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El niño que gritó “¡fraude!”

Denuncian el recuento porque, al igual que sus queridos jefes bolivarianos, no son demócratas.

Daniel Rodríguez Herrera
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Urnas electorales | EFE

No hace falta ser un fanático y ciego defensor de nuestro país para reconocer que hay alguna cosa que sí sabemos hacer bien; en concreto, una en la que posiblemente seamos mejores que nadie: los procesos electorales. Por eso indigna especialmente que los niñatos malcriados de Unidos Podemos estén por las redes argumentando –es un decir– que la única explicación posible de los resultados de sus ídolos sea el fraude; como cuando tienes diez años, pierdes una partida en la Play y lloras diciendo que ha sido trampa. Y es que nuestras elecciones destacan por cumplir especialmente bien con los requisitos de fiabilidad y rapidez en el recuento, que son las dos variables más importantes, sobre todo la primera, a la hora de evaluarlas.

Esta misma semana vimos cómo en el Reino Unido tardaban un buen montón de horas en contar unos cuantos síes y noes, mientras que en España en mucho menos tiempo ya sabíamos no sólo los resultados del Congreso sino los del Senado, con sus múltiples X en diversas casillas. Pero los datos que, excepto en 2015, siempre ha contado la empresa semipública Indra son resultados provisionales, no definitivos. Los definitivos salen de las actas, de las que los apoderados tienen copia y que los presidentes de mesa llevan en persona, escoltados por la Policía, a los juzgados. No es un sistema perfecto ni invulnerable, ninguno lo es, pero sí uno en el que hay demasiados testigos y demasiadas personas, algunas elegidas por sorteo y otras que representan intereses contrarios, que deben ponerse de acuerdo para poder violarlo.

Eso no ha impedido que muchos niñatos desencantados con los resultados de su partido se hayan dedicado a poner en duda este proceso. Naturalmente, sus argumentos son ridículos, cuando no insultantes. Creen sospechoso que Indra se haya llevado el contrato del recuento provisional no mediante concurso público sino, debido a la urgencia, por un extraño procedimiento negociado en el que ha bajado una cuarta parte el precio que ofertó en diciembre y que provocó que por primera vez fueran otros quienes se encargaran del trabajo. Y bien, ¿qué más da? Aunque hubiera un contubernio entre Indra y el Gobierno del PP, éste afectaría a los resultados provisionales y saldría a la luz cuando se publiquen los resultados finales. Supondría destruir la reputación de unos y otros y la comisión de delitos electorales a cambio de nada.

Les resulta también sospechoso que en los datos del recuento provisional ofrecidos por Interior el porcentaje de abstención sea similar pero en cambio el número de votantes sea muy distinto. Pero eso es porque se están comparando peras con manzanas. La web de Interior da los resultados provisionales de estas elecciones, que no incluyen ni el censo ni el voto de los residentes en el extranjero, y lo compara con los definitivos del 20-D, que sí incorporan esos datos.

Otra es un texto publicado en Facebook que, según un medio tan creíble y objetivo como Público, "demuestra" cómo se pueden alterar los resultados. En él se sueltan un montón de afirmaciones, en plan "creo que", "pienso que", referidas a asuntos que el que lo escribe no sabe cómo funcionan, como el voto por correo o el electrónico, que, demostrando una ignorancia enciclopédica, considera más fiable y seguro que el efectuado en papel. Sí indica lo que hipotéticamente podría ser un posible medio de fraude: que en pueblos de "la España profunda", donde todos se conocen, dé la casualidad de que en una mesa decidida por sorteo se conozcan todos, tiren todos para el mismo lado y además no haya apoderados de la parte contraria. Pues mire, sí, puede haber pasado más de una vez. Pero recuerden el requisito básico: debe ser una mesa especialmente pequeña, en la España rural, donde se den todas esas casualidades. Los votos que se pueden variar de esa manera son muy pocos y, desde luego, no explican los resultados de Unidos Podemos ni de ningún otro partido.

Indicar errores reales en el proceso electoral es algo que se debe hacer porque nada es perfecto, y mucho menos unas elecciones. Como hizo Vox en 2015, mostrando que en Andalucía habían tomado por bueno el recuento provisional en lugar de sumar los resultados de las actas. Pero esa denuncia pudo realizarse precisamente porque es un proceso transparente y los apoderados de ese partido tenían las copias de las actas… y aún así, el error no hacía cambiar ningún escaño. Hay otras posibles mejoras, como conservar a buen recaudo los votos físicos en papel. Pero denunciar el proceso electoral sin más prueba que el hecho de que no han ganado los tuyos no hace sino enfangar justamente aquello que debe permanecer limpio, si no queremos volver al antiguo sistema de cambiar de gobierno a tiros. Pero lo hacen porque, al igual que sus queridos jefes bolivarianos, no son demócratas.

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