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Daniel Blanco

Ernesto Valverde y una forma de ser

Cuentan sus allegados que después del partido ante el Atlético se daba por finiquitado.

Daniel Blanco
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Cuentan sus allegados que después del partido ante el Atlético se daba por finiquitado.
Ernesto Valverde, siempre cuestionado. | EFE

Cuentan que ya se olía algo raro antes de viajar a Arabia Saudí. Que algo le daba vueltas en la cabeza que hacía presagiar que no lo tenía fácil, que alguien estaba deseando darle la estocada. Pero Ernesto Valverde pensaba que podía no ser el momento, que a lo mejor lo salvaba ser líder en Liga y haber pasado solventemente la primera fase de Champions. Pensaba el técnico, ingenuo él, que esta directiva que preside el Barcelona, absolutamente impresentable, le iba a dar margen. Pero sin saber porqué, o a lo mejor sabiéndolo perfectamente, pensaba que algo estaba a punto de suceder.

No se equivocaba. Cuentan sus allegados que después del partido ante el Atlético, con resultado nefasto pero con los minutos más brillantes, paradójicamente, de la temporada, se daba por finiquitado. Sabía que no iba a seguir, sensación que ratificó de inmediato el día siguiente cuando hasta tres nombres salieron a la palestra para sustituirle. Este es el nivel actual de esa directiva, de ese club, a la deriva desde hace dos años.

Cuentan también que se lo tomó con filosofía. Sabía que era una traición pero que, después de salir todos los nombres y de servir su cadáver frío a la prensa, él no estaba dispuesto a seguir. Hablan los más cercanos que Valverde charló con Bartomeu y le dijo que no podía continuar. Ha podido ser el más respetuoso del mundo los dos años y medio que ha estado en el club, un señor, un caballero de los pies a la cabeza, pero por este trance no iba a pasar. No podía ser el pelele que querían que fuera y Valverde se apartó.

Ese fue el último toque de honor de un hombre que es todo riqueza humana. Valverde se va con una carta de despedida gloriosa, tratando a todo el mundo por igual y reconociendo los momentos difíciles que ha pasado. Se va como lo que es y no como lo que en algún momento han querido que fuera. El entrenador que siguiera con un estilo forzado porque ya los jugadores no son los mismos. Y uno, el que es el mismo siempre, ya no puede con todo. Al menos no puede con todas las noches mágicas que se le quieren atribuir.

Valverde llegó y se topó con el problema Neymar, no por él, sino por el capricho del jugador. Aún así puso buena cara y le confesó a sus más íntimos que la marcha del brasileño se podía convertir en virtud en vez de llorarla eternamente. Se podía jugar de otra manera y se podía insistir en los cuatro centrocampistas. Ese fue el principio de su fin.

Porque la gente, tan superficial a veces, no quiere eso en Can Barça. O lo quiere si los resultados son excelsos. Pero Valverde, al que le ha salvado muchas veces lo numérico, ha terminado su etapa por una derrota. Cosas de la vida. Con Valverde no ha habido malos números casi nunca pero dos noches europeas trágicas acabaron con la paciencia del aficionado y, quién sabe, si cavaron la tumba del extremeño.

Murió Valverde con las botas puestas, haciendo lo que se podía hacer hasta este punto de temporada. Cayó herido en Roma, murió deportivamente en Anfield y le enterraron en Sevilla cuando perdió la Copa con el Valencia. Pero han escondido el cadáver hasta que no han podido aguantar más. Hasta que el olor era ya putrefacto.

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