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Cristina Losada

Zapatero, los Karamazov y los Dalton

Un Rubalcaba vencido será una figura muy distinta. El carisma se gana y se pierde según le vaya al ungido en la ruleta del poder.

Cristina Losada
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De la llegada de los Kennedy a la Casa Blanca se ha dicho que era como ver a los hermanos Borgia apoderarse de una ciudad respetable de la Italia septentrional. El golpe palaciego que se desarrolla en el PSOE recuerda, en cambio, a los hermanos Karamazov, aquellos parricidas personajes de Dostoievski que fascinaron a Freud. El asesinato político de Zapatero se ha consumado y sus lugartenientes sellaron su complicidad con el unánime aplauso al sucesor, pero está por escribir el capítulo de los Borgia: controlar por completo el partido. Y a ese propósito concurre la presión abierta y decidida en pos de un adelanto electoral, que se abandera mediante gran despliegue de artillería tipográfica. Se trata de vencer, ahora o nunca, las resistencias del muerto a soltar sus últimas prebendas, una de las cuales, y no menor, es su permanencia en la secretaría general.

Los Karamazov tienen más de un problema. Si como quiere el cadáver insepulto, el cáliz de la legislatura se apura hasta el final y sólo tras la debacle celebran los socialistas un Congreso, su resultado, la nueva dirección y el nuevo líder, quedan a merced de los elementos. El Alfredo invicto goza de un status incontestable; es el clavo ardiendo al que agarrarse, el hombre que aún puede salvar los restos del naufragio. Pero un Rubalcaba vencido será una figura muy distinta. El carisma se gana y se pierde según le vaya al ungido en la ruleta del poder. Una vez que tropiece en la valla electoral, su partido ya no le querrá tanto. Y habrá un surtido de candidatos dispuestos a heredar ese cariño. Nada garantiza, en fin, que un PSOE castigado en las urnas elija a un sexagenario derrotado y no a una imberbe liebre de marzo.

Los tutores vitalicios de la empresa socialista creen que la casa no está para bromas ni experimentos. Tampoco para clásicos populares como Bono y menos para una nueva hornada de mindundis. Pues, además, corre el riesgo de perder su último feudo de importancia, el granero andaluz, por el sumidero de las generales. Y hasta ahí podíamos llegar. Unas elecciones anticipadas y un Congreso previo permitirían reducir los daños y tomar las riendas antes del Big Bang. Así, los dioses se confabulan para castigar a Rajoy cumpliendo su deseo. Sólo falta la rendición incondicional de Zapatero, cuestión que no está claro si depende de los hermanos Dalton o de los hermanos Calatrava.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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