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Cristina Losada

La patria del pequeño Nicolás

Sólo en un medio ambiente en el que el valor determinante es estar bien relacionado pudo el joven Nicolás ser el rey del mambo.

Cristina Losada
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Sólo en un medio ambiente en el que el valor determinante es estar bien relacionado pudo el joven Nicolás ser el rey del mambo.

Sigo desde la última fila, de manera intermitente, el despliegue de las fazañas del pequeño Nicolás. No logro que me interesen los detalles del asunto, pero en cambio me interesa el gran interés que despiertan. Sospecho que a través de la historia de este personaje hay quienes viven sus propias fantasías, y que en esa fascinación por la figura del pícaro, por el que ha sido capaz de estar en la pomada y de que se le creyeran sus fantasías, que en algún caso no lo eran tanto, reside un deseo de emulación soterrado. No sería tampoco la primera vez que surge una ola de admiración por el espabilao, ese tipo tan popular del listo que sabe moverse y darla con queso.

La cuestión realmente interesante, sin embargo, es cómo fue posible que las inverosímiles fabulaciones de Francisco Nicolás Gómez Iglesias resultaran verosímiles. Es decir, la cuestión de cómo fue posible que un empresario importante, digamos, pudiera creer que un niñato tenía línea directa, pongamos, con el Rey de España. La respuesta parece evidente: resultó verosímil porque lo era.

Era verosímil porque en España las relaciones personales siguen siendo el elemento esencial para desenvolverse y una buena agenda vale su peso en oro. No hay como tener un conocido bien situado para conseguir lo que de otra manera sería trabajoso y tal vez imposible. El individuo que esté o presuma de estar bien relacionado se convierte en intermediario fundamental al que se acude para agilizar gestiones, desatar nudos y hacer negocios. "Siempre hay conseguidores", dijo el pequeño Nicolás en una de las muchas entrevistas que le han hecho. Y en eso llevaba razón. En España tenemos constancia de que los hay, y no sólo en las alturas ni en la esfera pública. Igual que hace cincuenta años, y seguramente igual que hace trescientos, lo más importante es "a quién conoces ahí".

El caso de Nicolás no es, en ese sentido, una excepción: es paradigmático. Naturalmente, sus habilidades sociales y su capacidad para embaucar (seducir, se dice en política) debían de ser sobresalientes. Pero pudo ejercerlas con éxito gracias a una arraigada práctica, a la normalidad con la que se acepta que todo se mueve a golpe de relaciones personales y que éstas son el salvoconducto necesario, además del más seguro y rápido. Y ello hasta el punto de que las relaciones resultan mucho más decisivas que otros factores, como el mérito. Ahora se ha fijado el ojo público en las formas de selección perversas que rigen en la política, en los partidos, particularmente, como si fueran una rara desviación de la norma meritocrática. Pues no: son un caso más, uno de muchos. Tantos y tan normalizados que pasan desapercibidos. Sólo en un medio ambiente en el que el valor determinante es estar bien relacionado pudo el joven Nicolás ser el rey del mambo.

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