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Marchando contra la ciencia del clima

Todas, absolutamente todas las predicciones de los climatólogos alarmistas han fallado. Pero les da igual.

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Protesta ecologista en Madrid | EFE

Soy un escéptico. Eso significa que, aunque tenga por cierto que el efecto producido por las emisiones de dióxido de carbono que llevamos haciendo desde la revolución industrial sobre las temperaturas es más bien escaso y poco digno de preocupación, no lo firmaría con mi sangre. Así que, pese a saber que la mayor parte de la ciencia actual del clima tiene aproximadamente el mismo valor que la pedorreta llena de metano de una vaca, no puedo estar completamente seguro de que el clima no vaya a cambiar de manera catastrófica. Pese a lo cual me llaman "negacionista", el mismo calificativo que sólo se endosa a los monstruos antisemitas que afirman que no existió el Holocausto.

El caso es que hasta la ciencia oficial del calentamiento reconoce carecer de certezas como para alimentar ningún tipo de acuerdo como el que se busca alcanzar en París durante la COP21. Hasta el último informe, el IPCC daba como valor más probable para la sensibilidad climática 3 grados centígrados. Eso significa que si se duplica el volumen de CO2 en la atmósfera, la temperatura subirá 3 grados. De ahí la alarma. La temperatura va a subir mucho y muy rápido si no hacemos nada. Es cierto que sale más barato adaptarse que dejar de emitir, lo que significa que habrá mucha más pobreza si se decide en París hacer algo que en caso contrario. Pero aun así puede entenderse que muchos sientan que es urgente hacer algo, por más que, como casi todas las curas políticas, sea un remedio peor que la enfermedad.

El problema es que en el último informe del IPCC, el órgano de propaganda oficial de los alarmistas del clima, ya no se ofrece un valor probable para la sensibilidad climática: se limitan a colocarla entre 1,5 y 4,5 grados, entre el "no pasa absolutamente nada" y el "vamos a morir todos asados al carbono". Y lo hicieron porque el estancamiento de las temperaturas durante los últimos 18 años ha dejado claro que la variabilidad natural, despreciada por los científicos del consenso, desempeñaba un papel más importante del que nos decían y por tanto todas, absolutamente todas las predicciones de los climatólogos alarmistas han fallado. Lo cual no quita que, pese a ello, el IPCC siga ofreciendo predicciones sobre el futuro del clima. Seamos honestos ahí donde nadie mira y exageremos la alarma ahí donde se concentrarán los titulares.

Tanto las marchas por el clima como la cumbre de París se celebran como si nada hubiera pasado, como si incluso aquellos que nos ofrecían falsas certezas no hubieran reconocido, a la chita callando, que en realidad no tienen ni puta idea de lo que va a pasar con el clima. Que es, en el fondo, lo único en lo que las distintas y variadas ramas de escépticos estamos de acuerdo. Que no estamos siquiera cerca de poder predecir qué va a pasar con el clima y, por tanto, gastar un apreciable porcentaje de la riqueza mundial en prevenir algo que no sabemos si ocurrirá es de estúpidos. O de políticos y ecologistas, lo mismo da.

En ocasiones me gustaría ser proclive al tipo de manifestaciones grandilocuentes tan propias de los ungidos con la verdad. Porque entonces diría que tanto quienes han marchado en las calles este domingo a favor de un acuerdo contra el cambio climático como aquellos que van a reunirse en París con el mismo motivo tan sólo quieren condenar a millones de personas a una mayor pobreza, especialmente energética, para sentirse bien solucionando un problema tan imaginario como la sobrepoblación de unicornios. Pero… soy un escéptico.

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