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Daniel Rodríguez Herrera

¡Homófobo!

Tertulianos profesionales del estilo de María Antonia Iglesias conocen el truco y lo usan con maestría para triunfar sin tener razón, y además sabiendo que no la tienen.

Daniel Rodríguez Herrera
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Hay palabras poderosas. Palabras que provocan una reacción emocional tal en muchas personas que anula su capacidad racional. Tienen el efecto de permitir a quien las usa tomar el control de la discusión, obligando a su interlocutor a defenderse y llevando la conversación a girar alrededor de si el uso de esa palabra es correcto o no. Tertulianos profesionales del estilo de María Antonia Iglesias conocen el truco y lo usan con maestría para triunfar sin tener razón, y además sabiendo que no la tienen.

Eso no significa que se deba crear un índice de palabras prohibidas, o que no deban emplearse cuando se debe. Resulta ridículo, por ejemplo, el empeño de la BBC en no llamar "terroristas" a los terroristas. No obstante, son palabras que deberían ser usadas con cuidado, pues el abuso puede llevar a que pierdan para la mayoría su significado original y, con él, su fuerza. Llamar "holocausto" a una operación militar podrá resultar efectivo en términos inmediatos, pero letal a largo plazo, pues banaliza tanto la palabra como aquello que define, el asesinato de seis millones de judíos por el hecho de serlo. Claro que seguramente sea eso lo que quieren quienes así la emplean. "Fascismo" o "facha" ya han hecho ese recorrido por completo, y su significado ha pasado a ser "yo soy de izquierdas y tú de derechas", aunque en plan insultante y tinelliano.

Otra palabra que va camino de perder completamente su fuerza y significado original es "homófobo". Su definición es clara: se trata de una persona con una fobia, es decir, un odio irracional, hacia los homosexuales. Su abuso la está transformando poco a poco en "persona que no está de acuerdo con el lobby gay en tal o cual tema".

El último en ser acusado de ese pecado ha sido Amazon. Durante este fin de semana, fiesta en Estados Unidos como en tantos otros lugares, 57.310 libros han desaparecido de sus ránking. ¿Qué significa eso dentro de la tienda virtual? Pues que no aparecen en listados de éxitos ni en el sistema de recomendaciones ni en la búsqueda de productos. Es decir, que las ventas pueden bajar en picado. Dado que los libros eran en su mayoría, aunque no exclusivamente, de temática homosexual, el escándalo se propagó como un incendio por todo internet. La explicación: que por homofobia Amazon había decidido ganar menos dinero con las ventas de esos libros a cambio de no promocionarlos.

La explicación es tan absurda que no resiste ni el más mínimo análisis. Amazon es el mejor, sí, pero en un mercado altamente competitivo, en el que cualquier tropezón puede provocar una rápida huida de clientes. Los homosexuales, se los quiera discriminar o no, son parte de ese mercado, y una parte que evidentemente empezaría a comprar en Barnes & Noble y otras librerías virtuales. Además, mucha gente que no es homosexual encontraría ofensiva esa exclusión y harían algo parecido. En definitiva, Amazon no tenía ninguna posibilidad de perjudicar a los gays como colectivo (que digo yo que sería el objetivo de un homófobo) y todas las de dispararse en el pie.

En cualquier caso, como empresa privada, Amazon tiene todo el derecho del mundo a perjudicarse a sí misma y los demás a criticarla por ello. Pero no deja de ser contraproducente que cualquier cosa que afecte a los homosexuales sea tachado inmediatamente de "homófobo" y se busquen peregrinas explicaciones para justificar esa acusación. En este caso, suena mucho más razonable, sea cierta o no, la del abuso del sistema de Amazon para denunciar material "para adultos". Un blogger incluso se ha adjudicado la paternidad del ataque, ofreciendo explicaciones técnicas convincentes; es decir, que si bien puede no ser el culpable, se podría haber hecho tal y como lo cuenta, aunque su móvil para actuar suena bastante ridículo. Amazon, por su parte, ha entonado el mea culpa, atribuyendo a su propia torpeza el problema y anunciando que tomará medidas, y un antiguo trabajador de la empresa que dice contar con fuentes internas atribuye el problema a un técnico en Francia.

Cualquiera de las dos explicaciones tiene mucha más lógica que la de la homofobia. Pero parece que la gente está encantada de ejercer de nueva inquisición. No entienden que, así, van haciendo perder poco a poco el estatus que actualmente disfruta la acusación.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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