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Pero ¿hay un Partido Conservador?

Claro que aún puede ser peor. Después de Cameron y May, sólo falta que llegue el señor Corbyn.

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Theresa May | EFE

Ha corrido mucha tinta sobre el desastre que va a ser el Brexit para el Reino Unido. No son pocos los políticos europeos que se han abonado a la tesis catastrófica, esto es, de que será una catástrofe para su economía. Lo ha sugerido aquí más de una vez Pedro Sánchez para trazar analogías indebidas con los planes del separatismo catalán. Pero los efectos más negativos del Brexit, se haga como se haga, no serán para la economía británica. Aunque la recuperación de la soberanía se deje sentir en sectores y actividades, el que va a pagar la factura más alta de todo esto es el Partido Conservador. Ya la está pagando, de hecho. La moción de confianza interna a la que los diputados conservadores someten a la primera ministra Theresa May es la penúltima onda sísmica del terremoto que provocó su predecesor al convocar un referéndum que, pensaba, no podía perder. Y perdió.

A simple vista, May parece víctima del ala más euroescéptica de su partido, indignada por el acuerdo de divorcio que ha negociado con la Unión. Pero también es víctima de sí misma. Del modo en que la primera ministra, que era favorable a permanecer en la UE, actuó durante el largo proceso negociador. Como si quisiera disipar la desconfianza de los eurófobos, hizo ostentación de posiciones duras y líneas rojas, como al declarar que "un no acuerdo es mejor que un mal acuerdo". Se mostró, así, más partidaria de no acordar que de llegar a un compromiso, es decir, a un acuerdo que no satisficiera plenamente sus demandas. Entre tanto, no descubrió sus cartas durante la negociación. Pero una vez público y notorio lo acordado, ha quedado patente la distancia entre lo que dio a entender que haría y lo que ha hecho. En consecuencia, aquellos a los que quiso aplacar con su retórica de Brexit duro han estallado y quieren derribarla.

El error de May, el que le va a costar el puesto ahora o más adelante, fue estar mucho más pendiente de las fracturas de su partido que de la división que ha provocado el Brexit entre los británicos. Es el mismo tipo de error que cometió Cameron, cuya promesa de referéndum sobre la permanencia en la UE obedeció al intento de contentar a los tories más euroescépticosy asegurarse su apoyo. Condicionar tan fuertemente la política de un país a sortear los problemas internos del partido en el Gobierno suele acabar provocando la aparición de nuevos problemas y la desaparición de los líderes desgastados en la lucha faccional. Los dos, Cameron y May, buscaron ante todo asegurar su supervivencia política, y por eso mismo el primero cayó y la segunda está al borde de la caída.

La pregunta que uno se hace, después del Brexit, después del otro reférendum, el de Escocia, y ahora, con esta rebelión del ala dura contra el acuerdo con la UE, es si realmente hay un Partido Conservador al mando. Porque han sido los conservadores británicos, que representaban en Europa el más veterano, sensato y pragmático conservadurismo, los que han alumbrado todas esas decisiones disruptivas. No decisiones de poco calado, sino trascendentales. No decisiones de consenso, sino divisivas. Alejadas de la cultura del compromiso británica que tanto se ha elogiado, incluso para reprocharnos que carecemos de ella en España.

"Ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo probado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a los distante, lo conveniente a lo perfecto, la felicidad presente a la dicha utópica", dice en su Ser conservador Michael Oakeshott, el filósofo político británico que mejor describió el conservadurismo en nuestra época. Poco o nada se ha ajustado a aquella actitud conservadora la praxis política del Partido Conservador británico de estos años, sino que se ha acercado, más bien, al aventurerismo del que no conoce restricciones. Claro que aún puede ser peor. Después de Cameron y May, sólo falta que llegue el señor Corbyn.

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