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Cristina Losada

El santurrón Junqueras

La fidelidad a las ideas, en abstracto, puede estar muy bien, pero ¿qué ocurre cuando se es totalmente fiel a ideas políticas pésimas?

Cristina Losada
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La fidelidad a las ideas, en abstracto, puede estar muy bien, pero ¿qué ocurre cuando se es totalmente fiel a ideas políticas pésimas?
Oriol Junqueras, en el Parlamento autonómico catalán | Europa Press

En épocas en que los políticos son vistos como la personificación del engaño –y es difícil no topar con una de esas épocas–, provoca cierta admiración ese político que es un hombre sincero de donde crece la palma. Y si no admiración, respeto y aplauso. No ya entre los propios, que eso está descontado, sino entre los que se encuentran, como suele decirse, a años luz de sus ideas. "Yo no comparto sus ideas", dirán del guantanamero, "pero lo que ha dicho lo suscribo al cien por cien y, además, le honra". No hay nada que llegue más al corazón en una de esas épocas, que son la mayoría, que el político sincero. Es todo un arte parecer sincero en todas y cada una de las posiciones contradictorias que el político va a mantener. La apariencia de sinceridad funciona como salvoconducto de la mentira.

Ahora tenemos, en ese orden de políticos, o mejor, en esa orden, porque tiene un punto clerical, a ese beato independentista que es Oriol Junqueras. Llegó de la cárcel al Parlamento catalán, bajo palio metafórico, para declarar en una comisión, activada en 2018, que investiga los efectos de la aplicación del artículo 155 en Cataluña. Los efectos nocivos, se entiende. Porque la bancada separatista de ese Parlamento no puede reconocer que el 155 tuvo el muy beneficioso efecto de restaurar la legalidad después de que la propia Cámara, y el Gobierno autonómico, la quebrantaran. Huelga decir que sus diputados no han montado ninguna comisión para investigar los daños causados por la ruptura que provocaron y protagonizaron.

La beatificación de Junqueras viene de atrás y, por lo que se ve, sigue en marcha. Apoyada, siempre, en el tipo de sinceridad que transmite el candidato a santo. Una sinceridad a ras de tierra, de hombre común, y de hombre que dice lo que siente. Habló de su condena de prisión como si fuera un sacrificio que acepta gustoso por ser una estación necesaria para lograr la salvación. Se ha destacado su alusión a la "belleza poética" de ese vía crucis que le ha tocado hacer, con lo que quería resaltar su condición de mártir por la independencia de Cataluña. Martirio que físicamente, al menos, se le nota poco. Pero lo que más ha gustado a propios y extraños, a los admiradores de la sincera sinceridad, es que dijera que hay que dialogar con los que no comparten sus ideas y hacerlo "con una sonrisa". Será que ya se echaba de menos aquella farsa de la revolució dels somriures.

Nuestro corderito no sólo tiene o aparenta ese rasgo ganador de la sinceridad. Dispone de otra característica relacionada que suele considerarse virtuosa, como es el apego y la lealtad a sus ideas. Frente al estereotipo del político marxista a lo Groucho –si no le gustan mis principios, tengo otros–, el de ideas inamovibles, fiel a ellas, caiga quien caiga, pase lo que pase, goza de una inmerecida reputación. Porque la fidelidad a las ideas, en abstracto, puede estar muy bien, pero ¿qué ocurre cuando se es totalmente fiel a ideas políticas pésimas? Entonces, lo que parecía virtud es una receta para el desastre. Junqueras, como la actual Esquerra, lo ejemplifica. Como acaba de escribir Francesc de Carreras, esa lealtad suya a la idea independentista, que podría tenerse como virtud, representa también su mayor peligro. Ese fin último que se persigue justificará, como ha justificado siempre en otros casos, que incumplan promesas y compromisos que, para ellos, son de menor rango.

No es fácil de entender que Junqueras siga pasando por un hombre bueno y sincero de donde crece la palma. Aunque resulte irrelevante, en el fondo, que lo sea realmente o no, es un misterio: un misterio sentimental. De hecho, en sus declaraciones en esa engañosa comisión parlamentaria mintió. Mintió cuando dijo que "la prisión es tan injusta que cada una de las veces que se revisa por tribunales europeos nos dan la razón", porque sólo hay dos pronunciamientos de tribunales europeos –no de otros países europeos, sino europeos– sobre cuestiones relacionadas con los hechos de octubre de 2017 y ninguna es sobre la condena de prisión. Y mintió, o dijo verdad demediada, cuando volvió a vincular la ilegalidad del referéndum del 1-O a la existencia de un delito específico por celebrar referéndums en el Código Penal. Pero qué se puede esperar de alguien que plagió impunemente el 76 por ciento de su tesis doctoral.

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