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Cristina Losada

La deshonestidad de la "gente decente"

Hay evoluciones y cambios en la línea de un partido, y debe haberlos. Pero lo de Iglesias se llama, por ser benévolos, simulación.

Cristina Losada
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Hay evoluciones y cambios en la línea de un partido, y debe haberlos. Pero lo de Iglesias se llama, por ser benévolos, simulación.
EFE

Cuando desaparezca Izquierda Unida, como se vislumbra, me temo que nadie hará el obituario, porque a rey muerto, rey puesto y sanseacabó. Sin embargo, merecería resaltarse que IU no trató de despistar a nadie sobre quiénes gozaban de sus simpatías en esa continua busca de mecas revolucionarias –cambiantes direcciones de la utopía– en la que anda metida la izquierda desde tiempo inmemorial. Cada vez que Gaspar Llamazares hablaba de Cuba no intentaba enmascarar su afecto por la dictadura castrista: el cariño y la admiración por Fidel se transparentaban y todo quedaba claro como el cristal. Pero léase la larga entrevista que el director de El Mundo le practicó a Pablo Iglesias Turrión y publicó en páginas muy principales, y léase especialmente cuanto dijo de Venezuela.

El entrevistador le hizo no menos de diez preguntas al respecto, que son bastantes. Pues bien, de las respuestas de Iglesias se extrae la impresión de que su relación con Venezuela y su gobierno fue un affaire meramente juvenil y casual. Estuvo allí sólo tres veces, tenía menos de 30 años, le pagaron el viaje y el alojamiento y esto es fantástico a esa edad, y se limitó a dar clases o hacer informes de política internacional, materia casi aséptica, de los que además no hicieron mucho caso. Fue, como si dijéramos, un Erasmus, una experiencia a la que cualquier joven se apunta con los ojos cerrados. Habla de Chávez, sí, pero se refiere a él como "figura controvertida" y sólo le reconoce que hizo "algunas cosas buenas", implicando equidistante que otras no. Una equidistancia que se vuelve repulsiva cuando dice:

Hay cosas que se están haciendo mal en lo que respecta a la detención de opositores políticos.

Puntualizo. No es que a mí me parezca extraordinariamente relevante la Venezuelan Connection de los fundadores de Podemos. Lo relevante, porque muestra el trasfondo de su práctica política, es que Iglesias haya pasado en un santiamén de elogiar abierta y pasionalmente al chavismo a tomar distancia profiláctica. Que a la vista de que dicha conexión y tales alabanzas le perjudican electoralmente haya enfriado las emociones que le hacía sentir la revolución bolivariana. Y que después de elevar el experimento chavista a referencia y alternativa para los países del sur de Europa haya dicho que no es en absoluto un modelo para España.

La voluntad de falsear y de falsearse a sí mismo llegaba, en la misma entrevista, a la cumbre cómica de meter en el saco socialdemócrata a cuatro espadas del comunismo (con permiso de Sendero Luminoso) como Marx, Engels, Lenin y Rosa Luxemburgo. El penúltimo fue el líder de la primera revolución y el primer Estado comunistas del mundo, y la última fue asesinada por las milicias que envió el presidente socialdemócrata de Alemania, Friedrich Ebert, en 1919. Un episodio que da cuenta del aprecio que los socialdemócratas tenían entonces por los comunistas, cosa que era recíproca. Como no se le puede aplicar a Iglesias la atenuante de la ignorancia en este punto, es que toma al público por lerdo. Ya sólo nos faltaba, a los que fuimos comunistas en su día, ver a los patrones del tinglado vestidos con los respetables y burgueses trajes de Olof Palme y Willy Brandt.

Estos y otros casos son demostrativos de un rasgo esencial que no han ocultado, por cierto, los fundadores de Podemos. Su política es la política que se reduce a la lucha por el poder: el arte de dominar. Un arte en el que el fin siempre justifica los medios. Es así, y por ese motivo, que quienes gustan de definirse como "gente decente" incurren sin rebozo en la deshonestidad intelectual. Porque hay evoluciones y cambios en la línea de un partido, y debe haberlos. Pero lo de Iglesias se llama, por ser benévolos, simulación.

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