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Mandela y la dignidad humana de Zapatero

La Ley de Memoria Histórica y todo lo que le ha acompañado es justo el reverso tenebroso de la gran obra política de Mandela.

Daniel Rodríguez Herrera
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No nos engañemos. Aquí conocemos a Mandela exclusivamente a través de Invictus, que tampoco es que sea precisamente la más excelsa obra de Clint Eastwood. Así que es hasta cierto punto normal caer en la canonización hasta los extremos ridículos a los que hemos llegado estos días. Mandela fue un terrorista, aunque en su descargo, relativo, luchaba contra un régimen despótico que impedía cualquier otra forma de participación política a los negros. Estuvo 27 años en la cárcel por eso; ni siquiera Amnistía Internacional lo consideraba un preso político. Escribió Cómo ser un buen comunista y siempre fue amigo de sátrapas como Castro o Mugabe. Invadió a su vecino Lesotho cuando estuvo en el poder.

Sin embargo, recordamos a Mandela por su principal obra al salir de la cárcel y convertirse en presidente de Sudáfrica. No se vengó de sus carceleros, no se vengó de los blancos en general, e intentó construir un país para todos, que es lo que con acierto discutible reflejó Eastwood con la excusa del rugby en su película. Casi veinte años después, aún no se han matado los unos a los otros. A quien esto le parezca un logro menor es que no se ha mirado con atención lo que ha sucedido en el resto del continente negro. Y esto fue obra de Mandela... y De Klerk, cuyo papel clave a veces se nos olvida, quizá para mantener Sudáfrica como otra historia simple y satisfactoria de buenos y malos.

Entre las múltiples loas acríticas que ha recibido estos días destaca sin duda la de Zapatero. "Tuve presente a Mandela en algunas de las acciones de gobierno que más vinculadas estaban a la dignidad personal", ha dicho nuestro querido expresidente, el único capaz de hacer bueno a Rajoy. No deja de ser curioso en quien convirtió el enfrentamiento civil en uno de los pilares de su gobierno, removiendo tumbas –literalmente– y convirtiendo los últimos ochenta años de nuestra historia en un relato simplista y satisfactorio, al menos para él y los suyos, de buenos y malos.

Mandela, como Gandhi y otros tantos santos laicos, fue una persona real e hizo muchas cosas mal en su vida. Sudáfrica aún puede convertirse en Zimbabue, arruinando su legado. Pero, hombre, al menos no hagamos justo lo contrario a lo que él hizo y luego encima intentemos justificar con su ejemplo nuestras acciones. La Ley de Memoria Histórica y todo lo que le ha acompañado es justo el reverso tenebroso de la gran obra política de Mandela. Que quienes la promovieron, aprobaron y justificaron ahora se dediquen a alabar la figura del político sudafricano no deja de ser otro ejemplo de cómo entienden la política: como una excusa para pintarse a sí mismos como los buenos, ya sea por una cosa como por la contraria.

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