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Cristina Losada

Europa y el complejo español

Gracias al complejo español un Gobierno como el actual puede justificar la imposición de medidas de ahorro energético ni negociadas ni consensuadas.

Gracias al complejo español un Gobierno como el actual puede justificar la imposición de medidas de ahorro energético ni negociadas ni consensuadas.
Pedro Sánchez en una cumbre en Bruselas. | Cordon Press

Está viejo y gastado, pero sigue poniéndose en marcha una y otra vez. No hablo de un coche camino del desguace, sino de un artefacto retórico y político, que apela muy abiertamente a un trasfondo acomplejado que sitúa a España siempre en inferioridad respecto al ente que llaman Europa con ampulosidad afectada. En el uso del artefacto va implícito que a esa Europa no pertenece nuestro país realmente. Pertenece formalmente, pero no está –no estamos– a la altura. Todavía nos queda mucho para llegar a los estándares de civilización, de civismo, de democracia que rigen allá, en esa mítica Europa en la que debemos ser siervos obedientes y discípulos obsequiosos antes que miembros de pleno derecho. Así va el cuento.

Cuando el cuento no toma a todos los españoles por una suerte de salvajes sin domesticar, todavía incapaces de sentarse a la mesa europea con los modales adecuados, suele señalar con su dedo moralizante a un grupo determinado. Noventa de cada cien veces que esta vieja historieta se reedita, el tal grupo tiene un tinte político particular. Es la derecha, una especie que viene a representar lo más montaraz, retrasado y absurdo de España, que ya es decir. Y que encarna, cómo no, la antítesis del refinamiento que es universal en la Europa mitificada. Ah, si no fuera por esa derecha, ya éramos europeos completos.

Mediante este rancio y gastado artefacto, un Gobierno como el actual puede justificar la imposición de las llamadas medidas de ahorro energético, ni negociadas ni consensuadas, en el inapelable dictum de que "nos lo pide Europa". Puede defenderlas diciendo que ya las han tomado, idénticas, de la misma forma, en toda Europa, aunque se trate de una verdad a medias o una falsedad completa. Y puede acusar a los que se opongan de formar parte de aquella derecha asilvestrada y cavernícola que decíamos, una derecha que en el instante en que toda Europa se pone a ahorrar, quiere derrochar sin tasa sólo para contradecir a un Gobierno sabio, virtuoso e intachablemente europeo.

Todos los cautivos de aquel complejo de inferioridad, que no son pocos, asentirán al dictum sin que los perturbe ningún pequeño pensamiento crítico. Cómo no va a haber que inclinarse ante la Europa mítica. Si Europa pide algo, hay que hacerlo. Hay que hacerlo, porque Europa está más avanzada. Hay que hacerlo, porque Europa nos ayuda. Hay que hacerlo, porque Europa ya lo está haciendo. Y hay que hacerlo sin rechistar, que es lo que conviene precisamente al Gobierno para no reconocer que lo hizo mal. La apelación a la autoridad de Europa transforma cualquier decisión gubernamental, por muy equivocada que sea, en una decisión incuestionable. Esta es la gran utilidad del artilugio político montado sobre el antiguo complejo de inferioridad. Viejo y gastado, manido y rancio, sigue funcionando. Mientras funcione, se usará. Y prestará servicio a los Gobiernos incapaces de defender los intereses de España en la Unión Europea.

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