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Negociar con racistas

El chalaneo del PSOE con los golpistas es un horror y un tremendo error.

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Pedro Sánchez | Flickr

Josep Borrell no entiende que se diga que no hay que negociar ni acordar nada con los separatistas catalanes de cara a la moción de censura. El histórico dirigente del PSOE dijo en una entrevista en televisión que no entendía muy bien que algunos barones socialistas hubieran señalado esas líneas rojas. Le parecía, además, que en la advertencia de "¡Cuidado, no se negocie con independentistas!" sonaba, digamos, la misma música fantasmal que había sonado en 2016. Borrell se refería a las acusaciones que afrontó Pedro Sánchez, después de la repetición electoral, de estar dispuesto a pactos que rompieran España, por decirlo resumidito. Una acusación que sustentó el golpe palaciego que lo apartaría de la Secretaría General.

Está bien que Borrell haya dicho eso, porque da pie a plantear la pregunta sobre la negociación con los independentistas, y tanto en el caso concreto de esta moción de censura como en general. Pues es una constante de la política española de los últimos decenios que los partidos mayoritarios no vean ningún problema en negociar con nacionalistas e independentistas siempre que, como aseguraba Borrell para el asunto de actualidad, no se negocie "nada que esté fuera del marco constitucional".

Antes conviene aclarar una cosa. Borrell hablaba de la situación en 2016 para trazar una analogía con aquel fantasma de los pactos espurios. Pero entonces el fantasma era más fantasmagórico que ahora. Por una potente razón: en 2016 los independentistas catalanes no habían consumado su golpe al orden constitucional. El problema de fondo de cualquier negociación con los separatistas catalanes hoy es que significa negociar con quienes dieron un golpe contra la nación, la Constitución, la ley, la soberanía nacional y, last but not least, contra la mitad de los ciudadanos de Cataluña. Ya por eso hay que descartarlos como compañeros de viaje y aliados circunstanciales. Los que dan golpes contra la legalidad democrática no pueden estar sentados a la mesa de la transacción política en una democracia.

Vale, que no van a negociar la moción. Eso es lo que dice el PSOE. Pero el problema persiste. Cualquier conversación política para sondear su voluntad respecto a la moción –y ya sabemos qué significa conversar en ese contexto– es una conversación con golpistas. Y si el término les parece discutido y discutible a los socialistas, lo pondré de otra forma: son los que montaron una rebelión (entiéndase en su significado habitual, no jurídico), con apoyo de fuerza policial armada, para separar a Cataluña de España. Esto es, para arrebatar a varios millones de ciudadanos la ciudadanía española. A Borrell entre ellos, si continúa residiendo y votando en Cataluña.

Es verdad: no puede evitar el PSOE que los partidos del golpe voten a favor. Pero tenía que haber evitado cualquier aproximación. Tenía que evitar incluso lo que ha calificado de llamada de cortesía. ¿O es que fue una broma lo de octubre? ¿Ya ha quedado zanjado y perdonado? ¿Los independentistas catalanes vuelven a ser como antes: un poquito desleales pero no del todo? ¿Es gente con la que puedes hablar tranquilamente de cómo echar abajo un Gobierno de España y poner otro? ¿En qué planeta político están Sánchez y por lo visto Borrell, que parece mentira? ¿En el de los Hare Krishna?

Luego hay un problema de forma. De congruencia. Hace nada, cuatro días, Pedro Sánchez dijo de Quim Torra: "No es más que un racista al frente de la presidencia" de Cataluña. Ni más ni menos. La elección de Torra había "destapado las vergüenzas racistas del secesionismo". Y Torra, continuó, es "el Le Pen de la política española". Dicho todo esto, ¿cómo puede llamar siquiera a los partidos que eligen y apoyan al Jean-Marie Le Pen de la política española? ¿Cómo puede hablar con los que designan a un Torra al que acaba de calificar y definir, correctamente, como racista? Porque no se trata de hablar del tiempo en el ascensor ni de fútbol en los pasillos del Congreso. Se trata de hablar de una moción de censura y de una alternativa de Gobierno.

Es incomprensible que Sánchez hable, llame, sondee o negocie con los partidos que han puesto en la presidencia catalana a un hombre que él mismo considera un xenófobo, un racista y un Le Pen. Bueno, incomprensible no es. Es un horror y un tremendo error.

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