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Su odio, su sonrisa

El programa del PSOE, y en general de toda la izquierda, parte de un único principio básico: el odio a un ente mítico conocido como la derecha.

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El programa del PSOE, y en general de toda la izquierda, parte de un único principio básico: el odio a un ente mítico conocido como la derecha. No la rivalidad, no la confrontación de ideas, sino el odio. Todo lo demás puede cambiar y mucho, de hecho, ha cambiado a lo largo de los años. Pero el odio permanece: del dóberman se pasó a llamar asesinos a los diputados del PP, el cordón sanitario, el guerracivilismo zapateril y de ahí a las últimas primarias, donde ganó, aunque después de esta campaña parezca imposible, el menos sectario de los dos candidatos.

Este principio ha sido apoyado entusiásticamente por medios de comunicación, sindicatos, artistas y demás kolectivos durante años y ha pasado a formar parte de la normalidad política. No sería admisible escuchar a cualquier dirigente del PP hablar de "la izquierda" con el mismo desprecio que tan natural parece en dirigentes de IU, ERC, PSOE o Podemos cuando hablan de "la derecha". La izquierda es el bien y la preocupación por los desfavorecidos y la derecha el mal y el apoyo a los poderosos. Y no hay más que hablar.

El problema con el que se encuentran ahora los socialistas es que en ese juego se han visto adelantados por la izquierda por una formación política que ha explotado aún más desvergonzadamente ese odio y ha conseguido colocarlos, casta mediante, en una posición cercana, al menos propagandísticamente, al PP y por tanto a "la derecha". Y que sus propios medios se han pasado del rojo al morado sin rubor alguno. Da lo mismo que hayan apoyado en las alcaldías a Colau, Carmena o el Kichi. Podemos ha triunfado a base de animar el enfrentamiento y aprovecharse del odio sembrado por el PSOE y sus terminales mediáticas durante décadas, hasta un extremo que asusta incluso a Gaspar Llamazares.

Ahora mismo el PSOE se ve por primera vez desde Suresnes en riesgo claro de perder la hegemonía en la izquierda. Y el mismo odio que le ha permitido prosperar estos años se ha vuelto ahora en su contra. No puede proponerse como alternativa racional y socialdemócrata porque todo eso huele a derecha y, por tanto, provoca una reacción visceral en contra entre sus mismos votantes. Es lo que sucedió en Madrid: Carmona no fue alcalde porque el PSOE no se podía permitir recibir el apoyo de Esperanza Aguirre, posiblemente el político más demonizado de la democracia, por encima incluso de Aznar. Por la misma razón, los socialistas no pueden ni pensar en entrar en una Gran Coalición al estilo alemán, porque saben que una decisión así llevaría a los electores que les quedan fuera de Andalucía a pasarse a Podemos en masa.

Rajoy podrá estar seguro de que acabará recibiendo el apoyo de los socialistas, quienes no tendrán más remedio que dárselo por aquello de la responsabilidad institucional y de no ir tan pronto a unas nuevas elecciones donde, en lugar de sentir el aliento morado en la nuca, quizá tendrían que contemplarlos desde atrás. Pero el mismo odio contra la derecha que tanto ha alimentado ahora les ata las manos. Dudo de que haya nada que pudiera convencer al PSOE siquiera de abstenerse. Salvo, quizá, la propia cabeza de Rajoy.

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