en materia. De la época de Cameron quedan unos cuantos ministros y el gato Larry, que permanece en el cargo de Chief Mouser, el cazarratones jefe, una cartera que asumió en 2011. May ha tenido la habilidad de incluir en el Gobierno a su rival, Andrea Leadsom,  y la humorada de nombrar ministro de Exteriores a Boris Johnson, con el que ha tenido más de un enfrentamiento. No cunda el pánico: Johnson dará que hablar, pero no se encargará de negociar el Brexit con los ex socios europeos. Y no, no habrá marcha atrás en el Brexit. Será un error o una locura, pero el resultado del referéndum es un mandato democrático que ni May ni nadie van a incumplir.

May es lo que suele llamarse una política sin carisma. “No recorro los platós de televisión, no me dedico a cotillear en las comidas, no voy a beber a los bares del parlamento”, dijo de sí misma a modo de presentación. No viene de la comunicación y del periodismo, como Johnson y el propio Cameron. No hará política espectáculo. Pero no tener carisma, sea lo que sea tal cosa, no significa carecer de visión. Frecuentemente se confunde la capacidad de seducción del carismático, su magnetismo personal, con la capacidad política. Y en su primer discurso como jefa del Gobierno, de apenas cinco minutos, May demostró que ha entendido el mensaje subyacente del Brexit: la existencia de una brecha en la sociedad que es preciso reducir. Su Gobierno, dijo, tratará de unir a los británicos y actuará en el interés de todos y no de los “pocos privilegiados”.

Quién nos diera un caos como el británico. Fue una serpiente de verano particularmente efímera. La nuestra nos puede durar, al paso que va, hasta el otoño.

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