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La película de Trump que tienes en la cabeza

Trump no es un facha, y no todo en lo que cree o lo que hace es malo. Pensar eso no significa que la visión que tengamos sobre él tenga que ser positiva.

Daniel Rodríguez Herrera
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Donald Trump | EFE

Los seres humanos creemos que somos perfectamente racionales, que evaluamos los pros y los contras de situaciones y personas y que hacemos una evaluación objetiva de las cosas. Y una mierda. Somos animales con un pegote de racionalidad incrustado malamente. Y entre muchas otras cosas eso significa que prácticamente todo lo que nos rodea lo evaluamos dentro de un marco general que nos haga más sencillo y rápido interpretarlo y darle un sentido. Porque el señor que en la selva se detenía a pensar si ese rugido que oye es objetivamente un signo de peligro o algún mamoncete de la tribu gastándole una broma probablemente no legase sus genes a la siguiente generación.

Y el marco en el que medio Estados Unidos y la práctica totalidad de Europa está interpretando a Trump es que es un fascista. Bueno, no, qué demonios: es Hitler directamente, tan sólo le hace falta tiempo. De modo que todo lo que dice y hace lo vamos a encajar en ese marco, a martillazos si hace falta, porque cambiar esa película que tenemos montada en la cabeza es una de las cosas más difíciles que podemos hacer en esta vida. No voy a negar tampoco que Trump en muchas ocasiones lo deja muy fácil.

Veamos un ejemplo. Además de los histéricos habituales, personas generalmente muy razonables han visto como una prueba de lo peligroso que es Trump para el Estado de Derecho las críticas aceradas que ha hecho en Twitter contra el juez federal que ha anulado su decreto inmigratorio. Es algo inusitado, prueba de que es un fascista que va a llevar a Estados Unidos por una senda muy peligrosa. Pero el caso es que en 2010 Obama puso a caer de un burro al Tribunal Supremo del país durante el discurso más importante del año, con los nueve jueces sentados delante de él y los congresistas demócratas levantándose para celebrarlo con un estruendoso aplauso. ¿No sería eso entonces prueba de que Obama era Stalin y su partido, el Comunista de los Pueblos de América? No, claro que no. Porque esa no era la película sobre Obama que teníamos en la cabeza.

Ojo: que nos montemos películas tampoco significa necesariamente que estemos equivocados. Los mapas con los que interpretamos el mundo son simplificaciones, sí, pero pueden estar atinadas y Trump podría ser un facha peligroso. Pero somos muchos los que evaluamos al nuevo presidente bajo un marco distinto. Pese a que me horrorizara que los republicanos lo eligieran como candidato frente a alternativas como Rubio o Cruz y me sorprendiera no saben cómo que ganara las elecciones, no creo que sea más fascista que Obama, la verdad. Y desde luego mucho menos que los salvajes que reventaron Berkeley para evitar que un gay católico y de derechas diera una conferencia allí. Para algunos con eso bastaría para decir que apoyo al nuevo presidente de Estados Unidos. Y la verdad es que no. Simplemente interpreto lo que hace o dice desde otro punto de vista que, creo, es un pelín más realista.

Trump es un nacionalista, sí, pero con ciertas peculiaridades que no solemos ver en nacionalistas europeos. Mercantilista, sí, que quiere entornar las fronteras tanto a personas como a bienes. Pero con ese toque yanqui de querer reducir el peso del Estado dentro del país, con menos regulaciones, menos impuestos y menos gasto público en todo menos Defensa. Que ha estado décadas gestionando sus empresas y siendo un famoso mediático y tiende a ver su papel como presidente del mismo modo, sin darle siquiera una vuelta a esa vieja idea de que el suyo es un puesto que requiere de cierta dignidad institucional o que existen otros dos poderes con capacidad de impedirle hacer lo que quiera. Que conoce bien los medios hasta el punto de que pese a ser casi todos los periodistas de izquierdas ha sabido explotarlos a su favor para ganar las elecciones y piensa seguir haciéndolo durante su presidencia. Que ha llevado sus capacidades como negociador a la política, lo cual debería llevarnos a interpretar lo que dice en serio, pero no siempre literalmente. Que pone de ministros a personas no necesariamente afines pero sí competentes y respetables, aunque luego los puentea si lo ve necesario. Que tiene un ego del tamaño de un trolebús, al que la victoria electoral no ha ayudado a reducir, precisamente.

Podría seguir, pero creo que la idea está clara. Trump no es un facha, y no todo en lo que cree o todo lo que hace es necesariamente malo. Pensar eso no significa que, en conjunto, la visión que tengamos sobre él tenga que ser positiva. Pero sí que impide ver todo lo que hace y dice o como una confirmación de lo que ya creías sobre él, aunque tengas que reinterpretarlo a martillazos para meterlo en el molde, o como algo a ignorar para que la película pueda seguir proyectándose sin cambios en tu cabeza. Es absurdo sentirse culpable de ello, igual que sería absurdo sentirse mal por tener dos piernas y dos brazos. Pero hombre, tampoco es cosa de hacer gala de ello y llamar fachas a quienes no nos hemos sacado entrada para el cine.

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