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Ni "Nunca Máis" ni "todo bien"

A ver si alguna vez logramos salir de la espiral frentista y es posible evaluar una gestión ateniéndose a los hechos y no a las siglas.

Cristina Losada
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EFE

Ante una oleada de incendios tan devastadora como la que acaba de sufrir Galicia, hay dos formas de reaccionar en política. Dos maneras típicas y tópicas: prácticamente son norma en sucesos similares. Una consiste en explotar políticamente el desastre espoleando la indignación con grandes dosis de demagogia para organizar una revuelta contra el Gobierno. Es lo que hizo, cuando el Prestige, la plataforma Nunca Máis, que, lejos de unir a los gallegos a la hora de hacer frente a la catástrofe, como todavía creen algunos, sólo consiguió generar una profunda, agria y estéril división.

La segunda modalidad es la vía que tienden a tomar los Gobiernos: cerrarse en banda al reconocimiento de errores, asegurar que todo se hizo de maravilla y equiparar cualquier crítica a un aprovechamiento ruin y carroñero de la tragedia. Estas dos típicas, tópicas y deplorables maneras de reaccionar políticamente se alimentan la una a la otra. Cuanto más gritan y claman los nuncamaiseros o sus equivalentes, más se atrinchera el Gobierno en la defensa numantina de su gestión. Cuanta más gente sumen a su revuelta los primeros, más gente concluirá que están instrumentalizando la catástrofe y cerrará filas con el gobierno.

Las dos actitudes conducen al frentismo, un frentismo en el cual lo de menos es el suceso y lo único que importa es el color político de cada cual. Ese frentismo tiene una muy dañina consecuencia: deja fuera de juego, en tierra de nadie, a cuantos deseen una evaluación lo más objetiva posible de lo que hizo y dejó de hacer el gobierno. Las dos modalidades, en fin, cierran la puerta a la realización de unos de los ejercicios más importantes en política: la rendición de cuentas. Cierran la puerta a la política, en realidad. A la política responsable. A la que no está ni en la agitación demagógica ni en la negación de los errores.

Lo ocurrido en Galicia el domingo 15 de octubre merece una reacción crítica responsable. Tanto porque el Gobierno autonómico debe rendir cuentas de su actuación como porque se debe aprender de los fallos. Y fallos hubo. Se sabía con antelación que se iban a dar las condiciones meteorológicas más propicias para que los incendios prendieran y se extendieran, bien por causas naturales, como el viento, bien por obra de los malditos incendiarios. No fue una ola imprevista de calor, viento y sequedad: estaba anunciada. Había que contar con una proliferación de incendios y una mayor actividad de los pirómanos. No contar con ello tiene un nombre: imprevisión.

Tal como lo cuentan los portavoces de la Xunta, fue, sin embargo, todo lo contrario: algo que llegó sin avisar, algo contra lo que no se podía luchar, algo imposible de parar. Aseguraron, en la propia noche de aquel día, que no había falta de medios de extinción. La pregunta es por qué, si estaban ahí todos los medios necesarios, pidieron entonces que la Unidad Militar de Emergencias enviara 500 efectivos más a Galicia. Unos efectivos que no podían llegar antes de la madrugada, cuando ya era demasiado tarde. Parece evidente que la propia Xunta se dio cuenta de que los medios desplegados no bastaban. ¿Por qué negarlo? Seguro que no se hubieran podido atajar todos los incendios. Pero es muy probable que el daño hubiera sido menor si aquellos efectivos extras u otros se hubieran desplegado antes.

En el verano de 2006, una oleada de incendios dejó a buena parte de Galicia como la tierra de Mordor. Gobernaba el bipartito de socialistas y nacionalistas del Bloque. Figuras de cierto renombre que habían promovido unos años antes el Nunca Máis acusaron al PP de provocar los incendios. Era, dijeron, una conspiración de gentes de la derecha, que no aceptaban que hubiera un "Gobierno progresista". Algunos criticamos entonces tanto aquellas delirantes teorías como la negligencia del Gobierno ante los incendios. Ahora hay que someter a crítica el desempeño de un Gobierno de otro signo político. Sin demagogia, sin griterío y sin cierres de filas. A ver si alguna vez logramos salir de la espiral frentista y es posible evaluar una gestión ateniéndose a los hechos y no a las siglas.

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